La carta de Sánchez y la teoría del gobernante que desobedeció
Pedro Sánchez sigue en el palmito. La carta a la ciudadanía que publicó —y que desató todo tipo de especulaciones sobre una dimisión inminente— no ha cerrado nada. Al contrario: ha abierto un mercadillo de hipótesis donde conviven el análisis geopolítico, la teoría conspirativa y el ajuste de cuentas pendientes. Y en medio de ese ruido, una tesis particular sostiene que lo relevante no es si dimite, sino por qué los que supuestamente le pusieron en el poder estarían dispuestos a soltarle la mano.
Esa tesis, defendida con vehemencia en el arranque de la discusión, parte de una premisa incómoda: los gobernantes de las naciones importantes no llegan ahí por casualidad, sino colocados por una élite que les garantiza impunidad mientras apliquen una agenda supranacional. El pacto se rompe cuando el colocado deja de obedecer. Y Sánchez, según esta lectura, cometió el pecado capital: no acatar el resultado de unas elecciones que, en teoría, debían haberle desalojado del poder.
El pecado de la desobediencia
La novedad de este episodio, insiste esa corriente, no es la carta en sí, sino la insubordinación. Otros presidentes dimitieron cuando se lo ordenaron. José Luis Rodríguez Zapatero, se argumenta, nunca fue díscolo: siempre supo a quién se debía, obedeció y hoy vive una vida de multimillonario sin mayores sobresaltos. Sánchez, en cambio, habría montado un pucherazo en las generales para seguir en el palmito, un pucherazo que —según esta versión— quedó legitimado por todos los partidos y medios importantes.
Ese es el punto que más ampollas levanta. Hay quien sostiene que el PSOE no necesitó pucherazo alguno: bastó con movilizar a su electorado con el relato de que la ultraderecha iba a quitar derechos y banderas. La magia del voto por correo en julio, apuntan otros, hizo el resto. Dos explicaciones incompatibles para un mismo resultado.
¿Por qué se especula con una dimisión que no llega?
Porque la carta se leyó como un movimiento de guion. La teoría dominante en ciertos círculos es que Sánchez está acabado y que la única duda es si le dejarán irse de rositas o acabará en la cárcel, con las consecuencias que eso tendría para el PSOE. La posibilidad de una espantada hacia algún país sin tratado de extradición se menciona sin sonrojo.
Frente a eso, la lectura escéptica: es un Xavi Hernández cualquiera, que llora que se va y al final no se va. Un movimiento victimista para recibir el apoyo incondicional de los suyos. El libro se llama
Manual de resistencia, recuerdan. Y las dimisiones se hacen, no se anticipan.
El ajuste de 11.000 millones que nadie quiere firmar
Aquí entra la economía. Bruselas pide un ajuste de 11.000 millones de euros y la pregunta que sobrevuela es quién lo va a ejecutar. El PP, según esta línea, no quiere estar en el Gobierno cuando toque recortar. El PSOE tampoco. De ahí que se especule con un gran pacto de Estado entre ambos partidos, con nombre rimbombante tipo regeneración estatal o nueva transición, para repartirse la legislatura y los recortes, como se hizo en su día con Mariano Rajoy.
En Grecia, recuerda alguien, recortaron un 40% a los funcionarios. El precedente no invita al optimismo.
Zapatero, el Mossad y el Pegaso Troner
La discusión deriva hacia los hilos ocultos. ¿Es Zapatero la correa de transmisión entre los que pusieron a Sánchez y España? ¿Es el urdidor de su caída? ¿Tiene Israel o Marruecos material comprometedor obtenido con el sistema Pegaso —el Troner, ironizan algunos, tenía 360 caballos— y les conviene que la marioneta siga? Las respuestas se cruzan sin que nadie aporte pruebas.
Lo que sí se comparte es el diagnóstico de fondo: la oposición no existe, solo hay una partitocracia donde todos los partidos trabajan para lo mismo. El globalismo. Y el medio que primero miran los periodistas, se asegura, es el canal de los Royuela.
Lo que viene después será igual o peor
Ese es el consenso más sólido de toda la discusión, y el más deprimente: da igual quién venga. Feijóo haría exactamente lo mismo, sostienen unos. El que llegue será igual o peor, añaden otros, señalando al aspirante que quería la vacuna obligatoria. La alternancia es una ficción para seguir engañando a la masa.
Con ese punto de partida, la carta de Sánchez importa poco. Lo que importa es quién firma el ajuste de 11.000 millones y cuándo. Eso sí que tiene consecuencias medibles. El resto, de momento, es especulación con palomitas.