Ábalos carga contra el doble rasero: «Follar es más delito que robar»
José Luis Ábalos ha convertido su defensa en un ejercicio de sociología de barra de bar. El ex ministro de Transportes, investigado por el caso Koldo, ha atendido a OKDIARIO para quejarse de que se fiscalicen sus relaciones sentimentales mientras, a su juicio, otros asuntos más graves quedan impunes. La frase que resume su tesis: «En este país follar es más delito, aunque no lo diga el Código Penal, que robar». No es una boutade aislada. Es el eje de un relato en el que Ábalos se presenta como víctima de un rasero moral que, sostiene, no se aplica a nadie más.
Qué dice Ábalos sobre sus relaciones y la envidia
El ex ministro no se limita a negar relevancia penal a su vida privada. Construye una teoría: quien le critica lo hace por envidia. «Es la aspiración de todo el mundo. Lo que la gente pretende es que yo esté con una abuela que diera asco. Y entonces sería correcto e incorrecto. Pero como sean jóvenes, ahí parece que ya no gusta tanto». La frase, entre la socarronería y el desprecio, ha sido el detonante de la conversación. Hay quien lee ahí un ejercicio de honestidad brutal y quien ve un síntoma de narcisismo terminal.
El argumento tiene una pata económica que el propio Ábalos omite. En el material que circula se menciona una conversación en la que se le reprocha haberse gastado 400.000 euros en dos años en regalos a personas de su entorno. La cifra, si se confirma, desmonta la tesis del atractivo personal: a ciertas edades, el imán es la cartera. Un trabajador medio con ese dinero resuelve su vida. Él lo habría dilapidado en dos ejercicios.
Por qué señala a Marlaska y a Interior
La segunda pata del discurso de Ábalos es una acusación directa al Ministerio del Interior. Sostiene que la Unidad Central Operativa «no habla de nadie de Interior, pero de Interior hay un huevo de gente pringada». Y añade: «Hay un general pringado en todo, y coroneles, pero a Interior no se le toca». El ex ministro se pregunta por qué Fernando Grande-Marlaska no aparece en las pesquisas cuando, según su versión, Koldo García «no salía de ahí, de la Dirección General de la Policía, de la Guardia Civil».
La insinuación no se queda en la crítica política. «Debe haber algo», dice sobre la aparente inmunidad del titular de Interior. Es una sugerencia grave, lanzada sin prueba pública, que conviene leer con la cautela que exige cualquier imputación no confirmada por un tribunal. Ábalos pidió que el número dos de Marlaska declarara en el Supremo. El juez lo desestimó. Ese es el único dato procesal firme de todo el episodio.
El doble rasero que denuncia y el que practica
La paradoja es evidente. Ábalos denuncia un trato desigual hacia su persona mientras su partido, el PSOE, programa actos con las organizaciones feministas para condenar precisamente el consumo de prostitución. Él, por la otra banda, se ríe de todos. La conversación ha derivado en un fenómeno curioso: parte del público que jamás le votaría le reivindica como personaje. «Es el puto amo», se lee. «Merece salirse con la suya». No es admiración política. Es fascinación por alguien que ha decidido no fingir.
Hay un trasfondo que trasciende al personaje. El enchufismo en empresas públicas, las «amigas de» colocadas en cargos pagados con dinero público, la ausencia de meritocracia. Eso no lo inventó Ábalos. Lo practicó con desparpajo. Y ahora lo cuenta sin pudor. La pregunta incómoda no es si Ábalos es un cínico. Es cuántos no lo son y simplemente disimulan mejor.
Qué pasa con el caso Koldo y el futuro judicial
La investigación sigue abierta. La UCO y dos jueces trabajan a partir de una denuncia del PP. Ábalos no está condenado por nada de lo que aquí se relata. Está investigado. La diferencia importa. Su estrategia mediática, sin embargo, parece diseñada para el juicio paralelo: instalar la idea de que se le persigue por su vida sexual y no por su gestión. Si el relato cuaja, la defensa tiene parte del camino hecho.
Queda el dato que descoloca. Un hombre que se jacta de sus conquistas, que se ríe de la hipocresía ajena y que señala a Interior con el dedo, se presenta ante la opinión pública como el único que dice la verdad en un país de simuladores. Puede que tenga razón en algo. Puede que solo esté haciendo lo que siempre hizo: sobrevivir.