Estudiar hasta los 31 no arregla una vida rota a los 25
Un chaval de 25 años con formación escasa, once kilos menos y una tristeza que arrastra desde hace años pide consejo en un foro de consumo. Su plan: acabar un grado superior de Administración y Finanzas a los 27, colocarse de administrativo, estudiar sanidad después y terminar de formarse hacia los 31. Lo cuenta sin dramatismo, casi como quien rellena un formulario. Y ahí salta todo.
Porque el problema no es el plan. El problema es que
el plan no toca ni uno solo de los agujeros reales: ni el trabajo, ni la pareja, ni la ilusión, ni la energía. Los estudios funcionan como refugio, como horizonte, como esa cosa que siempre está a dos años vista y por eso nunca obliga a enfrentarse al hoy. Es la trampa clásica del que confunde formarse con avanzar.
Qué le pasa a un chaval de 25 años que no encuentra trabajo de lo suyo
El diagnóstico lo suelta sin anestesia alguien que estuvo exactamente ahí: recién salido del grado superior, en plena crisis, dos años perdidos tirando currículums sin que le llamara nadie. Su salida fue irse fuera de España. Programas de becario mal pagados, sí, pero suficientes para vivir; y con suerte, una multinacional donde incluso se ahorra. La conclusión que deja es incómoda:
antes no le llamaban por muchos CV que enviara.
Frente a eso, la vía del oficio técnico. Hay quien sostiene que la pasta está en los sectores donde se mezcla la suciedad con la tecnología —mecánicos de maquinaria industrial, instaladores, encofradores— y que ahí faltan profesionales porque nadie quiere mancharse las manos. El argumento tiene su lógica:
hay mucha gente que le encanta llevar corbata y llegar limpio a casa pero es incapaz de apretar una tuerca.
La tercera vía es la que nadie quiere oír: ponerse a trabajar en lo que sea, ya. Un consejo repetido con insistencia es que cada día que pasa es un poco más tarde para encauzar la vida, y que a los 30 el margen se ha cerrado. Trabajar y estudiar a la vez si se puede; y si no se puede, no pasa nada. La formación como preparación para la vida, no como sustituto de ella.
El cuerpo como palanca: once kilos y un gimnasio en casa
Aquí el asunto se vuelve tangible. El chaval reconoce que ha bajado
11 kilos y que la gente —desconocidos, sobre todo— lo trata un poco mejor. Se pregunta si la clave es estar cuadrado, y la respuesta que recibe es un sí sin matices. Un caso lo ilustra sin adornos: con 25 años y un físico normalito, nadie le hacía caso; en el trabajo sus ideas no contaban y en la universidad nadie quería hacer trabajos en grupo con él. Después de meterse a saco al gimnasio, las compañeras empezaron a meterle en sus grupos y en la oficina descubrieron su valía para puestos mejores.
Es jodidamente asqueroso, resume.
El detalle práctico: quiere montar un gimnasio de boxeo y pesas en casa, pero el miedo al coronavirus lo frena. La alternativa que se le ofrece es la de siempre: pesas, cardio, natación, sauna. Y una hora diaria de caminata sin rumbo pero con disciplina, que deshollina la chimenea y las arterias.
La tristeza de fondo y el consejo que nadie quiere dar
Él lo dice claro: está triste casi siempre, le falta ilusión por la vida. La respuesta más repetida no es terapia ni pastillas, es ocupación. Buscar un hobby que no sea ver pelis, internet o escuchar música: un instrumento, dibujo, maquetas, fotografía, montaje de vídeo. Algo que permita pensar que se va siendo cada vez mejor, porque los días que practicas tienes una razón para levantarte.
La otra corriente es más dura y va de responsabilidades.
El sentido de la vida brota cuando se asumen cargas, sostiene una parte del debate; el antídoto contra la miseria de la vida es tener algo por lo que merezca la pena luchar. La réplica llega rápida: como una hipoteca a 30 años, menuda tontería; el sentido de la vida es vivir bien y sin preocupaciones como hacen los ricos. Él zanja que no quiere cargas, que bastante tiene con su tristeza y sus cosas familiares.
Y en medio, la pregunta que nadie responde:
¿a quién le ha gustado alguna vez y cómo se enteró? Varios admiten que nunca supieron leer las señales. La pareja aparece como el agujero que no se tapa con un título.
El currículum como colección de cromos
La crítica más ácida va contra la acumulación de títulos. Un grado superior de administración, luego sanidad, certificados de idiomas, cursos de chorradas:
¿qué quieres, coleccionarlos como los cromos de La Liga?. El argumento de fondo es que casi ninguno de los que tienen trabajo tiene estudios de nada, y que prolongar la formación puede ser una forma de eludir el mercado laboral sin reconocerlo.
La respuesta sensata llega desde otro ángulo: céntrate en un solo sector, preferentemente finanzas, que ya lo has empezado, y complétalo con idiomas a nivel práctico, no con títulos porque sí. La carrera de ADE, descartada. El objetivo de la formación es prepararte para la vida, y esa etapa no se debe eternizar.
El propio protagonista acaba pidiendo disculpas por el tono de algunas respuestas y agradeciendo la seriedad. El asunto se cierra sin cerrarse: el plan sigue en pie, la tristeza también, y la pregunta de si a los 27 alguien le contratará se queda flotando. Con estos mimbres, la previsión más honesta es que el grado se acabe, el primer trabajo llegue tarde y mal, y la ilusión —esa que él mismo dice que le falta— siga siendo la asignatura pendiente. Aunque nunca se sabe: a veces el click llega por donde menos se espera.