Cocido, cuchara y patata: el menú que España repite cada invierno
La cocina de invierno en España no admite discusión: cuando baja el termómetro, la olla vuelve a mandar. Un recuento de aficionados a la cuchara deja un podio recurrente —arroz en cualquiera de sus variantes, pasta en todas sus formas y el cocido en sus múltiples versiones—, con el montañés y el lebaniego, ambos de Cantabria, como favoritos confesos de quien abre el tema. No es una lista cerrada: en cuanto corre la voz, cada cual arrima su receta y su tierra.
El patrón se repite.
Legumbres, guisos con patata, sopas y caldos aparecen una y otra vez en las respuestas, casi siempre con la misma coletilla: da igual cómo, me vale cualquiera. La porrusalda, el marmitako, las patatas a la importancia o a lo pobre, la sopa castellana con ajo y pimentón, la fabada, el pote gallego, la escudella catalana o el puchero valenciano dibujan un mapa culinario que no entiende de fronteras autonómicas.
El cocido, ese campo de batalla
Hay una línea divisoria clara. Frente a quienes defienden que
cualquier plato con garbanzos merece el nombre de cocido, surge la réplica de que no todo lo que lleva garbanzo es un cocido, y que en buena parte del país se sirven «platos normales con garbanzos» malamente bautizados. La lista de los que quedan por probar es larga: el maragato, el madrileño, la olla podrida burgalesa, el pote gallego, la fabada asturiana y el puchero valenciano. El lebaniego se coloca por delante del madrileño en el escalafón de quien solo ha catado el montañés y el lebaniego.
La discusión se calienta cuando entra la presentación. Una alubiada convertida en tres alubias, tres flores y tres cuadrados con los sacramentos desata la indignación de quien ve ahí una celebración de amigos convertida en
ridiculez. El formato importa tanto como el guiso.
La patata, el comodín que nunca falla
Si hay un ingrediente transversal es la patata. Guisos con patata, porrusalda, marmitako, patatas a la importancia, patatas a lo pobre, puré de patata y calabacín o calabaza. La técnica se comparte sin celos: para espesar el caldo, chascar las patatas dejando puntas y machacar unas cuantas al final de la cocción. El resultado, un caldito espeso que se reivindica como herencia familiar.
La sopa también tiene su trono. La castellana con ajos y pimentón se lleva la palma, pero vale cualquiera: de pescado, de fideo con caldo de carne, de ajo. Y para merendar, empanada de bacalao con pasas de Corinto o tortilla de habas. Hay quien añade el caldo de caracol con tropezones de jamón y los callos de ternera con garbanzos.
Del chuletón al risketo: el mapa real del gusto
La conversación deriva hacia la geografía. Castilla y León manda en carnes, con el chuletón del norte como referencia. En cantidad, Cantabria se come parecido al País Vasco, aunque sin la fama. Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco se disputan el podio de la calidad. Y en el extremo opuesto, alguien sentencia que solo en Alicante, Murcia y Albacete se come bien, lo que provoca la réplica inmediata: ¿y los risketos? ¿Y mojarlos en mahonesa?
El capítulo de excesos tiene su propio apartado. Dos barras de pan en una cena, una hogaza familiar de 820 gramos de la que cae la mitad, 400 gramos de pan de una sentada. Un cuarto de sandía de más de kilo y medio entre merienda y cena. Y la confesión de quien admite estar a dieta después de años de garrulismo. El invierno engorda, pero el verano también.
La receta que se comparte sin receta
La cocina se aprende mirando. Quien no sabía ni freír un huevo acabó haciendo de todo: puchero, albóndigas, gambas al ajillo, sangre encebollada, patatas con bacalao, fideos con marisco. Solo hace falta ver el plato una vez o que alguien pase la receta. Las primeras veces se falla; de ahí se aprende. Las habas fritas con ajitos y mucha cebolla, las aceitunas aliñadas de todas las maneras, el brócoli en dos capas con refrito de tomate para que coja sabor de un día para otro. Trucos de casa que no salen en los recetarios.
El cierre lo pone quien avisa de que solo leer la lista engorda cuatro kilos. Y quien responde que eso no es nada comparado con descubrir delicatessen como mojar los risketos en mahonesa. Con estos mimbres, la previsión para los próximos meses es sencilla: la olla seguirá mandando, el pan seguirá desapareciendo y la báscula seguirá dando la razón a quien avisó.