Nadie va a comer insectos: el fracaso de la gran promesa alimentaria
El sueño de la proteína de insecto se desvanece. Mientras la UE autoriza el uso del tenebrio molitor desde 2021, el mercado lo rechaza de plano. Ni como alimento humano ni como pienso animal: las plantas cierran y los consumidores no tragan. La pregunta es si este fracaso es definitivo o solo una batalla en una guerra más larga.
La barrera cultural: el factor asco
El principal obstáculo no es técnico, sino estético. Los primeros intentos de vender larvas enteras fracasaron por su aspecto. La estrategia pasó entonces a la harina de insecto, pensando que "ojos que no ven, corazón que no siente". Pero ni así: la acogida en supermercados ha sido testimonial. Una anécdota ilustrativa: la fiebre de la cría de avestruces de hace décadas, que prometía carne exótica y acabó en ruina por los costes insostenibles (apenas 35 kg de carne por cada 100 kg de animal). El paralelismo es evidente.
Costes que no cuadran
El análisis económico tampoco acompaña. Comparando el precio del aislado de proteína de soja (referencia en Alibaba y otros mayoristas) con el polvo de insecto, la ventaja desaparece. La producción requiere alimentar a los insectos, y los subproductos como fertilizante no cubren los costes. Las plantas emblemáticas, como la gigante de Francia, han cerrado. En España, las instalaciones de Albacete y Salamanca sobreviven a base de subvenciones, no de demanda real.
La vía institucional: ¿empuje o desesperación?
El gobierno ha creado un título de FP en insecticultura, lo que sugiere una apuesta a largo plazo. Pero el escepticismo es mayoritario: se ve como una forma de crear un marco legal para normalizar lo que el mercado rechaza. Mientras tanto, los consumidores mantienen una línea roja: no queremos insectos en el plato, ni visibles ni invisibles.
La pregunta que flota es si un eventual shock de oferta (escasez de proteínas convencionales) podría forzar el cambio. Por ahora, el dato es tozudo: nadie va a comer insectos.
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