Ana Botín y el relato de la banquera que se hizo a sí misma
Hay frases que se desmontan solas. «Aunque parezca mentira, a Ana Botín (Santander 1960) nadie le ha regalado nada», escribía
El Español al anunciar que el próximo martes la entidad le entregará el premio León por su trayectoria empresarial. La propia publicación presume de que la banquera, nacida en Santander en 1960, se ha labrado su carrera sin ayuda. La reacción no se hizo esperar: si algo ha demostrado el apellido Botín es precisamente lo contrario, que el apellido pesa más que cualquier currículum.
El galardón, entregado por el mismo medio que lo glosa, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto de la trayectoria de la presidenta del Santander es mérito propio y cuánto es
herencia? La respuesta que da el material disponible no deja mucho margen a la épica.
De la expulsión del banco a la presidencia del Santander
La biografía oficial omite un detalle que, según algunos mensajes, la propia familia se encargó de airear: su padre, Emilio Botín, la apartó de la primera línea del banco. «En honor a la verdad, su padre la echó a patadas del banco», resume un mensaje. Otro añade que «empezó en un garage» y que después su progenitor «la enchufó en su banco y lo terminó heredando». La versión edulcorada de la trayectoria empresarial choca con la cronología familiar.
El detalle del garage es, en realidad, una ironía: la heredera no empezó descargando camiones ni vendiendo vajillas, pero el relato del esfuerzo personal se sostiene mal cuando el apellido abre todas las puertas. «Empezó descargando en la nave los camiones con electrodomésticos y vajillas que regalaban con el banco y de ahí pá rriba», ironiza un comentario. «El que no prospera es porque no quiere».
La pregunta que sobrevuela el asunto es la que plantea un mensaje directo: «¿No heredó nada de él? ¿Vivió en la calle o, por el contrario, se educó en los mejores privados e hizo másteres de esos para hacer contactos con todos los que nos gobiernan?». La respuesta, por conocida, no necesita desarrollo.
El premio León y el crédito que necesita Pedro Jota
El premio León de El Español tiene una lectura menos épica. «Pedro Jota tiene un diario ruinoso y necesita pedir un crédito al Santander», apunta un mensaje que resume la sospecha de fondo: los galardones empresariales rara vez son desinteresados. El medio que concede el premio es el mismo que publica el elogio. La simbiosis no es nueva, pero conviene recordarla cada vez que alguien confunde reconocimiento con independencia.
La cita completa del anuncio incluía una joya: «La Inteligencia Artificial compatible con la transición verde, y el negocio típico bancario adaptado a los nuevos tiempos del digital first». La frase, que suena a nota de prensa pasada por tres departamentos de comunicación, fue recibida con guasa. No es lenguaje humano; es lenguaje corporativo reciclado.
La acción del Santander y el accionista de 90 años
Más allá del premio, los números del banco cuentan otra historia. Un mensaje aporta un cálculo concreto: «En 5 años la acción se ha revalorizado un 400%. Si hubieras invertido 10.000 euros de nada en acciones del Santander, habrías comprado unas 5.988 acciones y hoy tendrías unos 50.119 euros». El dato, presentado como prueba de buena gestión, admite lecturas opuestas según el punto de partida que se elija.
La anécdota que mejor retrata la distancia entre el relato y la realidad es la de la junta de accionistas. «Después de que esta tía contase los maravillosos resultados que había obtenido el banco, un accionista de 90 años levantó la mano y preguntó: Doña Ana, si el banco va bien, la acción por qué no para de bajar?». La pregunta sigue sin respuesta convincente.
El digital first y el resto del negocio
La presidenta del Santander ha convertido el digital first en su bandera. El problema es que el negocio bancario tradicional sigue sosteniendo las cuentas mientras el relato tecnológico se lleva los titulares. La frase del premio mezcla inteligencia artificial, transición verde y banca digital en una sola línea, como si fueran sinónimos. No lo son.
En el fondo, el asunto del premio es menor. Lo relevante es el patrón: una y otra vez, el poder económico se concede premios a sí mismo y luego exige que el resto lo aplauda. La banquera hecha a sí misma es la versión financiera del emprendedor que empezó con un préstamo de papá. Nadie discute que haya trabajado; se discute que el punto de partida fuera el mismo que el de los demás.
Con estos mimbres, la pregunta no es si Ana Botín merece el premio. Es si alguien se atrevería a no dárselo.