Pokrovsk y el avance ruso: el Donbás se desmorona pueblo a pueblo
¿Cuántas localidades más tienen que caer para que alguien admita que el frente se mueve en una sola dirección? La respuesta, a la vista de los partes que se suceden, es que bastantes. El ejército ruso ha ido sumando núcleos de población en la dirección de Pokrovsk y en el sur, desde Otradnoye o Tykhe hasta Vidradne, Zatyshshia, Pazeno o Varvarivka, en una secuencia que quienes siguen el conflicto describen como un avance lento pero sostenido.
Pokrovsk aparece en todas las quinielas como el próximo punto de inflexión, y hay quien sostiene que con él se abriría la puerta a la totalidad del
Donbás a lo largo de 2026.
¿Por qué Pokrovsk importa más que otras localidades?
No es una aldea cualquiera. En el análisis que se maneja, Pokrovsk funciona como nudo logístico y su caída arrastraría la de los ejes que sostienen el resto del dispositivo en la zona. De ahí que se hable de punto de inflexión y no de una simple muesca más en el mapa. La secuencia de liberaciones —Vyemka, Fedorovka, Kuzminovka, Belaia Gora, Katerinovka— dibuja un cerco que avanza por varios flancos a la vez, con combates activos también en el sur de Orikhiv y en los accesos a Severesk y Konstantinovka.
Hay quien matiza que esas ganancias se pagan con un coste humano elevado y que las ciudades tomadas llegan destrozadas, hasta el punto de perder parte de su valor estratégico. El argumento contrario es que las ciudades se reconstruyen —el ejemplo de Hiroshima se cita expresamente— y que lo irreversible es el control del terreno.
El desgaste que no aparece en los titulares
En el otro platillo de la balanza se sitúa el relato de las bajas. Se menciona un ratio de intercambio de cuerpos entre ambos ejércitos de
1 a 39, una cifra que circula sin verificación independiente y que conviene tratar como lo que es: una afirmación partidaria. Lo mismo cabe decir del recuento contrario, ese que atribuye al ejército ruso un millón de bajas, 12.000 carros y 70.000 vehículos destruidos y que se repite a diario como si fuera un parte oficial. Dos relatos, cada uno con su propia contabilidad heroica, y ningún auditor neutral a la vista.
La crítica de fondo que atraviesa la conversación no es militar, sino de método: durante tres años se han anunciado colapsos rusos inminentes que nunca llegaron, y esa acumulación de pronósticos fallidos ha ido vaciando de credibilidad a buena parte de los analistas que los firmaban.
La pregunta incómoda: ¿quién paga y para qué?
El otro gran eje es el dinero. La tesis dominante sostiene que el esfuerzo financiero europeo se ha hecho sin contraprestación visible más allá de la retórica de la soberanía, y que el conflicto funciona como una guerra por delegación en la que los intereses propios brillan por su ausencia. Frente a eso, la posición oficial insiste en el apoyo a un país agredido. Entre ambos extremos, el dato que nadie discute es que el flujo de fondos continúa y que no hay horizonte de cierre.
¿Y los que tenían que alistarse?
El título original del asunto apuntaba a una paradoja: escasean los voluntarios entusiastas del bando que se presenta como defensor. La brecha entre el ardor guerrero de teclado y la presencia real en el frente es, según varias intervenciones, el elefante en la habitación. Mientras tanto, la guerra sigue su curso lejos de las pantallas donde se libra la otra, la de la narrativa.
Al final, la única certeza es la de siempre: los mapas cambian despacio y las certezas de ayer se reciclan en las de mañana. Eso sí, con la misma seguridad con la que se anunciaba la victoria hace tres años.