Debate sobre la abstención: «el abstencionista lleva 1.460 días»
La jornada de reflexión es un invento de calendario: 24 horas en las que no se puede pedir el voto y en las que, sobre el papel, el electorado medita. Fuera de ese paréntesis, hay quien sostiene que la reflexión no es un día, sino una postura permanente. El planteamiento que abre el asunto es una pregunta incómoda: si el votante medio dedica un día a pensar a quién vota, el abstencionista lleva
1.460 días pensando por qué no vota a nadie. La cifra no es casual: son los cuatro años de un mandato, los mismos que se cruzan de brazos, según la lectura más dura, quienes sí pasan por la urna.
El asunto se enmarca en una cita electoral con urnas repartidas por el territorio y con un detalle que cambia el tablero: en algunas comunidades solo se votan locales, mientras en otras se acumulan papeletas autonómicas y municipales. Esa mezcla de convocatorias alimenta el desconcierto y, de paso, la abstención.
Qué se vota y por qué el mapa importa
El calendario electoral no es homogéneo. En Andalucía, por ejemplo, la convocatoria se limita a las locales. En comunidades con
elecciones autonómicas, el pulso se juega en clave regional y el resultado se lee como un termómetro nacional. Esa asimetría explica por qué el mismo día tiene lecturas distintas según dónde se mire.
En municipios pequeños, el conocimiento del candidato pesa más que la sigla. Ahí, la compra de votos y los contratos temporales como moneda de cambio son un clásico que se cita sin pudor. El voto se decide en la puerta del ayuntamiento, no en un mitin.
La abstención como estrategia: ¿inútil o necesaria?
Una parte del análisis sostiene que la abstención es la mayor tontería inventada: con un
98% de abstención, los políticos cantarían victoria sin despeinarse. El argumento es simple: el voto se reparte en porcentajes y quien no vota regala peso a quien sí lo hace.
La corriente contraria responde que votar es entrar en el juego y sentirse partícipe de la farsa. El cálculo que se maneja es que
1.460 días cruzado de brazos pesan más que un solo papel en una caja de plástico. La partitocracia, dicen, necesita un día de engaño para disfrutar de cuatro años de cheque en blanco.
El mal menor y la trampa de la alternancia
Hay quien defiende votar aunque sea al mal menor, con la nariz tapada, como pequeño impedimento para que la versión más chunga llegue al poder. Es infinitesimal, conceden, pero algo. La respuesta desde el otro lado es que no existe tal facción menos chunga: todos los partidos serían piezas del mismo mecanismo.
La tesis de la alternancia sostiene que los votantes de izquierda son llevados al corral con la amenaza de la extrema derecha, y los de derecha con la de los comunistas. El proceso constituyente habría transferido los poderes del caudillo a los partidos bajo vigilancia de la corona. El día que alguien señale esos pilares como objetivo, concluyen, habrá algo que escuchar.
Compra de votos y sospechas sobre el recuento
El asunto de la compra de votos aparece con nombres y cifras. Se mencionan
45 detenidos entre formaciones políticas,
32 de ellos socialistas, y una operación con
13 detenidos más por intercambio de droga a cambio de votos, con ofertas de hasta
50 euros en cocaína a toxicómanos, proxenetas y prostitutas. Entre los investigados figurarían una alcaldesa socialista y un miembro de la ejecutiva regional. Todos habrían rechazado declarar ante el juez. El artículo 146 de la ley electoral castiga estos hechos con penas de seis meses a tres años de prisión o multa de doce a veinticuatro meses.
A esto se suma la desconfianza sobre el recuento. Una formación se habría negado a hacer un recuento manual de papeletas y a contrastar resultados, dando por válidos los datos de la maquinaria oficial. La sospecha no es nueva, pero ahora se cita como prueba de que el sistema no se audita.
La obligatoriedad del voto y el fantasma del cacique
La propuesta de hacer obligatorio el voto presencial, salvo problemas de salud graves, aparece en la conversación. La respuesta es inmediata: eso es caciquear. La objeción no es menor en un país con historial de pucherazo y clientelismo.
El contrapunto llega desde quien recuerda que la obligación debería incluir mascarilla y camiseta con la bandera ucraniana, ironía sobre las prioridades del momento. La discusión deriva hacia si el voto es un derecho o un deber, y hacia quién garantiza que el deber no se convierta en coacción.
Qué puede pasar con la abstención
Una gran abstención sin un movimiento civil fuerte e independiente no sirve de nada, según el análisis más escéptico: se reparten los sillones y todo sigue igual. La esperanza de que la partitocracia recapacite y piense en los electores, no en sus bolsillos, es escasa.
El escenario que se dibuja es el de siempre: unos votan para quitar a otros, y otros votan para que no salgan los que los primeros votan. Un tira y afloja en el que cada extremo tira de la cuerda. El circo, admiten, es mejor que la dictadura anterior. Pero eso no lo convierte en una fiesta.