Abstencionistas contra el voto útil: la paradoja de la democracia
El resultado electoral en Austria, con un Gobierno tripartito que excluye a la
ultraderecha, ha reabierto el debate sobre la utilidad del voto. La discusión, que se prolonga durante meses, enfrenta a quienes sostienen que votar solo legitima un sistema que luego maniobra para mantener a ciertos partidos lejos del poder, y a quienes defienden que la abstención es la estrategia perdedora. Los datos que se manejan en el intercambio apuntan a una contradicción: la participación récord en Alemania no impidió que el partido «de los malos» sacara un 20-30% de los votos y quedara sin influencia.
El argumento abstencionista: «votar solo legitima al sistema»
La tesis de los abstencionistas es simple: si votas, legitima un sistema que después hace maniobras legales e ilegales para que siempre gobiernen los mismos. «No he visto que eso pasase en ningún lado», responde otro, al que se le contesta que la trampa, cuando es demasiado gorda, provoca un motín. El ejemplo que se cita es el de la caída de una dictadura de partido único de corte soviético, que para algunos demuestra lo contrario: cuando la evidencia es insoportable, la gente reacciona. Para otros, la abstención es una rendición: «Permitirles gobernar sin obstáculos, así les incordias. Que no se te vea, así ganas».
La discusión deriva hacia el caso español. «Lleváis casi cincuenta años votando, ¿cuándo se va a producir ese milagro del cambio político?», se pregunta. La respuesta oficialista es que ya ha habido cambios: «hace no tanto no había ni un solo partido en España que criticase la inmigración aún superficialmente, cero». El intercambio se encona con acusaciones de que detrás de la ultraderecha están «los supremacistas alubicos» y con la réplica de que los abstencionistas son «en su mayoría terraplanistas: inmunes a la lógica y al aprendizaje».
Rumanía y Moldavia: cuando el voto sí importa
El hilo se desplaza a Europa del Este. En Rumanía, la anulación de las elecciones y las protestas con jueces evacuados en helicóptero se interpretan como una prueba de que «la solución no va a venir de votar, sino de derrocar al régimen». El embajador de Israel en Rumanía se reunió con el jefe de un partido de derecha acusado de antisemitismo, lo que generó críticas. En Moldavia, el presidente del Gobierno español celebró el resultado como «una prueba de la vocación europea» frente a «múltiples injerencias».
El caso de Georgia se menciona como ejemplo de que «allí está en juego que sus países sean arrojados a la hoguera de la guerra». La discusión deriva hacia Ucrania: «acabarán como en Ucrania, cazados por la calle como perros para ser arrojados a las trincheras de Donbass y morir como imbéciles reventados por los drones y la artillería». La intervención de Hungría, que anuncia su retirada de la Corte Penal Internacional durante la visita de Netanyahu, añade otra capa: la justicia internacional como moneda de cambio política.
El «votontazo» alemán y la paradoja de la participación
El caso alemán es el más citado. «Participación más alta de la historia en las elecciones alemanas, votontazo. Que todo votonto votonte para que todo quede tontoigual», resume una intervención. El dato que se maneja es que AfD, el partido «de los malos», saca un 20-30% de los votos, es primera o segunda fuerza, y «por el triunfo de la democracia se traduce en 0 influencia». La conclusión que se extrae es que votar no sirve para nada, pero no paran de hacerse maniobras para mantener a ciertos partidos lejos del poder.
La discusión sobre AfD incluye un dato llamativo: «Siete candidatos de AfD mueren en plena campaña y Alemania calla: ¿accidente estadístico o limpieza política?». El tuit se lanza sin más contexto, pero alimenta la tesis de que el sistema no juega limpio. Frente a esto, se recuerda que en España «han condenado a 10 meses de prisión e inhabilitación al portavoz de Seguridad e Inmigración de Vox por delito electoral», lo que para unos demuestra que la ley se aplica y para otros que se criminaliza a la oposición.
La abstención como estrategia: «no votes, que se fastidien»
El bloque abstencionista insiste: «No votes, eso les enseñará. No hagas nada, que se fastidien. Ponseló fácil, así se joden». La ironía recorre el intercambio: «Disfrutad de la demoniocracia, votontos». La respuesta es que la abstención no cambia nada: «La vas a disfrutar sí o sí. Enciérrate en tu cuarto a comer doritos». La discusión se cierra con un ejemplo de movilización: «Orbán pensó que prohibiendo el orgullo iba a amedrentar a la gente: ha conseguido todo lo contrario, convertir el orgullo en una manifestación masiva contra su gobierno y por la democracia».
El hilo termina sin consenso. Unos sostienen que votar solo sirve para legitimar a «una panda de sinvergüenzas, sin honradez y sin ética». Otros replican que «votar no sirve para nada, pero te montan manifas desde el extranjero contra lo que has votado». La paradoja queda flotando: si el voto no sirve, ¿por qué tanto esfuerzo en manipularlo? La respuesta que se insinúa es que sirve, precisamente, para eso: para que unos pocos decidan quién queda fuera.