La Sexta compara la España quinqui con la actual: 3 veces más atracos en los 80
Un reportaje de La Sexta sobre la España de los años 80 ha reabierto un debate incómodo: ¿vivíamos peor entonces o nos lo quieren vender para justificar el presente? Según los datos que maneja el programa, en aquella década se registraban
tres veces más atracos que ahora, el paro juvenil era una losa mucho mayor y la heroína campaba a sus anchas por barrios enteros. El mensaje que muchos lectores han extraído es claro:
«vivimos mejor que nunca, dejad de quejaros».
La polémica no es tanto sobre las cifras como sobre su uso. Hay quien sostiene que el retrato es realista en lo material, pero interesado en lo político. Y hay quien directamente niega la mayor:
«ni de coña veo un reportaje histórico manipulado por La Secta».
El dato que duele: 3 veces más atracos en los 80
El punto de partida es una estadística que, si se confirma, desmonta la nostalgia. En los años 80, con una población menor y una economía mucho más pobre, los atracos triplicaban los niveles actuales. La heroína, además, se llevó por delante a una generación entera en barrios obreros.
El paro juvenil era entonces una broma comparado con lo de ahora, ironizan algunos, y no les falta razón: la reconversión industrial dejó a miles de familias sin nada.
Ahora bien, el contexto importa. Como apunta un análisis recurrente:
en aquella época la gente llevaba dinero encima. No había tarjetas, ni Bizum, ni pagos móviles. El atracador sabía que siempre rascaba algo. Hoy, como mucho, se lleva un teléfono que se bloquea y tiene geolocalización. Eso, por sí solo, explica parte de la caída.
¿Eran los atracos menos violentos que ahora?
Aquí el consenso se rompe. Una corriente defiende que el yonki de los 80 robaba para pagarse el mono, no para ensañarse.
«Un yonki robaba, no se ensañaba», resume una intervención muy aplaudida. Otra sostiene lo contrario: la violencia actual es más gratuita y más letal.
Los asaltos de ahora son mucho más violentos, argumentan, y citan casos de víctimas hospitalizadas por resistirse a entregar el móvil.
El problema de fondo es que no existe una serie homogénea de delincuencia violenta que permita comparar peras con peras. Lo que sí hay son percepciones. Y las percepciones, en seguridad ciudadana, pesan tanto como los datos.
La reconversión industrial y el relato de Franco
Uno de los momentos más comentados del reportaje fue la aparición de Felipe González en 1984 advirtiendo de que España no podía permitirse cierto gasto naval. Para muchos, eso resume la época:
reconversión salvaje, despidos masivos y un país que se desindustrializaba mientras entraba en Europa. La culpa, según el relato oficial, era de Franco y de cuarenta años de dictadura. La culpa, según otros, fue de las políticas de los gobiernos de entonces.
Hay quien va más allá y sostiene que la entrada en la CEE jodió muchas empresas y que la versión pagada por el establishment es que era completamente necesaria. El resultado, dicen, fue cambiar los caballos de la industria por el caballito del turismo, con ERES para no incendiar las calles.
Vivienda y trabajo: la comparación que nadie gana
En vivienda, la mayoría coincide:
los 80 ganaban por goleada. En trabajo, en cambio, la cosa se invierte.
«Que sí, que solo hay trabajo de puestos malos en hostelería, en aquella época ni eso», resume un análisis repetido. Hoy hay más ocupados, pero también más precariedad y menos horas totales trabajadas.
La discusión deriva hacia la inmigración, con posturas enfrentadas. Una parte culpa a la llegada de mano de obra de la precarización y del aumento de la delincuencia violenta. Otra recuerda que
los yonkis de los 80 también eran nuestros hijos y que la violencia no es patrimonio de nadie. El artículo no toma partido: son corrientes de opinión, no hechos probados.
El cierre: el dato que descoloca
Al final, la pregunta que planea es otra. Si en los 80 había tres veces más atracos, más heroína y más paro juvenil, ¿por qué la nostalgia quinqui vende tanto? Quizá porque
la vivienda era accesible y el sentido de comunidad, mayor. O quizá porque el relato de que todo pasado fue peor sirve para que nadie pregunte por el presente. Con estos mimbres, el debate está servido.