José Elías presume de llamar a sus directivos a las 11 de la noche de un sábado
La disponibilidad absoluta fuera de horario vuelve al centro del debate laboral en España. El empresario José Elías, conocido por su actividad en redes y por sus intervenciones públicas sobre gestión y energía, ha defendido en una entrevista que sus trabajadores le atienden el teléfono cuando llama a las once de la noche un sábado. La frase, difundida en redes, ha generado un rechazo transversal entre quienes trabajan por cuenta ajena y entre quienes defienden que la desconexión digital es un derecho, no un privilegio.
El asunto tiene una arista que se pierde en la bronca: hay quien sostiene que el propio Elías matizó que se refiere a los máximos directivos de sus participadas, no a la plantilla general. Con 45.000 empleados en el grupo, según su propio relato, su relación directa se limita a una veintena de altos cargos. Es decir, la llamada no va a la cajera ni al reponedor. Va a quien firma decisiones y cobra por ello.
¿A quién llama realmente José Elías a las 11 de la noche?
El matiz importa porque cambia el marco legal y el sentido común. Un alto directivo con retribución variable, dedicación plena y responsabilidad sobre resultados no opera bajo el mismo paraguas que un empleado de convenio. La desconexión digital, regulada en España desde 2018, protege a todos los trabajadores, pero su aplicación práctica varía según el puesto, el contrato y la retribución.
Hay quien sostiene que esa disponibilidad es consustancial al cargo y que quien la acepta lo hace a cambio de un sueldo que multiplica el salario medio. En contra pesa un argumento sencillo: si la llamada es tan urgente, ¿por qué no se gestionó antes? ¿No hubo tiempo entre el viernes y el sábado a mediodía? La urgencia, muchas veces, es una forma de demostrar quién manda.
El cálculo que desmonta la épica del compromiso
La conversación derivó hacia un terreno más incómodo: la asimetría entre dar el 200% y recibir lo mismo que quien no da nada. Varios relatos de experiencia propia coinciden en el mismo patrón. El trabajador que echa horas gratis, llega antes y asume más responsabilidad no asciende. Asciende el que ríe las gracias y lame los cojones. El desglose completo de esa lógica, con casos concretos, da una conclusión que escuece: el esfuerzo no se paga, se explota.
La disponibilidad permanente tiene coste. Y no lo paga quien llama.
Del compromiso a la servidumbre: el límite que nadie define
El debate se radicalizó cuando algunos mensajes equipararon la obediencia laboral con una forma de servidumbre voluntaria. La comparación es exagerada, pero apunta a algo real: la frontera entre compromiso y sumisión la fija el poder, no el contrato. Cuando el jefe presume en público de que le contestan a cualquier hora, está normalizando una expectativa que luego se traslada al resto de la escala.
Hay una escena que resume el malestar. Un responsable llama a un empleado un sábado por la noche porque no le cogió el teléfono. Al día siguiente, en lugar de hablar con él a las siete de la mañana en la puerta, le castiga. Ese detalle, contado por quien lo vivió, explica mejor que cualquier manual por qué la desconexión digital existe en la ley y no en la práctica.
El perfil del empresario que vende humo y gestión
José Elías arrastra una reputación ambivalente. Para unos es un referente que empezó con poco y montó un grupo empresarial. Para otros es un vendedor de cursos y cuñadeces que aparece hasta en la sopa. La crítica más repetida no es económica, es de credibilidad: el relato del emprendedor que triunfa se sostiene mal cuando se presume de llamar a las once de la noche.
La pregunta de fondo no es si Elías es simpático o insoportable. Es si el modelo que representa —disponibilidad total, jerarquía sin matices, épica del esfuerzo— sigue siendo defendible en 2024. Los datos de rotación y bajas por estrés sugieren que no.
Con estos mimbres, lo previsible es que la próxima entrevista vuelva a generar titulares parecidos. La desconexión digital seguirá en la ley y la disponibilidad seguirá en la cultura. Mientras ambas no se alineen, habrá jefes presumiendo de llamadas y empleados aguantando el teléfono.