Computación cuántica e IA: el salto que reordena la civilización
Google ha modelizado un procesador cuántico al que, según se sostiene, faltarían apenas «cuatro pasos» para ser realmente usable, y ya hay quien afirma que la civilización actual está a punto de transformarse por completo, sin que exista un modelo de sustitución definido. La tesis, defendida con vehemencia en un análisis largo y discutido, es que sumar computación cuántica e
inteligencia artificial equivale a tener «una especie de dios» en la mano. No se habla de colapso, se habla de un cambio de rango. Y el problema, según esa misma corriente, no es que la civilización desaparezca: es que evoluciona hacia algo que nadie sabe describir.
¿Qué cambia un procesador cuántico?
La diferencia se explica con una imagen sencilla. Frente a un laberinto, una persona prueba caminos, se equivoca y vuelve sobre sus pasos; un ordenador convencional recorre las rutas una detrás de otra, aunque lo haga a gran velocidad. El procesamiento cuántico, en cambio, opera como si una lluvia cayera sobre todos los caminos a la vez y hallara la salida de forma casi instantánea. Ese salto, unido al entrenamiento de modelos de IA, permitiría resolver en segundos problemas que hoy consumen años de laboratorio: diseño de moléculas, síntesis de proteínas, química de materiales.
La enumeración de consecuencias que se maneja es amplia y, por momentos, vertiginosa. Fábricas completamente automatizadas. Bacterias de diseño capaces de convertir tierra en petróleo. Cereales modificados a medida. El viejo sueño alquimista de transformar el plomo en oro, llevado al terreno de la materia. La parte menos amable del pronóstico apunta a un esquema de estratos muy marcados, más cercano a
Un mundo feliz que a una distopía de élites encerradas.
El escepticismo: «hype para inversores» y algoritmos que aún no existen
No todos compran el relato. Una parte del análisis sostiene que la IA actual es un simulador de apariencia: da el pego, pero nada que salga de ella debería usarse sin revisión exhaustiva, y menos en un componente crítico. Sobre la cuántica pesa además un problema de fondo: el procesamiento cuántico no resuelve nada por sí solo, requiere algoritmos que en su mayoría no están ni esbozados. Solo la criptografía tiene el terreno conceptual mínimo preparado.
Hay quien rebaja aún más la expectativa y califica la presentación de Google de puro marketing para inversores, recordando que buena parte de lo mostrado son simulaciones. Y un participante resume el estado de ánimo con un ejemplo: seguimos esperando los coches voladores y las casas en la Luna que prometían los soñadores hace sesenta años.
De la física a la teología: Guenón, Chardin y el Punto Omega
El salto tecnológico arrastra una discusión metafísica que en el fondo es la de siempre. El transhumanismo, con la singularidad tecnológica como meta y la idea de trasvasar la conciencia a una máquina para alcanzar la inmortalidad, genera tanto entusiasmo como rechazo. Frente a esa lectura, aparecen dos marcos que se usan como espejo: el
Punto Omega de Teilhard de Chardin, que ve una convergencia ascendente de la humanidad, y la denuncia de René Guenón, para quien el avance técnico corta primero los lazos con la naturaleza y después los lazos con lo espiritual.
La versión más teológica del asunto se cierra con un aviso: si el paraíso se ofrece en la Tierra —fin del trabajo, rejuvenecimiento, energía casi infinita—, la oferta resulta difícil de rechazar. Y entre las señales que se citan circula una que ya no es hipótesis: una iglesia en Suiza instaló un «Jesús» basado en IA en su confesionario como experimento, para comprobar si los fieles estarían dispuestos a depositar su confianza en una máquina.
Milei, Musk y la energía para los centros de datos
El aterrizaje económico del escenario tiene nombres propios. Se señala que determinados dirigentes del arco liberal hispanohablante se han convertido en interlocutores habituales del Silicon Valley, y que de ahí vienen adelantos de planes y escenarios. La pista que se destaca es doble: regulaciones laxas para no frenar los proyectos de IA y energía eléctrica abundante, lo que implica reactivar programas nucleares.
El detalle material no es menor. En Aragón está prevista la construcción de varios centros de datos con enormes naves de servidores, un negocio interesante para la región que no convierte automáticamente a nadie en puntero tecnológico: eso se hace en institutos de investigación. Además, esas instalaciones consumen mucha electricidad y bastante agua. Y hay quien lanza la sospecha, sin respaldo probado, de que la restricción energética acabe recayendo sobre la agricultura y la ganadería mientras se alimenta a los centros de datos.
Si el pronóstico se cumple, la próxima década no se parecerá a ninguna anterior: los avances no llegarán cada cincuenta años, sino cada año. Los más escépticos recuerdan que la mente humana actual apenas se distingue de la del año cero en ambición y violencia, y que cualquier tecnología acabará usándose para lo de siempre. La reserva, por tanto, no es técnica. Es saber si este dios de silicio nos eleva o nos quema, y a esa pregunta, hoy, nadie ha respondido con datos.