El 90% será clase pobre, pero aparentando no serlo
Aceite a 15 euros el litro. Nóminas de funcionario que se quedan entre 1.500 y 2.000 euros y no llegan para alquilar un piso decente. Una inflación acumulada que, según los cálculos que circulan, se ha comido un 40% del poder adquisitivo en pocos años. Con ese trío de cifras arranca una conclusión que ya casi nadie discute en voz alta: la clase media se disuelve, y lo hace con las terrazas llenas, el móvil encendido y cara de pocos amigos.
¿Qué se entiende por clase pobre en España?
El listón se ha movido, y no hacia arriba. Un puesto fijo en la administración, ese que durante décadas funcionó como sinónimo de estabilidad, ya no garantiza gran cosa: quien aprueba una oposición y cobra
entre 1.500 y 2.000 euros sigue siendo clase pobre, y en las grandes ciudades todavía peor. En Málaga, Alicante o Valencia, donde los precios inmobiliarios se han ido, en expresión repetida,
to the moon, esa nómina se queda corta incluso para un alquiler modesto.
De ahí sale la proyección más citada de todo el asunto: en pocos años, el
90% de la población será clase pobre, pero aparentando no serlo. No es un dato oficial, es una estimación de tendencia. Y su fuerza no está en la aritmética, sino en lo reconocible del escenario que describe.
Trabajar para el zulo y la comida
La descripción del día a día se repite con amargura: la gente trabaja para pagar el zulo y la comida, y de ahí la cara de mala hostia. Detrás aparece un mercado laboral donde la
temporalidad y la precariedad han dejado de ser excepciones. La carrera profesional, que durante años se pareció a una escalera, se ha convertido en una rueda que gira sin subir.
El coste se mide también en decisiones que ya no se toman. El
80% no puede tener hijos, se sostiene, no por falta de ganas sino porque alquiler, comida e impuestos se comen la nómina antes de llegar a fin de mes. La natalidad baja deja de ser un dato demográfico y pasa a leerse como síntoma económico.
El país que aparenta: terrazas llenas, cuentas vacías
El contraste aparece en cualquier barrio. Cafeterías de franquicia con las mesas ocupadas por gente que se deja cinco euros en un café mientras el sueldo no da para más. La ropa se renueva, el móvil se cambia, las terrazas se llenan; lo que no se renueva es la capacidad de ahorro. Ese desfase entre lo que se ve y lo que se tiene es, quizá, la seña de identidad de la nueva clase pobre.
Hay una lectura más incómoda: la apariencia no engaña solo a los demás, también funciona como anestesia. Mantener el escaparate cuesta dinero y tiempo, y deja menos margen aún para cuestionar por qué la cuenta no cuadra.
¿Por qué la calle parece más gris y más cansada?
Aquí las explicaciones se multiplican. Una apunta a los horarios: jornadas interminables, pantallas hasta la madrugada y la sensación de no dormir nunca. Otra señala la saturación política, agotadora: escándalos, afrentas y cosas inaceptables a diario en televisiones, radios, prensa e internet. Cuando todo es urgente, nada importa, y el ánimo colectivo se resiente.
Una tercera corriente atribuye el desgaste a la llegada continuada de población migrante y a la competencia por vivienda y empleo. Es una afirmación que en la propia conversación aparece sin datos que la respalden, y convive con diagnósticos estrictamente económicos que explican el mismo malestar sin recurrir a ella.
Emigrar como plan B
La salida clásica —irse— reaparece con un matiz nuevo. Quienes han trabajado fuera coinciden en que la diferencia no se aprecia solo en el salario, sino en la organización del día: basta cruzar a Francia o Alemania para notar la mejoría aunque solo sea por el horario laboral. La comparación funciona como espejo permanente, y no precisamente halagüeño.
Lo llamativo es que esa válvula de escape lleva años abierta y el flujo no es masivo. Quien se va, rara vez vuelve a plantearse el regreso por motivos económicos.
El juicio estético como termómetro social
Una parte del material se detiene en el aspecto de los demás —la ropa, los tatuajes, el gesto, el cuerpo— y lo convierte en diagnóstico. Son juicios que, leídos con distancia, retratan más a quien los formula que a quien los recibe. No en vano Baroja ya describió en
La busca la miseria madrileña con la misma mezcla de crudeza y comicidad, hace más de un siglo, cuando había bastante menos renta y nadie hablaba de clase media.
El recurso al aspecto físico es la manera más barata de explicar un malestar que tiene causas más aburridas: sueldos, alquileres, horarios e impuestos.
¿Se empobrece España o simplemente se ha vuelto más consciente de su empobrecimiento? Sobre esa pregunta el análisis se atasca. Hay quien culpa a la política económica, quien señala la vivienda y los salarios, y quien sostiene que la multitud camina más cansada porque hace años que no duerme lo suficiente. Nadie cierra el círculo.