Alejandro Sanz y los 3 millones que no paga: embargo y rebeldía
Un juez ha declarado en rebeldía a
Alejandro Sanz por no abonar los
3 millones de euros que los tribunales le habían condenado a pagar tras no hacer frente a los préstamos que él mismo había pedido. No hay forma de localizarle, según la información publicada por
El Mundo. La deuda no es un recibo traspapelado: es el último tramo de un litigio que ya ha devuelto al acreedor más dinero del que se prestó en origen.
La escena ayuda a medir la escala. Un concierto suyo llena un estadio con
40.000 personas, entradas a más de 100 euros, cervezas a 6 o 7 euros y dos euros extra por el vaso de plástico con su nombre. La semana siguiente, repite. Y mientras tanto, hay 3 millones sin pagar y un juez que no encuentra al deudor.
Qué debe Alejandro Sanz y cuánto se ha recuperado ya
El punto de partida fueron
7 millones de euros, el coste inicial de las propiedades. Sobre esa cifra se fueron acumulando intereses de demora, penalizaciones y costas procesales, hasta que la ejecución recuperó
9 millones y dejó otros
3 millones todavía en el aire. Quien deja correr una deuda en un juzgado no paga solo el principal: paga el tiempo, y el tiempo dentro de un procedimiento ejecutivo se factura caro.
El acreedor no ha tenido que esperar a la rebeldía para cobrar. La maquinaria judicial ya le ha devuelto más de lo prestado en su día y sigue reclamando el resto, con el deudor fuera de localización. El desglose fino de cómo se pasa de una cifra a otra —intereses, recargos, costas— es la parte del caso que menos se cuenta y la que mejor explica el cabreo de quien sí paga a tiempo.
Por qué 3 millones no ahogan a quien factura estadios llenos
Los números que se manejan sitúan su patrimonio por encima de los
100 millones de euros: más de tres décadas de giras,
más de 20 millones de discos vendidos y un goteo constante de derechos por un catálogo que suena cada día en radios de medio mundo. Para una estructura así, 3 millones son una incidencia contable, no un drama.
El símil que circula es implacable: esa cantidad es para este perfil lo que para un asalariado una multa de radar de 50 euros. La duda no es de dónde saca el dinero, sino por qué decide no usarlo. Hay quien responde que no es una decisión económica sino de actitud; otros creen que es simple descontrol de alguien acostumbrado a que las cosas se arreglen solas.
El rasero distinto: embargo por una multa frente a un deudor ilocalizable
La comparación más repetida no es con otro famoso, sino con la experiencia de cualquiera. Una multa de estacionamiento que no se pudo notificar por un cambio de domicilio terminó, dos años después, en un aviso bancario de embargo por una cantidad que multiplicaba por cuatro la original. El banco se cobró por
vía ejecutiva, sin más trámite ni más aviso. Con
10.000 euros de deuda el problema es tuyo; con 3 millones, el problema —se argumenta— es del acreedor.
No es una ley escrita, es un patrón. La ejecución contra el pequeño deudor es rápida porque es barata; contra el grande, cada paso cuesta más y el deudor tiene más puertas donde meterse. El resultado está a la vista: 9 millones cobrados tras años de procedimiento y 3 pendientes con orden de búsqueda.
El relato de artista comprometido y la factura de Miami
Buena parte del ruido tiene poco que ver con la contabilidad. Al cantante se le asocia a campañas y manifiestos de signo progresista, entre ellos el conocido como
la ceja, a apoyos públicos a causas de izquierda y a una etapa de presencia habitual en actos del PSOE, antes de instalarse en Miami. Desde esa tribuna, el impago se lee como hipocresía: quien reclama impuestos y cambios de conducta para los demás, no paga los suyos.
La crítica más afilada no va contra su cartera, sino contra su mensaje climático. Un tipo que vive en mansiones, con piscina climatizada,
jet privado y yates, dando charlas a jóvenes sobre lo mucho que contamina el resto, resulta difícil de digerir. La defensa es la de siempre: vivir en Miami no es una declaración política, sino el sitio donde está el negocio de la música latina. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
El escarnio público, la música como coartada y el impago como bandera
En el extremo minoritario está la tesis de que no paga porque no debe: los impuestos entendidos como expropiación y la deuda como acto de soberanía personal. Es una posición residual, pero explica por qué el caso se convierte en bandera política y no en una simple ejecución civil.
Frente a eso, otros defienden su oficio con argumentos concretos: no será Bach, pero compone, arregla, toca la guitarra flamenca con dignidad, domina el piano y se defiende con la eléctrica. Y una tercera línea de reproche no apunta al deudor, sino al espectáculo: el escarnio público del moroso como herramienta, con plaza y tomates de fondo, dice bastante más del sistema que de quien debe.
Lo que queda
Un juez que no le encuentra, 40.000 personas coreando sus canciones esa misma semana y 9 millones ya cobrados por la vía ejecutiva sobre una operación de 7. El caso tiene una única cifra que no cuadra: los 3 millones que faltan.