El bulo del Challenger: los astronautas que estarían vivos
El 28 de enero de 1986, el transbordador Challenger se desintegró 73 segundos después del despegue. La comisión oficial concluyó que una junta tórica falló por el frío. Pero hay una versión que circula en foros y redes: que la tripulación no iba a bordo, que el accidente fue un montaje y que los siete astronautas siguen vivos con identidades nuevas. El detonante sería un documental de 2023,
Level With Me, de Sean Hibbeler, donde supuestamente aparecen Judith Resnik y Michael J. Smith. La tesis se apoya en un parecido físico que, según quienes la defienden, «da miedo».
¿Qué pruebas sostienen que el Challenger fue un montaje?
La teoría no se apoya en documentos desclasificados ni en análisis técnicos. Se apoya en caras. En concreto, en que Judith Resnik, una de las especialistas de misión fallecidas, tendría una doble actual con el mismo nombre, la misma edad y un parecido que se describe como «de nariz, cejas y mentón». El hallazgo se habría producido en redes sociales, y desde ahí saltó a un documental que entrevista a los supuestos supervivientes. La comisión de 2024 que se menciona en el rastro del bulo no ha aportado ninguna evidencia verificable.
El mecanismo es siempre el mismo: se coge una fotografía antigua, se envejece con herramientas digitales y se publica como prueba. Cualquiera con un ordenador puede hacerlo. La pregunta no es si el parecido existe, sino por qué alguien se tomaría el trabajo de fingir su propia muerte durante casi cuatro décadas para luego aparecer en un documental de YouTube.
El patrón que se repite: del Challenger al 11-S
Lo llamativo no es la teoría en sí, sino su estructura. Es idéntica a la que rodeó a los pilotos y tripulantes de los vuelos del 11-S: personas que supuestamente murieron y que luego aparecieron en otros estados, con los mismos nombres y las mismas caras, trabajando en lo mismo. El patrón se repite con una fidelidad sospechosa: mismo nombre, misma edad, misma profesión, mismo parecido. Como si el guion lo hubiera escrito la misma persona.
Hay quien sostiene que todo esto es una cortina de humo para desviar la atención de algo más gordo. Otros apuntan a que la NASA nunca tuvo intención de llevar civiles al espacio y que el Challenger era una operación de imagen para no ser menos que los rusos. La maestra Christa McAuliffe, seleccionada entre 11.000 docentes para dar dos clases desde el espacio, sería la pieza más emotiva del teatro. Su familia la vio morir en directo. En el documental, según quienes lo han visto, los padres aparecen riéndose por lo bajini después de la explosión. Ese detalle, más que cualquier parecido facial, es lo que ha convencido a muchos.
Los datos que la teoría no explica
La versión oficial tiene un problema: no cuadra con la reacción de las familias. La versión alternativa tiene otro: no cuadra con la física. Durante 32 meses no se lanzó ningún transbordador. Se cambió la composición del combustible de los cohetes. El Discovery volvió a volar a finales de septiembre de 1988. Si todo fue un montaje, ¿por qué parar el programa casi tres años y rediseñar los motores? ¿Por qué asumir el coste político y económico de un desastre que nunca ocurrió?
Hay una hipótesis que intenta cerrar ese círculo: que el Challenger se sacrificó para forzar un periodo de distensión con la Unión Soviética antes de su colapso. Mijail Gorbachov entró a presidir el Soviet Supremo el 1 de octubre de 1988, un mes después del retorno del Discovery. Cinco años más tarde empezaron los vuelos conjuntos a la Mir. Demasiadas coincidencias para unos, simple causalidad para otros.
Por qué el bulo del Challenger no muere
Las teorías de este tipo no necesitan ser verdaderas. Necesitan ser entretenidas. Y esta lo es: tiene caras conocidas, un documental, una comisión, un patrón que se repite y un final abierto. Cada vez que alguien pregunta «¿y si fuera verdad?», la teoría gana un nuevo converso. La duda es el combustible. La evidencia, el freno. Y en este caso, el freno no parece estar funcionando.