Seis oleadas de misiles en una noche sobre Ucrania
Rusia ha lanzado esta madrugada seis oleadas consecutivas de misiles sobre territorio ucraniano, con explosiones registradas en Odesa, Dnepropetrovsk, Nikolaev, Cherkasy y Zaporizhzhia, según los seguimientos que circulan en redes. Tras los misiles, el patrón habitual: los drones de ataque conocidos como geranios. El mapa se ilumina entero, y no precisamente por las farolas.
La discusión que se ha montado alrededor del ataque tiene menos que ver con el parte de daños que con la vieja pregunta de quién gana esta guerra. Porque mientras unos celebran cada impacto como un tanto, otros sacan la calculadora y recuerdan que el coste de un misil hipersónico Kinzhal no lo paga el que lo recibe, sino el que lo fabrica. Y ahí empieza el problema.
Qué se sabe del ataque de esta noche
Los testimonios que se cruzan en redes describen explosiones simultáneas en varias regiones, con sirenas antiaéreas sonando de forma generalizada. Una de las cuentas que sigue el conflicto en tiempo real lo resume sin adornos: el mayor ataque de misiles registrado hasta la fecha. La cifra, claro, es suya, no un dato oficial.
El detalle técnico que más ha circulado es el uso del misil Kh-22, conocido en la OTAN como AS-4 Kitchen, un arma pesada pensada para objetivos navales y que en este conflicto se ha empleado contra infraestructura terrestre. También se menciona el uso de varios Kinzhal en una sola operación, algo que hasta ahora no se había visto con esa intensidad. Si la producción de hipersónicos ha subido, el mensaje va más allá de Ucrania.
El coste real: quién paga cada misil
Aquí es donde el debate se pone interesante. Un misil hipersónico cuesta una fortuna; un dron geranio, una fracción ridícula de eso. La estrategia que se describe es la del que no tiene prisa: destruir un transformador con un dron barato, dejar que lo reparen, y volver a destruirlo. La central térmica de Kiev, reparada y vuelta a dañar, es el ejemplo que se repite.
El argumento que se lanza desde ese lado es incómodo: si las sanciones funcionaran, la producción de Kinzhal no habría aumentado. La conclusión que sacan es que las sanciones están funcionando, pero para
Europa, no para Rusia. Es una tesis discutible, pero tiene la virtud de no esconder la factura debajo de la alfombra.
El relato de la victoria y sus grietas
Frente a eso, la otra corriente insiste en que Ucrania va ganando, que Rusia está derrotada y que Bajmut será su final. El problema es que ese relato lleva meses repitiéndose mientras el mapa de explosiones no deja de crecer. Hay quien lo compara con un partido de fútbol: se celebran los goles propios y se ignoran los del rival.
La ironía más repetida es la de los misiles ucranianos de defensa aérea que acaban cayendo en un sembrado de otro país. No es una afirmación verificada, es una pulla. Pero refleja una desconfianza real hacia los partes oficiales, que solo cuentan lo que les conviene contar.
Lo que se juega Europa en todo esto
El salto de Ucrania a «los siguientes podríamos ser nosotros» no es retórica vacía. Se menciona Georgia como posible nuevo frente, y se recuerda que España es destino turístico y de segunda residencia para muchos británicos, lo que algunos leen como un escudo involuntario. Otros lo ven como una lotería que algún día se acaba.
El dato que más incomoda en esa línea: si la guerra se prolonga una década, a Rusia le beneficia. La inflación europea, el paro en aumento y el coste energético son la otra cara de la moneda. La pregunta que queda flotando es cuánto tiempo aguanta la economía europea antes de que el electorado empiece a hacer cuentas.
Con este ritmo de ataques y esta capacidad de producción, lo razonable es esperar más noches como la de hoy. Lo que no está tan claro es que alguien tenga un plan para cuando el cansancio sustituya a la propaganda.