Sánchez: dimitir, resistir o cálculo electoral
¿Qué se trae Pedro Sánchez con una carta a la ciudadanía que nadie pidió y que ha puesto a media España a mirar el reloj? La lectura que domina el análisis es que el presidente ha consultado legalmente, sabe que le puede caer una sanción grave y ha decidido montar el relato antes de que lo monten otros. La hipótesis más repetida: comparecencia con dimisión incluida, culpando a la derecha del acoso y del daño a su esposa, sin dejar que sea el Congreso quien lo expulse. El precedente que se cita es Rajoy.
El problema es que la pieza que más se repite en las quinielas no es la dimisión, sino
Pegasus. El software de espionaje aparece una y otra vez como el asunto verdaderamente gordo, el que explicaría por qué un político que vendería a su abuela por un minuto de poder se plantea soltar la presidencia. Y ahí entra el giro geopolítico: su gira internacional apoyando el Estado palestino habría caído como una bomba en según qué despachos, hasta el punto de que hay quien sostiene que el espionaje israelí tiene material suficiente para tumbarle. La teoría no está probada, pero circula con una insistencia que llama la atención.
¿Por qué se habla de Pegasus y no de la esposa?
Porque el daño a la familia se lee como coartada narrativa, no como causa. La secuencia que se dibuja es la siguiente: primero se filtra que hay información comprometedora, después se convierte el caso en una persecución política y, por último, se presenta la salida como un acto de dignidad personal. El cálculo es viejo: quien dimite por acoso gana el relato; quien es expulsado por el Congreso lo pierde todo. De ahí que se especule con una dimisión voluntaria, pactada con alguien, antes de que el mecanismo institucional se ponga en marcha.
Hay quien añade una capa más: el apoyo a Palestina no sería una convicción, sino una obligación. La pregunta que se repite es por qué un tipo que ha demostrado una capacidad de supervivencia política fuera de lo común se mete en un charco diplomático que no le da ningún rédito electoral en casa. La respuesta que se da en voz baja es que alguien le tiene cogido por algún sitio. Y ese alguien no sería precisamente la derecha española.
El manual del resistir y las bases en Ferraz
Mientras se especula con la salida, el aparato se mueve. Se ha convocado una concentración frente a la sede de Ferraz para pedir al presidente que no dimita, con el argumento de que en democracia hay límites y se están saltando todos. El gesto tiene dos lecturas: movilización espontánea de la militancia o coreografía para que la decisión final parezca una cesión a la presión de los suyos. En cualquier caso, el escenario recuerda a los shows montados en repúblicas bananeras, donde la continuidad se decide entre aplausos y no en las urnas.
La otra hipótesis que gana enteros es la del cálculo electoral puro. Con las catalanas en el horizonte, una moción de confianza que dependa de los votos de Puigdemont no parece la mejor carta. Así que la opción más sencilla, y la que menos desgasta, sería seguir sin más, aguantar el temporal y dejar que el ruido se lo coman otros. La explicación más simple suele ser la correcta: temas legales inexcusables, presuntamente.
El regreso que nadie pide y el sucesor que se huele
En paralelo, hay quien ya huele el regreso de José Luis Rodríguez Zapatero. Se le ve especialmente activo en campaña y hay quien interpreta que el apoyo prestado tiene precio: concesiones a catalanes y vascos, y después el relevo. La hipótesis del sucesor encaja con la teoría de que Sánchez ya ha sido sacrificado como peón en una partida más grande, con un puesto en alguna organización internacional como premio de consolación.
Nada de esto está confirmado. Lo único verificable es que la carta ha abierto una competición de relatos en la que cada pieza encaja demasiado bien. Y cuando todo encaja demasiado bien, conviene desconfiar. La dimisión, si llega, no será una rendición: será el penúltimo movimiento de un trilero que lleva años jugando con ventaja.