Preguntar a una IA por Alcàsser cambia su respuesta
Una
inteligencia artificial no vio nunca ni los pelos, ni el barco, ni la casa. Y aun así se le sigue preguntando por ellos. Durante la última semana de febrero de 2025, una serie de consultas diarias a
ChatGPT-4o mini ha puesto a prueba su versión del caso Alcàsser —el triple crimen de Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández, ocurrido en
1992— y el resultado repite un patrón incómodo: el modelo cambia de matiz según cómo se le formule la pregunta. El experimento arrancó el 20 de febrero y cerró el 28 con una última cuestión sobre qué haría falta para que la opinión pública aceptase una única narrativa de los hechos.
De qué se habla cuando se pregunta por el caso Alcàsser
La versión oficial señala como responsables a Antonio Anglés y Miguel Ricart. Ricart fue condenado a
170 años de prisión y salió en libertad en 2013; Anglés, considerado el principal sospechoso, permanece fugado desde 1993. Sobre ese esqueleto se han construido tres décadas de dudas, y son esas dudas las que se trasladan a la máquina, una por día: los errores de la investigación inicial, la fuga imposible, el papel hallado en un bar, las aportaciones de quienes cuestionaron el relato judicial.
La primera pregunta, la del 20 de febrero, pedía enumerar los aspectos «dudosos o controvertidos» de la versión oficial. La respuesta no escatimó: gestión policial deficiente, recogida de pruebas discutida, identificación de culpables puesta en entredicho.
La misma pregunta, tres inteligencias artificiales, tres respuestas
Al ejercicio se sumaron pronto otros modelos.
Grok 3 y
Qwen 2.5 max, el modelo chino, respondieron a la misma cuestión con énfasis distintos. Donde ChatGPT-4o mini se queda en el escepticismo, el modelo chino apunta directamente a «presuntos encubrimientos de personas influyentes» y, ante la pregunta de si habría que reabrir el caso, contesta que «hay argumentos sólidos» para hacerlo. Ninguno de los tres coincide del todo.
La lección no es cuál acierta. Es que tres herramientas vendidas como inteligentes ofrecen tres retratos distintos del mismo caso, y que la diferencia no nace de los hechos sino de quién redacta la consulta.
¿Por qué la IA responde distinto según cómo se le pregunte?
Porque el sesgo lo pone quien pregunta. Una formulación cargada —«¿qué aspectos son dudosos?»— da por hecho que hay algo dudoso; una pregunta abierta sobre si lo ocurrido fueron errores o manipulación deja respirar a la versión oficial. Los modelos generan la respuesta que el enunciado insinúa.
Cuando se plantea si pudo tratarse de simple torpeza en vez de manipulación, la misma IA concede que «es una posibilidad válida». La máquina no busca la verdad: completa la frase que le pones. Y quien la completa acaba creyendo que la verdad la ha encontrado la máquina.
La fuga de Anglés, según la IA
La versión oficial sostiene que Anglés escapó tras un accidente de barco en 1993. La pregunta del 21 de febrero pedía precisamente eso: qué hay de dudoso en la fuga. La respuesta recoge la controversia conocida —cómo pudo eludir a las autoridades en pleno despliegue policial— y la deja ahí, sin resolverla.
Es el formato exacto del experimento. La IA repite las preguntas que llevan treinta años sin respuesta y las devuelve en forma de lista numerada, con la apariencia de un informe forense y el contenido de un resumen de prensa.
El papel, los divulgadores y el coste de sostener la duda
El 24 de febrero la pregunta fue por las aportaciones de Juan Ignacio Blanco y Fernando García, dos nombres asociados a la divulgación crítica del caso. La IA les reconoce haber cuestionado el relato oficial y mantenido vivo el interés público.
Ese mismo interés tiene un precio. Hay quien relata haber gastado
más de 100.000 euros en abogados, desde 2016, por querellas derivadas de este asunto. Y sobrevuela el episodio del papel hallado en un bar, que una parte del público lee como prueba sembrada y otra como simple descuido. El debate no zanja ninguno de los dos extremos.
Lo que la IA no puede cambiar: prescripción y cosa juzgada
Da igual cuántos modelos recomienden reabrir el caso. La vía judicial tiene un límite que ninguna respuesta generada salta: el caso está prescrito para cualquier implicado salvo para Antonio Anglés. Ricart salió en libertad en 2013.
Es la contradicción central de todo el ejercicio: se pide a la máquina que reabra un sumario que la ley ya cerró, y la máquina obedece porque no tiene nada que perder.
El ADN de los pelos y la indemnización que se pregunta
Las últimas jornadas del experimento apuntaron al laboratorio. Si no aparecen trazas de ADN de Ricart en los pelos que se analizan, ¿cambia algo? ¿Y si no aparecen de Anglés? ¿Tendría el Estado que indemnizar?
La IA responde con condicionales —«podría», «llevaría a reevaluar»— y evita prometer nada. Y conviene recordar el principio elemental: la ausencia de una prueba no es la prueba de una ausencia.
Con tres modelos ofreciendo tres énfasis distintos, lo previsible es que la próxima pregunta produzca otra respuesta nueva. Ninguna resolverá el caso. Pero mientras el sumario siga prescrito y Anglés siga en paradero desconocido, alguien seguirá tecleando.