El tapón ya no se separa de la botella: la ley que cambió el envase
Desde el 3 de julio de 2024, ninguna botella de plástico de un solo uso puede comercializarse en Europa con el tapón suelto. La obligación no nace de un capricho de los fabricantes, sino del
artículo 57.1 de la ley 7/2022, de 8 de abril, de residuos y suelos contaminados para una economía circular: tapas y tapones deben permanecer unidos al recipiente durante toda la fase de utilización prevista. Afecta a botellas y tetrabriks, y deja fuera, con letra pequeña, los cierres de metal con sellos de plástico. La
norma europea se aprobó en 2018, se retocó en 2019 y España la trasladó a su ordenamiento en 2022. El resultado es ese tapón que gira, incómodo, pegado al cuello de la botella.
¿Por qué la ley obliga a que el tapón no se separe de la botella?
El objetivo declarado es que botella y tapón se recojan juntos y lleguen juntos al reciclaje. Los tapones, pequeños, se pierden con facilidad y figuran entre los plásticos más habituales del medio marino. La unión busca, sobre el papel, reducir esa contaminación y extraer un valor residual de los materiales dentro de la economía circular. Coca-Cola comenzó a distribuir botellas con el nuevo cierre a finales de 2022, adelantándose a la obligación, con un diseño —bautizado como
«compactflip» y desarrollado por Berry Global— que recorta aproximadamente un 20% el material del tapón. Todas las botellas de PET de menos de tres litros llevan ya ese cierre adherido.
El negocio del reciclaje: quién paga y quién cobra
Cada producto envasado que compra el consumidor final incorpora un sobrecoste destinado a la gestión del residuo. Esa gestión incluye la separación, la parte más costosa del proceso, que se delega al ciudadano a través de los contenedores de colores. Se paga por separar y luego se separa gratis en casa, con el metro cuadrado que ocupa una bolsa más en la cocina. Sostiene una parte del análisis que el sistema se queda con el plástico de mayor valor —el de los tapones, fácil de reciclar y objeto de campañas de recogida específicas— y aparca el resto, buena parte del cual no es reciclable. El principio de «quien contamina paga» se refuerza con responsabilidad ampliada para los productores, incluidos los del tabaco y los aparejos de pesca.
El vidrio retornable que sí cerraba el círculo
En los años 80, devolver el envase de vidrio al comercio significaba recuperar dinero. Ese sistema —«devolver el casco»— lograba que no quedara una sola botella de vidrio tirada en la calle:
era dinero. Hoy ese incentivo no existe en España, pero sí en otros países, con máquinas en los supermercados que cambian envases por un tique canjeable en la compra. La Unión Europea exige recuperar el
90% de las botellas de plástico para 2029 y fija metas de contenido reciclado. La pregunta se repite: si de verdad preocupa el medio ambiente, ¿por qué no se vuelve al envase de vidrio retornable?
El envase «reutilizable» que se tira igual
La prohibición de los plásticos de un solo uso ha tenido un efecto lateral que nadie vendió. Los platos desechables quedaron vetados, y en su lugar aparecieron platos «reutilizables» que son como los de antes, pero con más plástico en su fabricación. El resultado: mucha gente los usa una vez y los tira, igual que los prohibidos, solo que ahora con más material en juego. Algo parecido ocurre con las bolsas más finas: para proteger el pan se mete una bolsa compostable dentro de la bolsa fina, y se acaba gastando más plástico que con una bolsa en condiciones.
Arrancar el tapón a propósito: la rebelión del consumidor
La reacción más repetida es de rechazo. Hay quien arranca la lengüeta nada más abrir la botella, porque beber directamente resulta incómodo y el tapón golpea la nariz o los labios. Otros, en cambio, usaban el tapón para plegar el envase aprovechando el vacío y ahora lo separan a conciencia, tirándolo en otra bolsa. Y una defensa inesperada: el tapón unido evita atragantamientos de menores, que empiezan a apretar la lengüeta por curiosidad. Entre el gesto de rebeldía y el argumento de seguridad, el consumidor hace lo que buenamente puede.
La basura que Europa no tira y otros sí
El otro gran reproche apunta fuera. Mientras en Europa se imponen limitaciones al consumidor, se argumenta que hay continentes donde la basura se vierte al mar con total libertad. Ningún ayuntamiento europeo vierte sus residuos al océano, pero el malestar persiste: la sensación de que los europeos cargan con el coste de un problema global. Greenpeace calcula que se vierten
500.000 millones de botellas plásticas cada año y que en la última década se ha producido más plástico que en toda la historia anterior de la humanidad.
¿Sirve de algo atar el tapón a la botella si el vecino del otro continente sigue tirándolo todo al mar? La ley ya está en vigor. La respuesta, dos años después, sigue sin estar escrita.