Alemania derriba las torres de una nuclear ya cerrada
¿Qué pasa cuando un país industrial decide apagar la fuente de
energía que le daba electricidad barata y estable? Alemania acaba de demoler las torres de refrigeración de la central nuclear de Grafenrheinfeld, en servicio entre 1981 y 2015, y con ello cierra simbólicamente el ciclo abierto tras Fukushima: el apagón nuclear completo comprometido por Angela Merkel. Según varios participantes del debate, el país que fue motor industrial de Europa presume de renovables mientras quema carbón y compra gas licuado más caro que el que le llegaba por tubo desde Rusia.
La escena tiene su aquel. Un Estado que se presenta como campeón climático mundial dinamita infraestructura de generación limpia y luego, según sostienen algunos intervinientes, enciende centrales de carbón para cubrir los huecos. La coartada oficial es el miedo. La coartada real, según se desprende de la propia cronología, es la política.
Qué pasó en Grafenrheinfeld y por qué se derriba ahora
La central bávara de Grafenrheinfeld operó entre
1981 y 2015. Llevaba casi una década parada cuando este año han volado sus torres de refrigeración. No es un cierre técnico por agotamiento: es una demolición deliberada de infraestructura que aún tenía vida útil por delante.
El detonante histórico está en
Fukushima. Tras el accidente japonés, Merkel dio marcha atrás a la prórroga nuclear que ella misma había aprobado y fijó el cierre de todas las plantas alemanas para
2022. El compromiso se cumplió. Hoy no queda ninguna operativa.
El detalle incómodo: la decisión no la tomó un gobierno verde en solitario, ni un movimiento ecologista radical. La tomó una canciller democristiana en plena ola de pánico mediático. Eso desmonta el relato de que fue una imposición ideológica de la izquierda. Fue una rendición política ante el miedo.
El coste real: carbón, gas caro y dependencia ajena
Aquí empieza lo interesante. Sin nucleares, Alemania ha tenido que tirar de lo que tiene a mano:
carbón y
gas natural licuado. El gas licuado llega por barco, más caro y con dependencia logística de terceros países, en lugar del gas ruso por gasoducto que era la opción barata. La ironía es que ese gasoducto acabó volado y nadie ha reclamado autoría.
El resultado, según varios participantes del debate, es un país que emite más por kWh de lo que emitía antes y paga más por su electricidad que sus vecinos. La industria alemana, la que sostenía el modelo exportador, ha ido desplazándose hacia Estados Unidos y Asia. No es una hipótesis: es una trayectoria que llevan años recorriendo las grandes corporaciones.
Hay quien sostiene que las renovables cubren ya buena parte de la demanda alemana y que el respaldo fósil es transitorio. El argumento tiene un problema: la industria necesita potencia constante, no solo cuando hay sol o viento. Y las baterías, a día de hoy, no resuelven la escala.
El cálculo que desmonta el relato verde
El coste real de una nuclear no es solo la construcción. Es el término de potencia, los intereses del banco, la operación y el mantenimiento, y las subvenciones cruzadas que se reparten entre todas las tecnologías. Un cálculo desglosado partida a partida deja diferencias que sorprenden, sobre todo cuando se compara con el coste real de una fotovoltaica con almacenamiento.
El caso británico es el ejemplo más citado: la planta de Hinkley Point, con un coste de
46.000 millones de libras, va a vender su primer MWh por encima de los
200 euros. Eso no es energía barata. Es energía carísima con la etiqueta de estable.
La defensa nuclear tiene su punto fuerte: no depende del clima, no necesita respaldo, dura décadas. El problema es que en Europa occidental llevamos
30 años sin construir una central nueva y el know-how se ha perdido. Recuperarlo cuesta sobrecostes de primera generación, como el caso británico demuestra.
Francia mira y no imita
Mientras Alemania dinamita torres, Francia mantiene su parque nuclear y proyecta nuevos reactores. La comparación es inevitable y molesta: dos países vecinos, dos políticas energéticas opuestas, dos resultados económicos divergentes. España, por su parte, sigue adelante con su calendario de cierres nucleares, sin haber resuelto qué sustituye esa potencia.
El argumento de que las renovables no dan problemas de sincronización a la red tiene contraejemplos documentados: episodios en los que el sistema ha estado cerca del límite por exceso de generación intermitente. No es un problema teórico. Es un problema de ingeniería que se gestiona con dinero y con respaldo fósil.
La pregunta que nadie responde con datos
¿Qué gana Alemania apagando nucleares? Si el objetivo era reducir emisiones, no cuadra: quema más carbón. Si era reducir dependencia exterior, tampoco: depende más del gas licuado ajeno. Si era contentar a un electorado verde, ahí sí cuadra, pero a un coste industrial que se paga durante décadas.
La respuesta más honesta es que Alemania cambió soberanía energética por tranquilidad política. Y ahora paga la factura con industria desplazada, electricidad cara y un país que agoniza lentamente mientras sus políticos celebran demoliciones.
Bonito espectáculo. Lástima que las torres caídas no generen electricidad.