¿A qué llama «Estado profundo» el déspota Sánchez (Francisco Rosell en El Debate)

¿A qué llama «Estado profundo» el déspota Sánchez (Francisco Rosell en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El uso del término "Estado profundo" por parte del presidente **Pedro Sánchez** se presenta como una estrategia para desviar la atención de las investigaciones y críticas, comparándolo con tácticas históricas de líderes que buscan consolidar su poder.

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El uso del término "Estado profundo" por parte del presidente Pedro Sánchez se presenta como una estrategia para desviar la atención de las investigaciones y críticas, comparándolo con tácticas históricas de líderes que buscan consolidar su poder.

La retórica política a menudo recurre a conceptos cargados para movilizar apoyos o deslegitimar adversarios. Uno de estos conceptos, que ha cobrado cierta notoriedad, es el del "Estado profundo". Cuando se invoca esta idea en el contexto de la política española, y específicamente en relación con el presidente Pedro Sánchez, surge la pregunta de a qué se refiere realmente y con qué propósito se utiliza. La noción de un "Estado profundo" evoca la imagen de una red oculta de poder, compuesta por funcionarios, servicios de inteligencia o élites que operan tras bambalinas para influir o controlar las decisiones gubernamentales, a menudo en contra de la voluntad del líder electo o de la opinión pública.

La acusación de un "gobierno fallido"

En el debate público, se ha señalado que la invocación del "Estado profundo" por parte de Pedro Sánchez podría ser una estratagema para desviar la atención de problemas internos y de investigaciones que afectan a su gobierno. La idea subyacente es que, ante un panorama de dificultades, se intenta generar la percepción de un enemigo externo o de una conspiración que impide la acción del gobierno. Se argumenta que, en lugar de abordar las cuestiones de fondo, se recurre a la figura del "vienen a por nosotros" para presentarse como víctima de una supuesta confabulación.

Esta táctica, según se describe, busca desacreditar a aquellos que cuestionan o investigan las acciones del gobierno, incluyendo a las instituciones que se supone deben salvaguardar el Estado de derecho. Se compara esta estrategia con la de un "impostor" que, al verse envuelto en problemas, utiliza una "máscara de víctima" para atribuir a otros las responsabilidades. La paralización de ciertas iniciativas legislativas, como la modificación del censo electoral, o las investigaciones judiciales en curso, se presentan como ejemplos de choques con estas supuestas fuerzas que buscan obstaculizar la agenda del gobierno.

El precedente de Donald Trump y la "resistencia"

El concepto de "Estado profundo" no es exclusivo de la política española. Se popularizó notablemente en Estados Unidos durante la presidencia de Donald Trump. Él utilizó la expresión para referirse a una red de funcionarios y agencias que, según su visión, filtraban información y obstaculizaban sus políticas. En este contexto, la prensa estadounidense publicó un artículo anónimo en el The New York Times titulado "Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump", donde se describía la existencia de "adultos en la sala de gobierno" que intentaban contener los desmanes del presidente. Estos individuos, aunque trabajaban para Trump, no estaban dispuestos a traspasar ciertos límites que consideraban peligrosos para la nación.

La apelación al "Estado profundo" tiene antecedentes en países como Turquía o Egipto, donde se ha utilizado para describir redes de poder que operan fuera del control democrático formal. En España, se ha sugerido que esta retórica también ha sido empleada por otros actores políticos, como los socios independentistas de Sánchez, para "satanizar" a la democracia española y a los servidores públicos que impidieron la independencia de Cataluña en octubre de 2017. La posterior concesión de indultos y amnistías por parte de Sánchez se interpreta, desde esta perspectiva, como un movimiento para asegurar su propia posición política.

La "cloaca sanchista" y la paranoia gubernamental

Frente a la narrativa del "Estado profundo" como una amenaza externa, se plantea la existencia de una "cloaca sanchista" interna, una red de operaciones que se habría reactivado ante las presiones. Se alude a investigaciones periodísticas y judiciales en marcha que apuntarían a una estructura de poder dentro del propio gobierno, especialmente tras las indagaciones sobre el llamado ‘Begoñagate’. En este escenario, la paranoia gubernamental se asemejaría a la trama de la novela "El hombre que fue Jueves" de G.K. Chesterton, pero desprovista de su humor e inteligencia. En la obra de Chesterton, los supuestos conspiradores eran en realidad agentes de policía infiltrados. Aquí, se sugiere que el "Estado profundo" sería, en realidad, la cara oculta del propio gobierno, orquestando acciones para desestabilizar las instituciones y asegurar su control.

La estrategia de "vienen a por nosotros" se considera una táctica recurrente para erosionar el Estado de derecho, buscando que los ciudadanos no puedan elegir libremente a su gobierno y que los delitos queden impunes. Se evoca la figura de Santos Cerdán, quien en diciembre de 2025 habría proclamado en una comisión del Senado que el "Estado profundo" conspiraba contra él, a pesar de las acusaciones de saqueo y corrupción. Esta retórica, se argumenta, busca crear un clima de confusión y desconfianza hacia las instituciones.

