Jácome culpa al suelo y a la burocracia del precio de la vivienda
¿Por qué si en Ourense sobran pisos vacíos sigue siendo caro construir uno nuevo? El alcalde de Ourense, Gonzalo Pérez Jácome, sostiene en un mensaje difundido en redes que el problema de la vivienda en España no es de demanda, sino de oferta: falta suelo disponible y sobran trabas administrativas. Su diagnóstico, resumido en que hacen falta «mano de obra y materiales» sin los obstáculos que hoy frenan cada promoción, ha reabierto el pulso sobre por qué el ladrillo no baja pese a la necesidad acumulada.
La tesis del regidor orensano no es nueva, pero llega en un momento en que el acceso a la vivienda se ha convertido en el asunto que más moviliza el descontento económico. Y su condición de alcalde de una capital de provincia con población estancada le da un argumento incómodo: si en Ourense sobran casas, ¿por qué el mercado no se ajusta?
Qué plantea Jácome sobre el suelo y la vivienda
El mensaje del alcalde apunta directamente a dos cuellos de botella. El primero, la
falta de suelo finalista: terreno urbanizado, con servicios y listo para edificar. El segundo, la maraña administrativa que convierte cada promoción en una carrera de obstáculos. Su receta implícita es simple: liberar suelo y recortar plazos.
El diagnóstico tiene defensores y detractores. Hay quien sostiene que el problema es efectivamente de oferta y que ninguna política de ayudas a la demanda funcionará mientras no se construya más. En contra pesa un argumento recurrente: en muchas zonas ya hay más viviendas que hogares, y lo que falla es su ubicación, su estado o su precio.
Los 15.000 pisos vacíos de Ourense y el espejismo de las cifras
Uno de los datos que más ha circulado en la discusión es el de los
15.000 pisos vacíos en una ciudad de unos 100.000 habitantes, una cifra que, llevada a la provincia, superaría las 100.000 casas sin ocupar. Sobre el papel, sobraría vivienda. En la práctica, el mercado no funciona así.
La objeción más sólida a ese dato es metodológica: en los recuentos de vivienda vacía de las ciudades gallegas se cuelan casas de aldea abandonadas dentro del término municipal, inmuebles en ruina o sin acceso rodado. No son pisos que alguien pueda alquilar mañana. La estadística engorda, pero la oferta real no.
A eso se suma otra pregunta incómoda: ¿y si los propietarios simplemente no quieren alquilar? La experiencia de pequeños caseros apunta a que muchos prefieren dejar el piso cerrado antes que enfrentarse a impagos, ocupaciones o litigios que se eternizan. El resultado es una oferta que se retrae precisamente cuando más se necesita.
El coste real de urbanizar: lo que no cabe en un tuit
El discurso de «solo faltan ladrillos y albañiles» se queda corto cuando se baja al detalle. Antes de poner la primera piedra hay que aprobar un plan general, desarrollar planes parciales, constituir juntas de compensación, reparcelar, urbanizar, resolver estudios arqueológicos y ecológicos, tender acometidas de agua, saneamiento, electricidad, gas y telecomunicaciones, pavimentar, iluminar y ceder suelo para equipamientos.
Y después llegan los servicios: colegios, ambulatorios, transporte público, recogida de basuras. Cada nueva zona urbanizada exige infraestructura que alguien paga. La pregunta que nadie responde con un tuit es dónde está el suelo ya preparado para absorber esa demanda sin colapsar la red eléctrica existente.
Hay incluso quien apunta a un límite físico: la red de distribución no admite nuevas viviendas en según qué zonas sin refuerzos costosos. El mantenimiento de infraestructuras no se inaugura, y por eso suele quedar al final de la cola política.
Ocho años para un plan urbanístico: la burocracia como negocio
Uno de los reproches más repetidos al sistema es el tiempo.
Ocho años para sacar adelante un plan de urbanismo no es una excepción, es la norma en demasiados municipios. Ese calendario tiene un coste financiero directo: encarece cada promoción, expulsa a los promotores pequeños y concentra el mercado en unos pocos operadores con capacidad de aguantar la travesía.
La sospecha de fondo, expresada con distintas formulaciones, es que a una parte del sistema le conviene que el suelo siga siendo escaso. Menos oferta, precios altos, plusvalías garantizadas para quien ya tiene patrimonio. Y una administración que recauda en cada eslabón: licencias, ICIO, plusvalías, IBI, tasas.
Quién tiene la culpa: el Estado, los propietarios o el mercado
Las corrientes de análisis se dividen. Una parte señala al sector público sobredimensionado y a la maraña normativa como responsable principal. Otra apunta a los propietarios que retienen vivienda vacía esperando plusvalías. Una tercera sostiene que el problema es estructural: España concentró su economía en el ladrillo y ahora arrastra un modelo donde la vivienda es activo financiero antes que bien de uso.
El propio Jácome no sale indemne de la discusión. Su gestión al frente del ayuntamiento orensano es objeto de críticas: se le reprocha no haber renovado concesiones, no haber sacado adelante proyectos de infraestructura y haber centrado su mandato en gestos mediáticos. El contraste entre el diagnóstico y la ejecución es, para sus detractores, la prueba de que hablar del problema es más fácil que resolverlo.
El elefante en la habitación que Jácome no mencionó
En el diagnóstico del alcalde falta, según varias voces, una pieza clave: el efecto de la inmigración sobre la demanda de vivienda. Es un debate que se plantea en términos de presión demográfica sobre el stock existente, con posiciones que van desde quienes lo consideran el factor determinante hasta quienes recuerdan que la población española también envejece y que sin nuevos hogares el mercado se contrae.
Lo que nadie discute es que el precio de la vivienda se ha convertido en el termómetro del malestar económico. Y que los diagnósticos de alcalde, por incómodos que resulten, ponen el dedo en una llaga que ninguna administración ha sabido cerrar.
Mientras tanto, el suelo sigue sin liberarse, los planes generales siguen durmiendo en los cajones y los pisos vacíos siguen contándose en las estadísticas. Todo cuadra. Todo sigue igual.