La dependencia energética de Marruecos, el flanco que España no explota
Marruecos no tiene ni una sola planta de regasificación. Todo el gas natural licuado que compra en los mercados internacionales se descarga en las plantas españolas. Y su red eléctrica cuelga en parte de la española: entre un 8% y un 25% del consumo según la demanda. En cualquier conflicto serio, esa sería la palanca. Este es el punto de partida de un decálogo de presión económica contra el reino alauí que ha ganado tracción entre los analistas geopolíticos más duros.
La llave del gas, el primer misil económico
El corte del suministro energético es la medida más citada. No hace falta imaginación: Marruecos no tiene capacidad de regasificar por sí mismo, así que cualquier corte en el estrecho deja sin combustible a dos centrales térmicas marroquíes. Argelia ya les cerró el grifo; ahora son las plantas españolas las que mantienen vivas esas centrales. La dependencia no es solo eléctrica. Las remesas de los trabajadores marroquíes en España se citan como la principal fuente de ingresos del país vecino, por delante incluso del turismo. Un bloqueo administrativo de las transferencias haría más daño que una campaña de bombardeos, y sin baja alguna.
España, el mayor socio comercial al que se propone castigar
España es el mayor socio comercial de Marruecos, un dato que el análisis de la presión utiliza como argumento de doble filo. Por un lado, cualquier bloqueo comercial duele más al vecino que a nosotros. Por otro, la interdependencia es real: los productos marroquíes llenan supermercados españoles y las fábricas europeas instaladas allí exportan de vuelta. Hay quien sostiene que el bloqueo comercial, aplicado con decisión, sería suficiente para doblegar al régimen; el escéptico recuerda que las cadenas de suministro no distinguen entre productos de un lado y del otro. La propuesta más cruda -expulsión de ciudadanos marroquíes- ha quedado en los márgenes del debate por su coste diplomático y humano, aunque sigue teniendo defensores.
Fosfatos: la guerra secreta que se libra en tu cubo de basura
La otra línea de presión tiene que ver con los fosfatos del Sáhara Occidental, una de las principales exportaciones marroquíes y base de la industria de fertilizantes. Un análisis detallado propone atacar esa dependencia por el lado de la demanda: reciclar la materia orgánica y los huesos para producir fósforo y reducir la necesidad de fertilizantes químicos. Es, literalmente, una medida de presión que puede aplicar cualquier hogar sin esperar a que los gobiernos se muevan. La conexión entre el reciclaje doméstico y el equilibrio geopolítico del Sáhara suena extravagante hasta que se miran los números de cuánto dependen las arcas marroquíes de ese mineral.
A esta presión económica se suman propuestas de rearme diplomático: reforzar las relaciones con Argelia y Mauritania, reivindicar el control del banco atlántico frente a Canarias y tejer un eje europeo alternativo al tándem Francia-Marruecos.
El eslabón que nadie se atreve a tocar: la política interior
El escepticismo recorre todo el planteamiento cuando se pregunta quién ejecutaría esas medidas. Hay quien responde que España no es un país soberano y que la clase política tiene intereses cruzados. No falta quien recuerda, según informaciones publicadas, que la consultora del exministro Pepe Blanco, Acento, firmó un contrato de lobby para defender los intereses de Marruecos ante la UE con cargos de PP y PSOE en sus filas. La sospecha de que el aparato político español está, cuando menos, acomodado en el statu quo con Rabat es el telón de fondo que explica por qué no se ha aplicado ni la medida más evidente, la del gas, que algún analista reclama desde hace tiempo sin resultado.
La conclusión no es una declaración de guerra, sino la constatación de que las herramientas de presión económica existen. El corte del gas, las remesas, el bloqueo comercial y hasta la batalla de los fosfatos están sobre la mesa. La cuestión es para quién. Mientras tanto, la medida más barata y efectiva no la firma ningún ministro: reciclar la materia orgánica para que los fertilizantes marroquíes pesen menos en la balanza. Puede sonar ridículo. Pero Marruecos sigue sin tener una planta de regasificación.