El riesgo de un "Estado autoritario"

En medio de esta confrontación discursiva, se advierte que la democracia española se encuentra en una situación delicada, comparable a la que describen los profesores Daron Acemoğlu y James A. Robinson en su libro "Por qué fracasan los países". Estos autores distinguen entre Estados ausentes, despóticos y encadenados (estos últimos, los que protegen la libertad). La preocupación es que España se encamine hacia un "Estado autoritario", un "Leviatán desatado" sin control efectivo por parte de los ciudadanos. Se cita a Thomas Jefferson, quien advirtió sobre la necesidad de que el pueblo recuerde a sus gobernantes que conserva el "espíritu de resistencia".

La historia ofrece ejemplos de cómo el poder puede ser manipulado. La figura de Pisístrato en la Atenas de Solón se presenta como un caso de cómo un líder puede, mediante artimañas, obtener un poder absoluto. Pisístrato se hirió a sí mismo para ganarse la simpatía del pueblo y obtener una guardia pretoriana, que luego utilizó para dar un golpe de Estado. Tras ser depuesto, regresó a Atenas con una puesta en escena teatral que simulaba la intervención divina para legitimar su regreso.

Una Constitución, aunque garantice elecciones, no es suficiente si el poder se descontrola y la sociedad no se moviliza para defender el imperio de la ley. La advertencia final es clara: hay que estar atentos a las acciones de quienes buscan consolidar su poder a costa de las instituciones democráticas. La acusación de un "Estado profundo" se convierte así en una cortina de humo para justificar un intento de "autogolpe", es decir, un desmantelamiento de las garantías del Estado de derecho desde dentro. Lo que está en juego, se concluye, no es la existencia de un "Estado profundo" oculto, sino la propia salud del Estado de derecho.

Datos clave
  • *Pedro Sánchez**
  • *Francisco Rosell**
  • *El Debate**
  • *octubre de 2017**
  • *Diciembre de 2025**
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Eric Finch

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¿A qué llama «Estado profundo» el déspota Sánchez​

16/09/2026

Francisco Rosell-El Debate
  • A este fin, el clásico «vienen a por nosotros» está ya más visto que el tebeo de Pedro y el lobo al encerrar una estratagema para devorar el Estado de derecho por un gobierno fallido que pretende convertir España en un Estado fallido
En el tiempo de los problemas, cuando trasgrede hasta las leyes que él mismo dicta, un impostor como Pedro Sánchez trata de capear el temporal de la corrupción que le enloda usando un impermeable de teflón para que todo resbale sobre los demás y una máscara de víctima para endilgar a los demás las fechorías que perpetra y desacreditar a quienes han de enjuiciarle. De esta guisa, quien se comporta como vasallo del «Estado profundo» ingenieros (el majzén que asiste a Mohamed VI), se presenta como «ecce homo» de una aparente confabulación de instituciones claves –oh casualidad– en el sostén del Estado de derecho ante quien aspira a aplastarlo.

No en vano, tanto la paralización cautelar de su intento de alterar el censo electoral mediante la ley de nietos como su horizonte penal como el número 1 de los «ladrones en la ley», amén de su negligencia incivil en la abusa de la integridad territorial de España por su flanco sur, le han impulsado a relanzar otra acometida contra los jueces que le contrarían. A tal fin, les ha echado los perros con sus ministros –incluido ¡el de Justicia!– tildándolos de «salvapatrias» y de «lobos solitarios» asimilándolos a terroristas yihadistas. Tal ataque sin parangón en la historia de la democracia española sólo se explica por el pavor que siente Sánchez al banquillo después de que la cuerda de procesados socialistas supere en número a sus fruta en Cortes.

En su andanada, Sánchez recurre a la expresión «Deep state» que utilizó Trump para identificar al misterioso enemigo al que achacó, en su primer mandato, las filtraciones periodísticas sobre algunos de sus desatinos, así como a la red de funcionarios que operaría secretamente para disuadirle de sus políticas. Estos «adultos en la sala de gobierno», según la prensa norteamericana, eran los únicos capaces de contenerlo y frenar sus desmanes. Ello dio pie a un artículo anónimo publicado en el The New York Times titulado «Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump» y cuya autoría se mantuvo en secreto porque era la única forma de exponer el punto de vista de quienes, aceptando trabajar con un presidente que les posibilitaba poner en marcha políticas de su conformidad aun con reservas, no estaban dispuestos a traspasar ciertos límites que estimaban peligrosos para la nación.

