Ferraz: tras la detención por rezar, convocan un rosario
Según el mensaje que abre el hilo, una mujer fue detenida en la calle Ferraz mientras rezaba. Horas después, la consigna circula por los mismos canales que llevan semanas llenando la acera: todos a rezar el rosario ante la sede del PSOE.
La secuencia repite el guion de las últimas noches de protesta contra el pacto de amnistía: concentración, tensión con la policía, vídeo que corre y nueva convocatoria. Lo que cambia esta vez es el formato. Donde antes había batucada y cacerolada, ahora hay padrenuestros por megáfono y
cientos de personas respondiendo al unísono. La pregunta sobrevuela todo el asunto: quien se arrodilla en la acera, ¿está rezando o está manifestándose?
¿Se puede detener a alguien por rezar en la calle?
Ninguna norma recogida en la información disponible prohíbe rezar en la vía pública. El conflicto no está en el rezo, sino en quién dijo qué sobre él. Según un mensaje que el dirigente Alvise Pérez hizo circular en redes, la Delegación del Gobierno habría comunicado oficialmente la prohibición de rezar en la calle y habría trasladado al jefe operativo que todo el que lo hiciera sería detenido. Ese extremo se difunde sin confirmación oficial en el material disponible, y ahí arranca el enredo.
El mismo mensaje llama a arrodillarse a las
19:30 y a forzar a la Unidad de Intervención Policial a elegir entre mirar o esposar a todos. La convocatoria del rosario se sitúa a las
20:00. Horas antes, la escena que lo había encendido todo era minúscula: una mujer, un rosario y una detención. Sobre ese contraste, mínimo y todo lo demás, se ha montado el pulso.
De la batucada al padrenuestro: el rezo como formato
A las puertas de la sede socialista se ha visto de todo. Un sacerdote con megáfono dirigiendo el rezo y varias centenas de personas contestando en voz alta ha sido, para una parte de los que estaban allí, la estampa de la noche; para otra, un bochorno difícil de tragar. También se ironiza con la importación de formatos: primero la cacerolada, luego la batucada y ahora el rosario. La discusión de fondo es si el rezo es una forma legítima de ocupar la calle o
una manera de blindar la protesta frente a las críticas.
Hay quien sostiene que el cambio de formato responde a una razón práctica, y muy poco espiritual: un grupo que reza es mucho más difícil de infiltrar y de reventar que una manifestación al uso. Otros lo leen justo al revés, como una operación de imagen que transforma una protesta política en una procesión. Y en medio, la pregunta incómoda sobre los límites: qué ocurriría si en mitad del rezo alguien levantara una bandera comunista o recitara un texto ateo en voz alta. Para una parte, el derecho de reunión ampara también al que incomoda; para la otra, allí no sobra nadie salvo quien va a provocar.
Ferraz: quién va al rosario y por qué
En la acera se mezclan perfiles que no comparten ideario. Lo resume una idea repetida: allí coincide gente que quiere echar al Gobierno, gente que rechaza la amnistía y gente que simplemente reza. Se organizan desplazamientos desde pueblos de fuera de Madrid, se pregunta por dónde aparcar y se avisa de la presencia de
agentes de paisano. También circula la convocatoria de un colectivo que se presenta como policías por la libertad.
Los vecinos de la zona aparecen en la conversación de refilón, casi siempre para mal: hay quien pide que se tenga en cuenta a quienes viven allí. Para quien va, en cambio, el argumento es que allí no se defiende una sigla sino algo previo: que no se detenga a nadie por rezar. La mezcla de motivos es tan heterogénea que cualquier intento de etiquetar a los asistentes se queda corto.
El adviento, la penitencia y el pulso administrativo
El llamamiento a arrodillarse no improvisa el marco: habla de adviento y de
tiempo de penitencia, y avisa al delegado del Gobierno de que tendrá la suya. La mezcla de lenguaje religioso y trámite administrativo es, precisamente, lo que ha hecho saltar la chispa. No es una procesión devocional, tampoco una manifa al uso: es una concentración que usa el rezo como formato y como coartada, según por dónde se mire.
El resultado es un formato que incomoda a propios y a extraños. A unos porque convierte la protesta en algo que no pueden ridiculizar sin salpicar a los creyentes; a otros, porque mezcla el culto con la bronca política y deja a la libertad religiosa en mitad del fuego.
Dos derechos que chocan y una ley que se giró
Libertad de reunión, de expresión y religiosa son derechos fundamentales que, en la práctica, se estorban cuando se ejercen a la vez sobre el mismo metro de acera. La crítica más repetida apunta a un uso selectivo: se tolera la protesta mientras no incomode al poder de turno, y se tira de reglamento cuando el mensaje molesta.
Aparece aquí la
ley mordaza. Más de uno recuerda que la norma aprobada en su día por el PP acabó sirviendo, años después, a un Gobierno del PSOE, y que nadie le cambió una coma. También se apunta a la Iglesia institucional, a la que se acusa de haberse acomodado hace tiempo y de no estar donde están sus fieles. La distinción entre la libertad de culto del individuo y la institución que la administra es, para varios de los que participan, la clave de todo el embrollo.
El dato que descoloca
Con las concentraciones convertidas en rutina nocturna y el rosario camino de serlo, hay un dato que, según un participante, descoloca cualquier relato cómodo: el
Cuerpo Nacional de Policía cumple 200 años el año siguiente y, a su juicio, llega a la efeméride con su imagen pública por los suelos, por culpa de una cúpula politizada más que de los agentes de base.