La manifestación de Ceuta reabre la pregunta: ¿resistir o rendirse?
La convocatoria «Basta ya, Ceuta no se rinde» ha vuelto a poner a la ciudad autónoma en el centro de un debate incómodo. No es un debate nuevo, pero cada episodio de presión migratoria lo reactiva con más virulencia. La pregunta que atraviesa la discusión es directa: ¿tiene sentido aferrarse a un territorio que cambia de composición social a toda velocidad, o es puro masoquismo colectivo?
Hay quien sostiene que la resistencia sin medidas concretas es un gesto vacío. Se critica que la manifestación se quedara en el símbolo, con pancartas de diseño impecable y aplausos, mientras el problema de fondo sigue sin abordarse. Del otro lado, se argumenta que cualquier concesión equivale a abrir la puerta a la pérdida de la ciudad. Entre medias, los datos demográficos que circulan dibujan una realidad incómoda.
El cambio demográfico que nadie quiere nombrar
La cifra que más se repite en los análisis es la evolución de la población de origen marroquí en Ceuta. Según una estimación que ha circulado en los últimos días, habría pasado del 10% en 1975 al 40% actual. Hable con un ceutí y le dirá que la ciudad ya no es la de su infancia; hable con un sociólogo y le recordará que los censos no distinguen entre nacionalidad y origen, y que la emigración de españoles de la península también ha vaciado el centro.
La discusión se enciende cuando se habla de nacionalidades concedidas de forma masiva. Se mencionan miles de DNI otorgados a personas de origen marroquí, a menudo con acusaciones de clientelismo electoral. No hay datos oficiales en el debate, pero la percepción es tan fuerte que condiciona cualquier conversación sobre el futuro de la ciudad.
El coste económico de la convivencia
Aquí entra la economía. Uno de los datos que ha circulado apunta a que el 15% de la población de Ceuta sería perceptora del Ingreso Mínimo Vital. Si eso es cierto, la ciudad autónoma no es solo una frontera, es también una estructura de dependencia financiada por el resto de España. Ese coste es el que algunos usan para justificar que «si tanto aman la convivencia, que la paguen ellos».
La ironía del asunto es que la presión migratoria no distingue de siglas políticas. Se culpa al PSOE, se culpa al PP, y la conclusión más repetida es que ambos han aplicado la misma política durante décadas: abrir la mano con la nacionalidad y cerrar los ojos ante el cambio social.
La sombra de Gibraltar y el derecho a decidir
El debate sobre Ceuta termina siempre en el mismo lugar: Gibraltar. Mientras Reino Unido respeta la decisión de los gibraltareños de no integrarse en territorio británico, España mantiene sus plazas norteafricanas bajo soberanía sin consultar a sus habitantes. La contradicción es evidente y la utilizan tanto los que piden mano dura como los que proponen ceder la ciudad a Marruecos.
La conversación se atasca exactamente ahí: en si la solución pasa por más filtros, más muros y más control, o por aceptar que el cambio es irreversible y negociar el futuro con otras reglas. No hay consenso, y no parece que vaya a haberlo pronto. La próxima crisis migratoria volverá a plantearlo, y la respuesta será probablemente la misma: otra manifestación, otro eslogan, y el mismo duelo entre el símbolo y el dato.