Ver un átomo: la línea que separa ciencia y creencia
«Nadie ha visto un átomo», sostiene quien abre el debate. De ahí a concluir que la ciencia es una religión más hay un trecho que esta discusión no cierra del todo. El punto de partida que plantea es incómodo: si ningún telescopio, ni siquiera los aceleradores de partículas, capta un átomo de forma directa, ¿por qué se da por hecho que el agua es H2O y, en cambio, se ridiculiza a quien cree en Dios? La respuesta que recibe es que una cosa se
mide y la otra se cree. La larga tiene aristas, y casi todas salen a la luz aquí.
¿Se puede ver un átomo con un microscopio?
Sí, con el adecuado. Un telescopio está pensado para mirar el cielo, no para hurgar en la materia; para eso está el
microscopio electrónico, que permite observar átomos. Lo mismo ocurre con los rayos X: tampoco se ven. Que algo escape al ojo humano solo significa que es pequeño, no que sea inexistente. Y de ahí sale el resto del argumento.
El segundo pilar es la medición. El agua se descompone en hidrógeno y oxígeno, oxida metales, forma ácidos y sales; tiene masa, admite carga eléctrica y responde siempre igual al mismo estímulo. Según uno de los razonamientos que más se repite, basta arrastrar una parte de la molécula para que otras
ocho vengan detrás. Todo eso es reproducible por cualquiera con el equipo adecuado. Ahí está la frontera: lo que se puede medir aguanta el escrutinio; lo que solo se afirma, no.
¿Qué es el problema de los tres cuerpos?
Es el límite matemático que se esgrime contra los modelos que se enseñan en el colegio. Según el hilo que se enlaza, la interacción simultánea entre el Sol, la Tierra y la Luna no tiene solución exacta ni en
Copérnico ni en
Newton, y aun así forma parte del temario como si fuera un dogma cerrado. Ese desajuste entre lo que un modelo explica y lo que se presenta como verdad absoluta es lo que algunos usan para equiparar la física con la fe.
El contraargumento no se hace esperar. Un modelo incompleto sigue siendo mejor que un dogma inmune a los datos, precisamente porque admite correcciones. La física cuántica avanza parcheando sus propias lagunas, y eso no la convierte en creencia, sino en un sistema en revisión permanente.
La primera causa: creador o azar cósmico
El asunto se estrecha hasta dejar dos salidas. O existe una entidad superior que puso en marcha el proceso, o todo nace de un azar cósmico sin intención. Quien defiende la primera opción sostiene que negar al creador obliga a admitir que la nada produjo algo, una contradicción que, según su razonamiento, la posición contraria no logra resolver. La otra parte responde que tampoco hace falta un dios para explicar lo que todavía no se entiende.
Y aparecen las muletillas de siempre, casi calcadas entre partidarios y detractores. Uno compara creer en el átomo con creer en la lluvia antes de mojarse: la hipótesis plausible se acepta porque funciona. El otro replica que la electricidad no se ve y a nadie se le ocurre agarrar un cable de alta tensión.
Las experiencias cercanas a la muerte entran en juego
El terreno se mueve hacia lo que ocurre al borde del fallecimiento. Se citan relatos de túneles de luz, sensación de paz y contactos con fallecidos, y se invoca al doctor Sans Segarra para defender que esos episodios no son simples alucinaciones. El patrón común de los testimonios se presenta como indicio de algo más allá. La réplica que aparece en el hilo es que recurrir a lo divino es la explicación fácil de lo que no se entiende.
Por qué los textos sagrados se leen como humanos
Otra línea apunta a los libros. Quien los analiza no encuentra una inteligencia ajena al tiempo y al espacio, sino textos pegados a su época, con intereses y preocupaciones muy terrenales. Ese desfase entre lo que se predica como eterno y lo que se lee como coyuntural sostiene buena parte del escepticismo.
No es el único frente. También se discute el papel de las estructuras religiosas, sospechosas de servir más al control de las personas que a la divinidad que dicen representar, y el hecho de que los mandamientos se presenten como un bien para quien los cumple, no como un servicio a Dios.
La pregunta inicial sigue sin respuesta cerrada, y probablemente no la tenga en años. Lo que sí se puede medir es que las dos orillas se miran con la misma desconfianza, y que el átomo, que no se deja ver a simple vista, acaba siendo el símbolo de una disputa que va de la física al sentido de la vida.