La abstención supera el 50% en las europeas
El dato circula por los márgenes del relato oficial: la participación se quedó en el
49,2%, lo que significa que el
50,8% del censo no pasó por la urna. La lectura más repetida entre quienes siguen la cita con desdén es que ese medio censo ausente constituye, de facto, la primera fuerza del país. Y la segunda lectura, menos épica, es que a nadie con poder real le tiembla el pulso por ello.
El argumento de fondo no es nuevo, pero esta vez viene con cifra redonda. Un parlamento elegido con la mitad del censo en casa, ¿tiene la misma autoridad para decidir sobre guerra, deuda o fronteras? Hay quien sostiene que la legitimidad es una construcción y que las mayorías se fabrican con los que van; en contra pesa el detalle de que
un 30% de participación ya basta para gobernar sin que nada se rompa.
¿Cuánta gente votó realmente en las elecciones europeas del 9J?
La cifra que se maneja es la del
49,2%, pero el porcentaje tiene trampa: los votos de residentes en el extranjero se incorporan días después. Con un censo exterior de
unos dos millones y pico de personas y una abstención histórica del
97% en ese colectivo, el cálculo que circula es que la participación final caerá hasta el
45%, en línea con las tres convocatorias anteriores.
La comparación con
2019 es la que más se repite: aquel año se votó el mismo día que autonómicas y municipales, lo que infló la cifra sin que hubiera más entusiasmo, solo más colegios abiertos y una papeleta más en la mano. El truco, dicen, no se repite esta vez.
El pulso entre abstenerse y votar en blanco
La discusión deriva rápido hacia la utilidad del gesto. Un bloque defiende que la abstención es la única señal que los partidos leen con claridad:
si más de la mitad del censo no vota, el ganador sabe que su mandato nace cojo. Otro bloque responde con el caso de
Escaños en Blanco, que en estas elecciones logró
20.586 votos, el 0,1% del total, y cero escaños. La conclusión que extraen es que el sistema está blindado: mientras un partido tenga un
5% del electorado, ya entra en el reparto, y el voto en blanco, aunque sumara el
95%, no vale nada.
La contraoferta es la del partido instrumental: si todos los abstencionistas votaran a una formación que dejara sus escaños vacíos,
una mayoría superior al 50% bloquearía cualquier votación en el parlamento. Suena a trolleo institucional, y probablemente lo sea, pero es la única propuesta que convierte el descontento en aritmética.
La legitimidad como problema práctico, no moral
El salto del plano simbólico al material lo da un argumento incómodo:
los 700.000 millones de presupuesto que maneja el Estado, con coches, dietas, jubilaciones doradas y contratas, no se van a dejar de repartir porque la participación sea baja. La pregunta que se lanza es qué funcionario, qué pensionista o qué parado renuncia a su nómina para forzar un cambio de régimen.
Ahí el debate se atasca. Unos sostienen que la moral solo opera cuando ya no hay dinero; otros, que la percepción de desafección masiva sí condiciona decisiones en momentos límite, como una guerra. El ejemplo alemán se cuela en la conversación:
más participación, caída de los verdes y subida fuerte de Alternativa para Alemania. Cada bando lee ahí lo que quiere.
El punto exacto donde el análisis se rompe es este: nadie ha demostrado que un parlamento con la mitad del censo ausente deje de legislar, y nadie ha demostrado tampoco que esa mitad ausente sea irrelevante. Las dos cosas se sostienen a la vez, y ahí sigue la discusión.