Un PC gamer de 725€: el i3 se queda corto y la fuente sobra
Un presupuesto de 725,5 euros, once componentes y una duda razonable antes de soltar el dinero: ¿aguanta un i3-6100 el gaming a nivel alto y la edición de vídeo con Premiere o Vegas? La consulta, fechada en septiembre de 2016, buscaba evitar un gasto importante sin consultar antes opiniones. Detallaba un Intel Core i3-6100 de 112 euros, una Sapphire Radeon Nitro RX 460 de 4 GB por 149 euros y una fuente Tacens Mars Gaming de 650 vatios por 34. Sobre el papel, una máquina equilibrada para su precio. La respuesta que obtuvo no fue la que esperaba.
¿Basta una fuente de 650W para un equipo que consume 260W?
No, y sobra. El primer reproche llegó por el consumo. Una fuente de 650 vatios para esa configuración es tirar el dinero, según el cálculo que maneja una parte de la discusión. El i3-6100 y la RX 460 suman un
TDP conjunto de 126 vatios; el equipo completo, con monitor incluido, apenas pasaría de 260W a plena carga. Con una de 400W iría sobrado, se sostenía: la gráfica consume entre 80 y 100W y el procesador otro tanto. Desde la otra orilla se defendía reservar margen. «La PSU es un componente demasiado crítico para quedarse corto», con amperios de sobra en el rail de 12 voltios. Es la vieja tensión entre ajustar la factura y no arriesgar el componente más frágil.
El i3-6100 y su problema con los juegos multijugador
El procesador levantó más ampollas. Un análisis advertía de que un i3 dará
problemas en juegos multijugador y en cualquiera que aproveche bien más de dos hilos. La réplica matizaba que el i3-6100 «es un micro de 4 hilos» -el hyperthreading lo salva de la quema- y que, aun así, es mejor que la mayoría de las CPUs de AMD de la época. La recomendación que cuajó: subir a i5 si se quiere editar sin angustias y no quedarse corto en dos años.
¿Puede el mismo dinero comprar un equipo mejor?
Sí, o eso sostiene un vendedor que monta equipos por encargo. Por ese presupuesto ofrecía máquinas con
i5, 16 GB de RAM y GTX 1060, aptas para realidad virtual, con 8 sobre 10 en su prueba de rendimiento y capaces de 60 fotogramas por segundo estables en 2K. Más adelante presentó una configuración con i5-6400, placa H170 y una GTX 970 por 315 euros, envío urgente incluido. El interesado acabó comprando allí. Su padre lo confirmó después con un mensaje de agradecimiento: «El equipo va de maravilla. Totalmente recomendable». El componente emocional -la confianza- no salía en ninguna lista de precios.
La reputación, el componente que no sale en el presupuesto
A partir de ahí, la conversación se rompió. Acusaciones de publicidad encubierta, de multiplicar cuentas para promocionarse, de vender humo; insultos cruzados y descalificaciones personales que se llevaron por delante cualquier análisis técnico. Una parte defendía al vendedor como un profesional que ahorra dinero a quien le compra; otra lo dibujaba como un comercial inagotable al que no hay argumento que frene. El propio aludido admitía que el clima le estaba haciendo «más daño que beneficio» al negocio. En internet, una queja trasciende mucho más que mil elogios.
El resto de la lista: dónde estaba el acierto
No todo era discutible. El almacenamiento -un SSD Samsung 750 Evo de 250 GB por 72 euros y un Seagate Barracuda de 1 TB por 45- respondía a la lógica de poner el sistema en estado sólido y los datos en disco mecánico, la combinación más rentable por entonces. Los 8 GB de RAM en dos módulos de 4 GB, por 38 euros, dejaban la mitad de las ranuras libres para ampliar. La placa Gigabyte B150M, por 86 euros, cumplía sin lujos. El reparto del gasto tenía más criterio del que la polémica dejaba ver.
Qué se aprende de un presupuesto tan discutido
Hay lecciones que van más allá del caso. La primera: la fuente es donde más se dispara el gasto innecesario, y sobredimensionarla por miedo cuesta dinero sin ganar fiabilidad. La segunda: en un equipo así, el cuello de botella aparece en la CPU antes que en la gráfica cuando se edita vídeo. Y la tercera: la reputación del vendedor pesa tanto como la ficha técnica. Quien compró lo comprobó en su propio bolsillo.
Y aquí el detalle que descuadra. Acabó pagando unos
40 euros más que su presupuesto inicial. No porque le engañaran, sino porque cambió la pantalla de 21,5 pulgadas por una de 23,6 con panel IPS y colores RGB. Un equipo que le salió algo más caro y considerablemente mejor. A veces el problema no es lo que gastas, sino el miedo a gastar de más en lo que no toca.