Por qué Franco vuelve al centro del debate económico
¿Por qué un dictador muerto hace medio siglo se ha convertido en el tema recurrente en cafeterías, radios y conversaciones de trabajo? La respuesta no está en la nostalgia, sino en la economía. El año que viene se cumplen 50 años de su muerte y eso ha reavivado un fenómeno que va más allá de la política: la comparación constante entre la España que algunos recuerdan como próspera y la precariedad actual. En una cafetería, un grupo de jóvenes debatía que con Franco había prosperidad y orden, mientras que ahora solo hay precariedad y promiscuidad. La anécdota, lejos de ser aislada, refleja un cambio generacional en la percepción del franquismo.
El detonante no es solo la efeméride. Hay un factor económico innegable: según sostiene un participante, la generación que hoy tiene entre 70 y 80 años construyó su patrimonio durante el franquismo, con un Estado que no penalizaba el enriquecimiento y con un mercado laboral que, pese a sus miserias, permitía comprar una vivienda con un solo sueldo. Las generaciones actuales, en cambio, se enfrentan a un Estado que les penaliza ganar dinero, les dificulta cualquier iniciativa y les exige formación sin garantizar retorno. Esa brecha patrimonial es el caldo de cultivo perfecto para que el franquismo se reivindique como un paraíso perdido.
El mito de la prosperidad franquista
La narrativa de que con Franco se vivía mejor tiene un sustento parcial en datos. Durante el franquismo se estableció el sistema moderno de pensiones con la Ley de Seguridad Social de 1963, que unificó y amplió las prestaciones existentes. También se creó la Seguridad Social tal y como la conocemos, con la Ley de Bases de 1963 que entró en vigor en 1967. Esos hitos institucionales, que luego se consolidaron en la Constitución de 1978, se presentan hoy como logros del régimen, obviando que fueron respuestas a demandas sociales y a la necesidad de estabilizar un país en crisis.
Sin embargo, el relato choca con la realidad económica. Durante el franquismo, la deuda pública se desintegró vía inflación, lo que benefició a los organismos públicos pero castigó a cualquiera que necesitara financiación: los tipos de interés superaban el 20%. Las empresas públicas, financiadas «de la nada», eran ineficientes y lastraban la economía. El equilibrio presupuestario era engañoso: se emitían grandes cantidades de deuda extrapresupuestaria para financiar inversiones fuera del presupuesto, lo que ocultaba el verdadero déficit. A partir de 1960, las emisiones de deuda crecieron muy por encima de los déficits acumulados.
El supuesto paraíso laboral tampoco resiste el escrutinio. Quienes defienden que con un solo sueldo se mantenía a una familia y se compraba una vivienda olvidan que eso implicaba jornadas de 14 horas y un paro elevado. En los últimos años del franquismo, el país estaba, según algunos testimonios, hecho una auténtica mierda. La vivienda en propiedad no era oro todo lo que relucía: se lograba a costa de un esfuerzo físico y familiar que hoy sería impensable.
La brecha patrimonial entre generaciones
El argumento más repetido en el debate es el de la brecha patrimonial. Según un participante, la generación de 70 u 80 años accedió a propiedades y negocios con relativa facilidad durante el franquismo, sin apenas formación y sin un Estado que les pusiera trabas. Las generaciones actuales, en cambio, ven cómo el Estado les penaliza por ganar dinero, les dificulta conseguir propiedades y les ahoga con impuestos como el IRPF o el IVA, que algunos consideran obligaciones recientes y no fundamentales. Esa asimetría explica, para algunos, por qué muchos jóvenes miran al franquismo con curiosidad, cuando no con simpatía.
El fenómeno no es exclusivamente español. En Francia e Italia, durante la pandemia, se dejó a los no vacunados sin derecho a trabajar, lo que algunos interpretan como un ensayo de dictadura tecnocrática. En España, la vacunación masiva evitó ese escenario, pero el miedo a un control estatal creciente sigue latente. La comparación con el franquismo surge entonces como un mal menor: al lado de la sociedad actual y de lo que se avecina, la España de Franco es un paraíso de libertad, sostienen algunos. Es una hipérbole, pero refleja un descontento real.
El franquismo como marca pop y mártir
Más allá de la economía, el franquismo se ha convertido en una marca pop. En programas de televisión se reivindica la figura de Franco como el auténtico socialista, y en redes sociales proliferan estampitas y mensajes irónicos. La industria del automóvil y la aeronáutica, que algunos citan como logros del régimen, se esgrimen como prueba de que al menos había industria, frente a la desindustrialización actual. La efeméride de los 50 años ha amplificado todo esto: los actos de memoria histórica, lejos de cerrar heridas, han reavivado el interés.
Hay quien sostiene que la insistencia en criticar a Franco lo ha convertido en mártir. De tanto sacarlo, de tanto apalear su cadáver, se ha logrado que muchos lo vean como un ganador de la guerra y terror del comunismo, y ahora también como mártir. Es la paradoja de la memoria: cuanto más se ataca, más se reivindica. Según un participante, la izquierda, al centrar el debate en Franco, el feminismo, el número de géneros o el racismo, consiente que el tema de conversación sea ese y pierde la batalla cultural. La derecha, en cambio, se beneficia de que la discusión gire en torno a símbolos del pasado en lugar de a problemas actuales.
¿Qué pasa con los jóvenes y Franco?
Los jóvenes se han convertido, según algunos participantes, en el sector más receptivo al relato franquista. No es una cuestión de ideología, sino de economía: ven que sus padres y abuelos lograron un patrimonio que ellos no pueden alcanzar, y culpan al Estado actual. La promiscuidad y la precariedad se perciben como males contemporáneos, frente al orden y la prosperidad que atribuyen al franquismo. Es una simplificación, pero conecta con una realidad: la falta de oportunidades y la sensación de que el esfuerzo no compensa.
El fenómeno tiene un componente generacional y otro económico. La generación que hoy tiene entre 20 y 45 años ha visto cómo el Estado les penaliza por ganar dinero, les dificulta cualquier iniciativa y les exige formación sin garantizar retorno. No es extraño que miren al pasado con envidia. La pregunta es si esa envidia se traducirá en un apoyo real a opciones políticas que reivindiquen el franquismo o si se quedará en una pose nostálgica.
El cierre: una ironía seca
Al final, lo que pasa con Franco es que se ha convertido en el perfecto chivo expiatorio y en el perfecto símbolo. Unos lo odian, otros lo reivindican, y mientras tanto la economía sigue sin resolver los problemas que alimentan el debate. La efeméride de los 50 años pasará, pero la brecha patrimonial y la desafección hacia el Estado seguirán ahí. Y Franco, medio siglo después, seguirá siendo el tema del que todos hablan pero que nadie termina de enterrar.