Alemania halla un barco del Nord Stream y unos pasaportes rusos
Los pasaportes rusos que, según el relato que circula, aparecieron entre los restos del Nord Stream no prueban nada. Y el detalle que debería convertirlos en prueba, su supervivencia a una explosión submarina, es justo el que los desmonta.
Alemania habría localizado un barco que podría haber transportado los explosivos del sabotaje, y de ahí sale la versión de que la mano es rusa. La noticia, en cambio, no dice eso. Ni lo dice ni lo insinúa.
Qué dice realmente la noticia del barco
La información de partida es más modesta de lo que sugiere el titular. Alemania ha encontrado un barco en el que, presuntamente, se podrían haber transportado los explosivos empleados para volar el gasoducto. Nada más. No se afirma que la embarcación fuera rusa, y tampoco se apunta. Es una investigación abierta, y de una investigación abierta no sale una condena.
Hay quien añade el detalle físico para cerrar el asunto: el gasoducto reposa a cientos de metros bajo la superficie del Báltico. Colocar cargas a esa profundidad exige medios que no improvisa un aficionado. La propia magnitud del operativo es el primer argumento contra las explicaciones de manual. El segundo es la ausencia de pruebas que aguanten el peso de una acusación.
¿Por qué nadie se cree lo de los pasaportes?
Por memoria. Un pasaporte es papel, cartón y algo de plástico. Una explosión submarina lo convierte en pulpa. Que aparezca legible y a mano no es un hallazgo, es una escena ya vista. Los atentados del 11-S dejaron sobre la mesa la misma estampa: un pasaporte que sobrevive a un avión estrellado y a un rascacielos derrumbado.
En España, el 11-M regaló su propia versión del guion, con la furgoneta y el Corán de manual. La letanía del
terrorista con tres capas de calzoncillos viene de ahí y se ha convertido en la vara con la que se mide cualquier pista fabricada. La comparación que se repite es explícita: la furgoneta con el Corán equivale al barco; los rastros de explosivos, a los pasaportes. Cambia el escenario, cambian los actores, se repite el truco.
¿Qué es eso de un avión contra el Nord Stream?
El gasoducto no lo voló un avión. Las explosiones fueron submarinas, sobre el lecho marino. La mención al avión nace del propio choteo: si los pasaportes rusos aparecen entre los escombros, el siguiente paso lógico es que alguien los llevara volando hasta el fondo del mar. De ahí salen las bromas sobre el primer avión submarino de la historia, ensamblado con lavadoras y con blindaje de pasaporte.
Conviene separar los dos planos. Hay un hallazgo del que se informa, un barco, y hay una hipérbole que nace de esa noticia. Confundirlos es el error que se comete cada vez que estalla un caso así.
La pista que degenera en chiste recurrente
Cuando un dato no cuadra, el primero que lo detecta es el chascarrillo. De ahí las bromas sobre pasaportes fabricados con amianto, sobre aviones blindados con papel de identidad o sobre un blindaje reactivo de los carros de combate cambiado por documentos. La gracia funciona porque señala la misma grieta: si el documento sobrevive a todo, el problema no es la explosión, es el documento.
Ocurre en cada caso de sabotaje con autoría por resolver. La pista oficial se convierte en meme, el meme desgasta la versión y la versión, sin pruebas, se queda sin defensa. El pasaporte deja de ser un indicio y pasa a ser un chiste. Y un chiste no sostiene una acusación.
El artículo de Hersh y la sospecha de la bandera falsa
El ruido no se entiende sin el informe que lo precede. La pieza de
Seymour Hersh sobre el sabotaje ha dejado un rastro incómodo, y cada nueva pista se lee contra ese fondo. La versión que gana peso entre los escépticos es la de la operación de bandera falsa: una trama montada para señalar al enemigo equivocado.
En ese marco, la pista del barco se interpreta como pista plantada. Se sostiene que la embarcación pudo ser alquilada por ciudadanos rusos, o al contrario, por personas con pasaportes falsificados, según convenga al relato. Otra pieza que circula apunta a que Estados Unidos presentó pruebas de la participación de un grupo pro ucraniano. Ninguna de las dos versiones se cierra. Las dos conviven, y eso, en un caso de sabotaje internacional sin resolver, es lo previsible.
«Pro ucraniano» y el lenguaje que delata
Merece un apartado el vocabulario. Llamar «pro ucraniano» a un grupo ucraniano añade un prefijo que no aporta nada y despista. Se apunta que ese prefijo solo tiene sentido cuando existe una duda razonable sobre la pertenencia, y que usarlo por sistema convierte la información en una coartada. El lenguaje, en estos casos, suele delatar antes que la propia pista.
Y la pista, de momento, es un barco. Un barco sin dueño confirmado, sin nacionalidad confirmada y sin una prueba que resista el mínimo análisis. El resto es decorado.
El resultado es un caso abierto. Nada indica que los pasaportes vayan a resolver la autoría; más bien al contrario, cada detalle añade ruido. Si aparece una prueba de verdad, estará en el fondo del Báltico, no sobre un papel que flota.