De repartidor a los 14 años a dueño de Inditex: la escuela, a examen
Amancio Ortega empezó a trabajar con 14 años como repartidor en la Camisería Gala, en La Coruña. Después pasó al mostrador de La Maja, otra tienda textil de la ciudad, donde adquirió sus primeras nociones de confección y conoció a Rosalía Mera. Por las noches y los fines de semana empezaron a coser diseños propios; al poco, aquello era ya un oficio a tiempo completo. De esa secuencia, mil veces repetida en biografías empresariales, se extrae una conclusión incómoda: el colegio no fue lo que le puso donde está. La pregunta es si sirvió para algo más que para acreditar que sabía leer.
¿Para qué sirve la educación obligatoria?
Hay una corriente que lo formula sin rodeos: la enseñanza reglada no enseña nada útil,
domestica. Los contenidos —las ecuaciones laberínticas del BUP, la física y la química a los doce años— serían ruido de fondo para que el alumno aprenda a obedecer, a fichar y a aguantar jornadas soporíferas. El juego etimológico que se repite es el de maestro y amaestrar. Y la prueba estrella es el fracaso de los idiomas: años de gramática inglesa y universitarios incapaces de conversar con un niño británico de cinco años.
Frente a eso, otra lectura sostiene que el diagnóstico confunde el mapa con el terreno. La escuela puede ser lenta, burocrática y aburrida, pero sigue siendo el único mecanismo que da una oportunidad a quien no tiene contactos.
Estudiar no garantiza nada; no estudiar tampoco. Lo que hace el sistema, con todos sus defectos, es repartir credenciales que de otro modo se repartirían por apellido.
El matiz que se cuela aquí es el de la especialización. Se dice que un experto es alguien que sabe cada vez más sobre cada vez menos, hasta saberlo todo sobre nada, mientras el sabio sabe un poco de mucho y conecta lo que sabe. Suena bien. El problema es que ese sabio difuso también necesita comer.
El enchufe contra el riesgo: dos relatos del mismo éxito
El mecanismo real de ascenso, se argumenta, no es el mérito sino la posición. Hijos de la élite en puestos de mando, con expedientes brillantes y torpeza evidente ante un atril. El ejemplo recurrente es el de quienes terminan primeros de su promoción y luego se atascan leyendo un discurso escrito por otro. No es genética: es colocación.
En el otro platillo está el propio Ortega. Sin estudios primarios completos y con una fortuna levantada desde cero, según esta versión, a base de riesgo y de estar en el sitio correcto cuando tocaba. Entre ambos relatos queda un hueco que nadie tapa: por qué miles de personas con un perfil idéntico al suyo no acabaron fundando nada.
¿Por qué desaparece la Filosofía de la ESO?
Porque se eliminó de la etapa obligatoria, y con ella desaparece la única aproximación a la materia en toda la enseñanza básica. En 2018 el PSOE firmó en el Congreso, junto al resto de partidos, un acuerdo para reforzar la Ética en cuarto de la ESO. Según las críticas, ese compromiso no solo no se cumplió: la asignatura salió del currículo obligatorio y los alumnos pasan la enseñanza básica sin estudiarla.
La defensa de la materia choca con su propia pedagogía. Explicar la caverna de Platón a base de trabalenguas tiene un efecto medible en el aula: desconexión. Quien lo intenta con quince minutos de clase magistral pierde al alumnado en los dos primeros. La discusión, entonces, no es solo si la Filosofía debe estar, sino cómo se enseña sin convertirla en un peaje memorístico más.
Algodón, uigures y un convenio congelado: el otro lado de Inditex
El retrato del emprendedor autodidacta convive con otra documentación. La ONG Earthsight rastreó durante una década
816.000 toneladas de algodón vinculadas, según su investigación, a la deforestación de El Cerrado brasileño y a vulneraciones de derechos humanos. Buena parte de ese material llevaba el sello de algodón sostenible Better Cotton y acabó en prendas de Inditex y H&M.
En Francia, Inditex y otras tres multinacionales son objeto de la primera denuncia presentada en Europa contra el sector textil por presuntamente beneficiarse del trabajo forzoso de la minoría uigur. El sindicato CGT sostiene que el convenio lleva una década congelado. Y en 2011, recuerda la hemeroteca, el Ministerio de Trabajo brasileño liberó a quince trabajadores bolivianos y peruanos en dos talleres clandestinos de Sao Paulo.
Quienes desconfían de estas fuentes —informes de ONG, sindicatos, denuncias— recuerdan que la alternativa laboral de muchos de esos trabajadores era peor. Es el clásico argumento del mal menor, y tiene la virtud de comparar siempre contra el peor escenario posible y nunca contra el deseable.
Mercadona como laboratorio: meritocracia frente a urnas
El experimento mental parte de una premisa simple: si un director de tienda lo hace mal, se le aparta, sin urnas de por medio. Trasladado a la política societaria, el escenario sería otro: una cadena competidora financiaría la campaña de un candidato con promesas de mejores sueldos y más vacaciones, mentiras electorales sin consecuencias, para sabotear desde dentro a la empresa rival. La conclusión que se extrae es que ciertos modelos funcionan precisamente porque no se votan.
La objeción llega sola. Ninguna empresa reparte soberanía, y confundir eficiencia con legitimidad es el error de partida. Una cosa es que un sistema productivo seleccione buenos gestores y otra muy distinta que eso sirva de modelo para organizar una sociedad.
Con estos mimbres, el análisis se atasca justo donde empezó. Si la escuela domestica, el que escapa es la excepción. Si domestica y además acredita, el que escapa es el afortunado. Ortega sirve como prueba en los dos sentidos y no cierra ninguno. Queda una tercera lectura que casi nadie quiere hacer en voz alta: tal vez no haya que elegir, y el sistema haga las dos cosas a la vez.