Fungusol a 9 euros: la fórmula de 1968 que se puede replicar
Un bote pequeño de Fungusol cuesta 9 euros en farmacia y dura un suspiro. Ese es el punto de partida de una discusión que lleva años coleando en el subforo de Consumo responsable: un producto que se vende como solución para pies delicados, con llagas que ni el dermatólogo acierta a explicar, y un precio que muchos consideran directamente abusivo. La pregunta que sobrevuela es sencilla: ¿hay algo más barato que haga lo mismo?
La respuesta corta es que sí, y la respuesta larga tiene nombre y apellidos químicos. El Fungusol no es una fórmula secreta ni un desarrollo patentado ayer: según los datos que se manejan en la conversación, sus principios activos son
ácido bórico al 50 mg por gramo y óxido de zinc al 100 mg por gramo, una combinación con fecha de alta en 1968. Es decir, polvos de talco con dos compuestos de manual, vendidos a precio de cosmética de lujo.
Qué lleva realmente el Fungusol y por qué se puede replicar
El hallazgo que ordena todo el asunto es la composición. Si el producto no tiene patente vigente y sus principios activos están identificados con concentración exacta, cualquier farmacéutico con laboratorio de formulación puede prepararlo en su botica. Eso abre la puerta a una versión magistral más barata, aunque conviene no lanzar las campanas al vuelo:
no es ácido bórico puro, y quien lo trate como tal se expone a un problema serio. La advertencia sobre el premio Darwin que aparece en la conversación no es un chiste gratuito.
La alternativa más repetida es comprar el ácido bórico suelto. Los precios que se citan van de
4 euros por 200 gramos en farmacia a 7 euros el kilo en tienda online, pasando por los 8 euros el kilo que alguien paga para matar cucarachas. La comparación con el bote de Fungusol, que no llega a los 100 gramos, deja un diferencial difícil de justificar por el envoltorio.
Bicarbonato, aloe vera y otras alternativas que se repiten
El bicarbonato de sodio aparece una y otra vez, tanto espolvoreado sobre el pie seco como en baños. La experiencia que se comparte es contundente: se frota el pie, se introduce entre los dedos, se rocía el interior del calzado y se deja actuar toda la noche. Paquetes de un kilo por alrededor de un euro. Quien lo cuenta asegura haber probado de todo y que esto funciona mejor que el producto de marca.
Hay más vías. El aceite del árbol del té, que se encuentra barato en plataformas internacionales y cunde mucho. Los polvos desodorantes de otra marca de laboratorio, que se compran en la misma farmacia y valen menos. Los polvos para pies de supermercado, que hacen el mismo efecto según varios testimonios. Y el aloe vera, ese comodín que alguien recomienda medio en broma medio en serio.
El problema de fondo: sudor, humedad y piel que se agrieta
Merece la pena separar el síntoma de la causa. El caso que abre la conversación no es de hongos: son llagas y pequeñas heridas que aparecen cuando no se usan los polvos, con picor y irritación. La explicación que se apunta es la humedad. Cuando el sudor es extremo, la piel se macera, se agrieta y acaba doliendo. No es olor, es agua. Como tener los pies metidos en una cuba.
Ahí encajan las recomendaciones de calzado que transpire, sandalias, calcetines que se cambian a diario y no se quitan nada más salir de la ducha, y plantillas al sol. También la vaselina en los puntos de roce antes de hacer ejercicio. Y el aviso que recorre todo el asunto: si no hay hongos, un antifúngico preventivo es más un gasto que una solución.
La anécdota que cierra el círculo es la del farmacéutico que vendía la fórmula original en botes de muestra de orina, a 200 pesetas, sacada de un saco y pesada al gramo. Olía a eucalipto y a menta. Cuando vendió la fórmula, se acabó el milagro de barrio. El producto sigue en el catálogo. El precio, también.