Alonso Aznar: el hijo de Aznar que empezó vendiendo pulseritas en la playa
La paradoja es perfecta: en un país donde la meritocracia es más un eslogan que una realidad, el hijo del expresidente José María Aznar aparece retratado como un emprendedor hecho a sí mismo. Según un artículo de El Mundo de mayo de 2024, Alonso Aznar «empezó de niño vendiendo pulseritas en la playa, donde está da igual de quién sea hijo». La frase, que podría ser el libreto de un coach motivacional, ha desatado una oleada de escepticismo que va mucho más allá del humor corrosivo de las redes.
El perfil de un «self-made man» made in Spain
Alonso Aznar, hijo de José María Aznar y Ana Botella, es directivo de The Consello Group, una firma de asesoría internacional en cuyo consejo figuran nombres como la tenista Serena Williams. Su foto junto a Javier Milei en la embajada argentina – donde, según él, asistió «en calidad de empresario con presencia en Argentina, no con intención política» – y su compromiso con la millonaria mexicana Renata Collado completan la postal del triunfador. Sin embargo, el relato de las pulseritas choca con una evidencia incómoda: el apellido Aznar no pesa, pero sí el capital relacional de una familia que acumula poder desde hace generaciones.
El debate sobre la meritocracia en España
La reacción al artículo de El Mundo ilustra la tensión que recorre la economía española: el discurso del esfuerzo individual se enfrenta a una realidad de enchufismo y endogamia. Por un lado, hay quien defiende que Alonso Aznar ha sabido aprovechar sus contactos y su formación para construir una carrera – al fin y al cabo, todos los empresarios usan su red. Por otro, una corriente mayoritaria sostiene que su trayectoria es el ejemplo perfecto de cómo las élites se perpetúan: «si no fuera hijo de su padre, estaría currando en un call center por mil pavos», se argumenta. El problema de fondo es que España carece de un capitalismo popular real, donde cualquiera con una buena idea pueda competir; las barreras de entrada son altas y el acceso a los círculos de poder sigue siendo un privilegio hereditario.
Datos que contrastan con el relato
Mientras Alonso Aznar vende pulseritas en la playa metafórica, más de 100.000 aspirantes se presentan a las oposiciones del Estado con sueldos que rondan los 1.100€ al mes. Ingenieros, doctores y profesionales con varios idiomas dedican años a memorizar temarios para optar a una plaza pública. La comparación no es baladí: en España, la falta de oportunidades para los que no tienen padrinos empuja a miles de talentos hacia el sector público, mientras que los apellidos de postín acceden sin aparente esfuerzo a consejos de administración. La ironía no escapa a nadie: la meritocracia, al final, es un privilegio de quienes pueden permitírsela.
La dimensión familiar: más de tres siglos de influencia
Un hilo que recorre el debate es la historia familiar de los Aznar. No se trata solo de papá expresidente: el abuelo de Alonso, Manuel Aznar Zubigaray, fue un periodista y diplomático de primer orden, vinculado al PNV, al falangismo y a la élite intelectual del país. La familia, originaria de Echalar (Navarra), ha ostentado posiciones de poder durante «200 o 300 años», según algunas fuentes citadas en la discusión. El hermano de Alonso, Chema (José María Aznar Botella), también estuvo en el foco por su trabajo en un fondo de inversión relacionado con viviendas públicas. En este contexto, la idea de un «self-made man» suena a fábula para consumo masivo.
¿Qué hay detrás de las pulseritas?
La pregunta abierta es si Alonso Aznar es un empresario de éxito o el producto de un sistema que premia el apellido por encima del mérito. Su inclusión en The Consello Group, su presencia en eventos internacionales y su boda con Renata Collado – heredera de una fortuna mexicana – indican que, efectivamente, ha sabido moverse en los círculos adecuados. Pero el verdadero problema no es él, sino el relato que se construye: vendernos que cualquiera puede llegar hasta donde él ha llegado solo con «tesón y cojones» es, cuando menos, una broma de mal gusto para quienes no tienen su punto de partida. Con los datos sobre la mesa, la moraleja de la historia sigue sin cuadrar.