Alvise y sus tres escaños: el PP no puede pedir elecciones
La tesis circula con fuerza: los tres escaños europeos de la agrupación de Alvise no han servido para desalojar a nadie, sino para que el PP se quedara a más de seis puntos de la mayoría y no pudiera exigir
elecciones al día siguiente. El cálculo es sencillo y demoledor: sin esa bolsa de voto, el bloque de la derecha clásica habría sumado lo suficiente para plantar cara al Gobierno. Con ella, el reparto se diluye y el PSOE respira.
Lo llamativo es que la propia base del PP lo asume con incomodidad.
Hay quien sostiene que Alvise ha quitado votos a la vez al PP y a Vox, y que buena parte de ese electorado venía de Ciudadanos y del partido de Feijóo. Otros, en cambio, lo niegan de plano:
«Alvise como mucho ha quitado votos a Vox», se lee en la discusión, con el argumento de que ninguno de esos votantes se había planteado votar al PP.
¿Por qué el PP no puede pedir elecciones con estos resultados?
Porque le falta el número. La aritmética que se maneja en el análisis es tozuda: con seis puntos de ventaja sobre el PSOE, el PP tendría argumentos para forzar un adelanto electoral. Con menos, y con tres escaños fugados a una formación que no pacta con nadie, el relato de la victoria se queda en empate técnico. Y el PSOE, mientras, consolida su posición sin necesidad de mover un dedo.
La paradoja que más se repite es la del
régimen que tolera a su supuesto azote. Si Alvise fuera peligroso, se argumenta, le habrían ilegalizado el partido, le habrían robado las elecciones o, en el mejor de los casos, le habrían dado un solo eurodiputado y no tres. Que siga vivo y con escaño es, para esta corriente, la prueba de que es útil al sistema. La comparación con Jesús Gil, al que se quitaron de en medio por mucho menos, aparece como cierre del razonamiento.
El PP como muleta del PSOE: la acusación que recorre el análisis
El otro gran eje es la tesis de que el PP no es oposición, sino continuidad.
El PP y el PSOE votan igual el 90% de las propuestas en Bruselas, se repite, y de ahí nace la conclusión de que el partido de Feijóo solo sirve para consolidar los pasos que da el Gobierno. La frase que resume esta postura es que el PP es la muleta no ya del PSOE, sino de toda la izquierda, subvencionando sindicatos y chiringuitos.
Desde ese marco, la culpa de Alvise no es de Alvise. Es del PP, que fue tan laxo en su día que de ahí surgió Vox, y tan laxo después que de ahí ha surgido Alvise. La cadena causal se estira hasta el gobierno de Rajoy y se cierra con una sentencia:
hasta que el Partido Progre no desaparezca, o hasta que los votantes del PP asuman que votan a un partido progre, en España no volverá a gobernar un partido de derechas. Y va ya desde 2004.
El votante que no vuelve: veinte años de castigo al PP
Hay un dato de comportamiento que explica más que cualquier encuesta:
algunos votantes no volverán a votar al PP en su vida. La última vez fue en el año 2000 y pueden esperar sentados. Ese electorado no se ha ido a Vox ni a Alvise por entusiasmo, sino por castigo. Y mientras no se sienta representado, cualquier cálculo de mayoría alternativa nace cojo.
La discusión deriva entonces hacia el futuro inmediato.
Sánchez aguantará mínimo dos años, se afirma, porque el desgaste no le corre prisa y el ciclo puede alargarse una década. El escenario que se dibuja es el de una economía de subsistencia y subsidiada, con población envejecida sin ahorros y una gestión que se parece cada vez más a la japonesa.
Japón 2, lo llaman.
¿Sirve de algo votar a Alvise si no puede gobernar?
Para una parte del análisis, sí: sirve para sacar la mierda del PP y de Vox, y luego la del PSOE y Podemos. Para otra, es un voto inútil que solo divide. La respuesta que se impone en el intercambio es que Alvise no ha venido a gobernar, sino a romper. Y que mientras el PP siga siendo percibido como socialista, progre y vacunado, ni con un palo.
El cierre lo pone la propia dinámica: si el PP hubiera tenido cuarenta escaños, a Pedro se la hubiera sudado. Con tres menos y tres fugados, la cuenta cambia. La predicción, con reservas, es que el PP seguirá creyendo que todo el voto no socialista le pertenece y acabará por recibirlo con asco. Fenómenos como este, y el millón fijo de votantes de centro anticorrupción que jamás se entregarán, no son un error estadístico. Son la nueva aritmética.