Pensiones: el colapso demográfico que supera los 100.000 millones
La Seguridad Social española se enfrenta a un problema que va más allá de los 100.000 millones de euros de deuda que el Gobierno Sánchez acumula. Los datos del Banco de España del primer trimestre revelan una tensión creciente en las cuentas, pero el verdadero abismo es demográfico: la pirámide de población es una bomba de relojería que ningún maquillaje contable va a desactivar.
El año 1964 marcó el pico de nacimientos en España. Ese baby boom tardío —que se prolongó hasta mediados de los 70— es ahora una mole de personas que inician su jubilación. Su esperanza de vida supera los 20 años, y sus pensiones son medias-altas. Mientras, la generación que les sigue, los millennials, es la mitad en número. La cuenta es simple: quienes cotizan ahora pagan las pensiones de una cohorte dos veces más grande. Cuando los millennials lleguen a la edad de retiro, el sistema ya estará en modo supervivencia, si es que aún existe.
El espejismo de la recaudación récord
Los datos macroeconómicos recientes muestran cifras de empleo y recaudación en máximos. Pero bajo la superficie, el empleo es parcial, temporal y de baja productividad. El IVA y el IRPF crecen por inflación, no por actividad real. La recaudación récord es un espejismo que oculta la erosión de la base cotizante. Los autónomos de supervivencia y los contratos precarios no son el pilar sobre el que sostener un sistema de reparto.
Las tres recetas que nadie quiere aplicar
Ante este panorama, las soluciones posibles son tres, y todas duelen. Primero, subir impuestos de forma masiva para mantener las pensiones actuales. Segundo, retrasar la edad de jubilación, algo que ya se explora con la propuesta de los 72 años, entregando pensiones más bajas durante menos tiempo. Tercero, recortar las pensiones, especialmente las más altas, para redistribuir hacia las mínimas. Ninguna es popular, y cada una tiene costes políticos y sociales enormes.
La alternativa de importar mano de obra joven mediante inmigración masiva se invoca a menudo, pero los análisis más fríos señalan que los flujos actuales no resuelven el problema: los salarios de los inmigrantes suelen ser más bajos y su cotización insuficiente para equilibrar la ecuación. Además, la natalidad de la población inmigrante tiende a converger con la autóctona en una generación.
Una certeza incómoda
El consenso entre los analistas más lúcidos es que los mileniales no cobrarán pensión contributiva, al menos no una digna. Serán la generación de transición: cotizan para pagar a los boomers, pero cuando llegue su turno, el sistema estará exhausto. El patrimonio heredado —un piso, un terreno— será para muchos el único colchón en la vejez.
La pregunta que nadie responde es: ¿cuándo se romperá la baraja? El sistema puede seguir años sostenido con deuda, inflación y parches, pero el agujero demográfico es estructural. Mientras la clase política esquiva el debate, la realidad se impone.