La apelación al «Estado profundo», con antecedentes en Turquía o Egipto, fue asimismo el ardid de los hoy socios separatistas de Sánchez para satanizar a la democracia española y a los servidores del Estado que impidieron la independencia de Cataluña en octubre de 2017 para luego ser escabechados por Sánchez, quien indultaría y amnistiaría al golpismo para enfeudarse en La Moncloa. Bajo esa patente de corso, Sánchez busca su impunidad. Empero, tras las indagaciones periodistas e instrucciones judiciales en marcha, aquí no se ha patentizado más «Estado profundo» que las cloacas sanchistas reactivadas tras la contraofensiva de Sánchez al ser imputada su mujer por el ‘Begoñagate’ bajo el mando de su otrora secretario de Organización, Santos Cerdán, con su fontanera jefe Leire Díez a pie de cañería.

Frente a realidad tan incontrovertible como atiborrada de pruebas, un Gobierno decrépito a causa de su corrupción sistémica rememora en su paranoia a El hombre que fue Jueves, si bien sin el humor y la inteligencia de Chesterton. Si aquellos supuestos conspiradores del Londres de inicios del siglo XX eran los propios agentes reclutados por Scotland Yard para infiltrarse en una trama anarquista, cuya cúpula estaba conformada por siete miembros descritos entre sí con los nombres de la semana, aquí el «Estado profundo» es la cara oculta del propio Gobierno para desestabilizar las instituciones que aún no ha colonizado y suplantado en su apropiación partidista del Estado.

A este fin, el clásico «vienen a por nosotros» está ya más visto que el tebeo de Pedro y el lobo al encerrar una estratagema para devorar el Estado de derecho por un gobierno fallido que pretende convertir España en un Estado fallido. Al averiar los mecanismos democráticos que preservan la alternancia política y el poder judicial que depura las responsabilidades penales, se persigue que los ciudadanos no resuelvan con su voto libre y secreto el Gobierno que quieren y los jueces dejen impunes sus delitos al por mayor. A este respecto, da grima recordar como hace ahora nueve meses, en diciembre de 2025, era el truchimán «SuperCerdán» (Zapatero dixit) quien tiraba de ese mismo traje de paño gastado proclamando en la comisión del Senado que investiga la corrupción sanchista que «el Estado profundo» maquinaba contra él después de haber saqueado ese mismo Estado y haberle hecho un butrón bien grande con sus coimas.

En medio de tanto ruido y furia como aviva Sánchez, la democracia española atraviesa ese pasillo estrecho que refieren los profesores Daron Acemoğlu y James A. Robinson en una posterior entrega bajo ese título de su exitoso libro «Por qué fracasan los países». Después de catalogar tres tipos de Estados: ausente, despótico y encadenado, entendiendo por este último el que emplea su poder para resguardar la libertad y mejorar la prosperidad. Atendiendo a esa clasificación, España se aboca a un Estado autoritario con un Leviatán desatado y sin control efectivo de sus ciudadanos si estos no se movilizan para truncarlo. Como escribió Thomas Jefferson, tercer presidente de EEUU: «¿Qué país guarnece sus libertades si no advierte de vez en cuando a sus gobernantes que su pueblo conserva el espíritu de resistencia?».

Cuando no opera de esa forma, acontece lo que en la Atenas de Solón tras transformar en un año sus instituciones limitando el poder de sus gobernantes y exiliarse 10 años para evitar la tentación de manipular unas leyes que esperaba que pervivieran cien años. A Solón lo reemplazó Pisístrato que finiquitó con astucia su legado. A este propósito, acudió a tretas como herirse aposta para engañar a los ciudadanos y estos le consintieran dotarse de una guardia pretoriana para luego servirse de ella para dar un golpe. Tras ser depuesto, retornó a Atenas en un carro junto a una majestuosa mujer ataviada como Atenea para hacer creer que había sido escogida por la diosa para ser repuesta su autoridad.

Aunque una Constitución garantice elecciones, ello no basta si el Leviatán se desencadena y la sociedad no se moviliza para defender el imperio de la ley. Por eso, menos cuentos chinos y ojo con Pisístrato Sánchez. Desamarrándose de los guardianes del Estado de Derecho a los que acusa de lo que no son para anularlos, procura materializar el autogolpe que ambiciona. Esa situación no necesitaría de ninguna serie de Netflix, como esgrime sobre lo que él llama el bulo del hackeo de su móvil que el mismo denunció un año después de producirse por boca de su hoy ministro de Justicia porque ya existe y se llama House of cards. Allí se escenifica como el «Estado profundo» se corresponde con el montaje urdido por el presidente Underwood para no abandonar el Despacho Oval ni perdiendo a las elecciones tras entrar en él por la gatera como Sánchez. De ahí que lo que anda en juego es el Estado de derecho, no el «Estado profundo». Algo, por lo demás, que tiene bien claro quien dejó invadir España en lo que fue una pesadilla de una noche de verano.
 

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