La Odisea de Nolan, entre el taquillazo y la guerra ideológica
¿Quién se traga una película de 2 horas y 45 minutos sobre un poema de hace 3.000 años? Más gente de la esperada. El estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, ha disparado la taquilla y ha abierto un frente cultural que mezcla Homero, los Oscar y la promoción viral. La película no era un producto pensado para el gran público: referente literario desconocido para muchos (algunos lo confundieron con un videojuego), metraje largo y diálogos que no son los del libro. Aun así, hay quien la ha visto tres veces y asegura que el público aplaudió en todas las funciones.
Taquilla y aplausos: la paradoja comercial
El éxito de público es el primer dato que descoloca. En tiempos de blockbusters prefabricados, una adaptación de Homero con casi tres horas de duración no debería arrasar. Pero la evidencia de las salas apunta lo contrario: funciones con aplausos finales y repeticiones de visionado. La explicación que circula es que la polémica ha hecho de altavoz. El escándalo por los cambios de guion y el reparto ha multiplicado la promoción gratuita, y la productora ha obtenido más publicidad que la que habría comprado con una campaña millonaria.
El final que no es de Homero
El grueso del debate se centra en las alteraciones del mito. En la película, Odiseo no se queda en Ítaca para reinar: cede el trono a Telémaco y se exilia hacia el oeste con Penélope. Una frase sobre la lealtad de los esclavos invierte además la moraleja del poema, en el que los fieles son recompensados y los desleales, castigados. Hay quien ve una operación ideológica calculada; otros, una relectura legítima para un público contemporáneo. El choque es frontal, y el riesgo para la taquilla es evidente.
Casting, Oscar y marketing viral
Matt Damon como Ulises, Tom Holland como Telémaco y Lupita Nyong'o como Helena han añadido leña al fuego. Las críticas por la elección de Nyong'o, en un personaje descrito en el texto como «de brazos blancos», se cruzan con la estrategia de premios: una campaña calculada para arrasar en los Oscar, según una lectura que ve en el escándalo un plan maestro de promoción.
Mientras tanto, la taquilla no deja de subir. Al final, la pregunta no es quién se traga la película, sino quién se traga el relato que la envuelve: el del cineasta, el de los puristas o el del público que, sencillamente, aplaude.