Trump nombra un enviado para Groenlandia y Dinamarca estalla
Aarhus, diciembre de 2025. El Gobierno danés había vuelto a confiar en la vía diplomática: un embajador en Copenhague, Ken Howery, y conversaciones discretas para que la ambición de Donald Trump sobre Groenlandia se fuera diluyendo. Bastaba con no irritar al republicano. El resultado de esa estrategia de pies de plomo ha sido que Trump acaba de nombrar a
Jeff Landry, gobernador de Luisiana, enviado especial de la Casa Blanca a la isla ártica, con una misión que el propio Landry resumió en la red X: «Será un honor contribuir a hacer de Groenlandia parte de EEUU». Traducción: la cautela danesa no ha servido de nada.
La reacción ha sido esta vez todo lo contrario a la de hace un año. El ministro de Exteriores, el moderado
Lars Løkke Rasmussen, ha hablado de «profunda indignación» y de «ataque verbal a la soberanía», y ha anunciado que convocará al embajador estadounidense para «dejar las cosas claras y obtener una explicación». La primera ministra socialdemócrata, Mette Frederiksen, y el jefe del Gobierno autónomo groenlandés, el liberal Jens-Frederik Nielsen, han firmado una declaración conjunta: «No se puede anexionar otros países. Ni siquiera con el argumento de la seguridad internacional».
Qué se juega Dinamarca con Groenlandia
Groenlandia es un territorio autónomo bajo administración danesa, no una colonia al uso, y ahí está buena parte del problema. Copenhague sostiene desde hace años una subvención anual que ronda los
3.900 millones de coronas danesas (unos 522 millones de euros), según las cifras que maneja el propio debate, y que puede llegar hasta los 4.100 millones según la fuente. Esa transferencia representa aproximadamente la mitad de los ingresos públicos groenlandeses y más de la mitad de su presupuesto estatal. Con 57.000 habitantes, la isla más grande del mundo vive de Dinamarca tanto como de sus propios recursos.
Ese es el flanco que Trump parece haber detectado. Hay quien calcula que bastaría con ofrecer un millón de dólares por cabeza a los 47.000 residentes para que la operación saliera por unos 47.000 millones, calderilla para el Tesoro estadounidense. El cálculo, que circula con más intuición que rigor, ignora que Groenlandia no es un solar en venta y que su estatuto de autonomía no permite ese tipo de transacción. Pero mide bien la asimetría: una potencia de 340 millones de habitantes tanteando a un territorio de 57.000.
La diplomacia danesa, desbordada por un enviado paralelo
El nombramiento de Landry tiene un efecto colateral que en Copenhague ha sentado peor que la propia intención:
pasa por encima del embajador Howery. «Estábamos bajo la impresión de que hay un embajador estadounidense en Dinamarca y que es con él con quien nos comunicamos», ha dicho Løkke. «Que Trump nombre de repente un enviado especial es una provocación, una escalada». Los analistas daneses coinciden en que los últimos meses habían sido de calma relativa gracias precisamente a ese canal. El enviado especial lo dinamita.
La diputada socialista groenlandesa en el Parlamento danés, Aaja Chemnitz Larsen, ha puesto el foco en otra cosa: «Demuestra que se trata de un maratón, no de un sprint, y que el interés por Groenlandia va a continuar». Y ha lanzado una advertencia a su propio Gobierno: «Aquello fue una llamada de atención, pero ahora, por parte danesa, se está volviendo al letargo». Chemnitz apunta a la vulnerabilidad social de la isla —precios de alimentos y electricidad disparados— como caldo de cultivo para que «elementos externos» encuentren acomodo.
El precedente de 1898 y la moral del más fuerte
La comparación histórica ha aparecido pronto en la conversación: lo de Groenlandia se parece a un
1898 a cámara lenta, con la diferencia de que España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas en una guerra y Dinamarca puede perder Groenlandia sin disparar un tiro. La referencia a Puerto Rico no es casual: la isla caribeña lleva más de un siglo como territorio no incorporado de EEUU, con ciudadanía de segunda y sin voto en el Congreso. Es el espejo en el que nadie quiere mirarse.
El argumento de fondo es siempre el mismo: si tienes un territorio que no puedes defender, tu soberanía es una entelequia. Dinamarca es miembro fundador de la OTAN desde 1949 y país clave en la seguridad del Atlántico Norte, pero eso no disuade a Washington de tratar a un aliado como un obstáculo. La paradoja —un miembro de la alianza amenazado por el socio principal— es el dato que descoloca de todo el asunto. La OTAN no tiene protocolo para cuando el que aprieta es el que paga.
Qué puede pasar ahora
El escenario más probable a corto plazo no es una anexión, sino una negociación de acceso preferente a recursos y rutas. Groenlandia concentra minerales críticos y el deshielo está abriendo vías marítimas que cambiarán el comercio del Ártico en las próximas décadas. Quien controle la isla controla el atajo. Eso explica que el interés no dependa del inquilino de la Casa Blanca: si mañana vuelve un demócrata, el expediente seguirá en el cajón.
La pregunta que nadie responde del todo es qué hará Europa. Dinamarca es miembro de la UE, y la UE no tiene competencia en defensa territorial de sus Estados. Bruselas puede emitir comunicados, pero no mover portaaviones. Y mientras tanto, Groenlandia sigue decidiendo si quiere independizarse de Dinamarca para caer, quizá, en otra órbita. Con 57.000 habitantes, medio millón de euros de subvención anual y un vecino de 340 millones dispuesto a todo, la soberanía es un lujo que hay que poder pagar.