«Rezad para que Pedro no dimita»: la consigna que atiza el pulso
Un mensaje que asegura venir de la Casa del Pueblo pide a los fieles rezar «mucho y muy fuerte» para que Pedro Sánchez no dimita. No es una plegaria inocente: el texto avisa de que «a partir del lunes van a cambiar bastante las cosas en este país» y dibuja dos escenarios, uno
«amable» si el presidente sigue y otro
«bastante duro» si se retira. Quien escribe se identifica como socialista, dice estar harto de los destinatarios de su mensaje y proclama que se acabó «el poner la otra mejilla». Todo llega en plena investigación judicial sobre la actividad profesional de la esposa del presidente por un supuesto tráfico de influencias en el reparto de fondos públicos, un asunto sin condena firme a la fecha de esta conversación.
La respuesta ha sido un catálogo de la bronca política en estado puro. Hay quien contesta con la acusación de comportarse como una
organización mafiosa; quien exige precisión y recuerda que nadie ha registrado una moción de censura contra el presidente; y quien zanja el asunto mandando el mensaje a la lista de ignorados. Una corriente insiste en que el texto es una provocación sin recorrido. Otra entra al trapo sin pasar por los datos.
Qué dice el mensaje que encendió la mecha
El texto se dirige a «curas y monjas de confianza», a las «vírgenes y santos» y a los «capillitas», y convierte la oración en palanca política: si los socialistas están
hartos, el remedio es pedir al cielo que el presidente continúe. La frase que funciona como detonante es la que sitúa el lunes como frontera de un cambio de ciclo cuyo signo depende de una sola persona. La acusación de fondo es explícita: «se terminaron las amenazas impunes de los exaltados de la extrema derecha, hemos dicho basta a las mentiras y difamaciones». Difamar es lo que, a juicio del autor, hacen los demás; provocar es lo que, a juicio de casi todos los demás, hace él.
No falta quien resta hierro al conjunto y sostiene que a la mayoría de los españoles estas trifulcas le importan poco, que todo se reduce a grupos de gente discutiendo en internet y que la tontería se cae sola en cuanto alguien tiene que ganarse el sueldo. Es el contrapunto menos ruidoso de una conversación que, en volumen, va en dirección contraria.
De la plegaria a la acusación de golpismo
Una de las derivadas más repetidas es la del golpe de Estado, empleada en los dos sentidos. Desde un lado se pregunta con retintín si los socialistas andan «perpetrando golpes de Estado»; desde el otro se reprocha al mensaje inicial que juegue con el lenguaje de la confrontación y alimente un «ambiente guerracivilista». En medio aparece el argumento más incómodo para el propio autor: si dimite, el problema no desaparece, porque queda para siempre la sospecha de tráfico de influencias o de cualquier otra prebenda obtenida desde el poder económico. Dicho de otro modo,
irse no limpia el expediente, solo lo archiva a los ojos de quien mira desde fuera.
El oro del Banco de España y el relato del saqueo
Otra línea tira de historia económica para sostener que ya no queda nada que expoliar: se afirma que el metal del
Banco de España se agotó entre lo atribuido a la Guerra Civil y lo vendido alrededor de 2010, «a la mitad de la mitad de precio», en alusión a la gestión del entonces responsable de Economía. Son afirmaciones que circulan sin más respaldo que la convicción de quien las formula, y ese es justo el problema: la conversación pública sobre este asunto vive de consignas y no de balances. El relato completo, con sus dos episodios y su argumento de expolio, se entiende mejor leyendo las intervenciones enteras que resumido a la carrera.
La guerra civil como marco y la etiqueta de la charocracia
Donde el intercambio se vuelve más elocuente es en el uso de la memoria del conflicto civil. Una intervención sitúa el origen de tanto ruido en que «hace más de 80 años se lió un pistofio en España»; otra reduce el pronóstico a una partida de paintball entre dos cuadrillas de barrio. Sobre ese fondo circula la etiqueta de
charocracia, un invento irónico para describir un sistema donde el poder se reparte en redes clientelares, acompañado de imágenes como el «Waterloo de la Charocracia» para retratar el desgaste del Ejecutivo. La broma tiene gracia hasta que se comprueba que sustituye al análisis.
El giro final: la bronca contra quien la empezó
El tramo final se gira contra el autor del mensaje. Se recopilan sus intervenciones anteriores, se discute si escribe en serio y una de las respuestas más llamativas procede de alguien que se declara franquista y votante de VOX y que, aun así, sostiene que Pedro Sánchez debe quedarse: no se puede permitir que la ultraderecha acose a un líder elegido democráticamente. Con ese giro se cierra un cruce donde cada bando cree defender la democracia del otro. Y sin que nadie haya resuelto la única pregunta que importa: si el presidente dimite o no. Las plegarias, de momento, son lo único concreto sobre la mesa.