La última de Torrente: burla a todos y nostalgia económica
La nueva entrega de Torrente se ha convertido en fenómeno de Netflix, pero no por su humor casposo habitual, sino por el debate económico que ha abierto: unos la ven como una sátira feroz del populismo, otros como una defensa solapada del desarrollismo franquista. La paradoja está servida.
Sátira política sin filtro
La película no perdona a nadie. Desde la caricatura de políticos que prohiben tradiciones como «tirar cabras del campanario» hasta el chiste sobre el SMI y los puros, Santiago Segura dispara contra la corrección política y la izquierda dogmática. Pero también se burla de la nostalgia económica, con imitaciones de anuncios franquistas: «todos los móviles se fabricaban en España».
El debate que divide
Esa escena ha provocado malestar entre quienes defienden la autarquía: «antes había pleno empleo y cero deuda», argumentan. Sin embargo, el consenso histórico muestra que aquel desarrollismo se basaba en bajos salarios y atraso tecnológico. La película, al ridiculizarlo, deja en evidencia a los idealizadores del pasado.
¿Es Torrente un espejo incómodo de la España actual, o solo entretenimiento que simplifica la Historia? El éxito en Netflix sugiere que ha logrado lo que pocos: que se hable de economía en una sala de cine.