Kate Mulvey, 63 años y sola: «El feminismo arruinó mi vida sentimental»
A los 63 años, la escritora y locutora británica Kate Mulvey ha publicado un artículo en
The i Paper en el que sostiene que el feminismo de segunda ola le arruinó la vida amorosa. La autora, que no ha tenido hijos ni ha contraído matrimonio, asegura que su educación en los mantras de Germaine Greer y Betty Friedan la llevó a tratar cada cita como un combate intelectual y a despreciar gestos tan elementales como recibir flores. El texto, traducido y discutido en medios y redes, ha reabierto el debate sobre los costes personales de la liberación sexual y laboral de las mujeres de su generación.
Qué dice exactamente Kate Mulvey sobre el feminismo
Mulvey se describe a sí misma como una mujer que a los 25 años ya era «brillante, segura y feminista», que leía a Nietzsche por diversión y que presumía de no dejar nunca que un hombre tuviera la última palabra. Recuerda cómo en un viaje a Italia con su entonces novio, James, mantuvo una conversación en italiano con el camarero mientras él permanecía en silencio, y cómo después, en la habitación del hotel, él le reprochó que lo hubiera hecho sentir pequeño. Ella reconoce ahora que se estaba exhibiendo.
El artículo no es una simple confesión sentimental. Mulvey sostiene que el feminismo de los años setenta le vendió la idea de que el matrimonio y la domesticidad debían evitarse «como la peste» y que los hombres eran competidores, no compañeros. El resultado, según su propio relato, es una carrera profesional exitosa como escritora y locutora, pero una vida afectiva salpicada de relaciones cortas y una
soledad que ahora, a los 63, considera un precio excesivo.
Los hombres la llamaban «intimidante» y ella lo tomaba como un halago
Mulvey relata que sus parejas potenciales le decían que era «un soplo de aire fresco» o «la primera mujer que me estimula», hasta que la cosa se torcía. «Nunca ganarás una discusión contra Kate», comentó uno de ellos al verla imponerse en una disputa. La autora interpreta ahora ese comentario como una advertencia: no te molestes.
El texto incluye un episodio especialmente revelador. Un pretendiente le regaló un ramo de flores y ella, en lugar de agradecerlo, le espetó si no podía comprarle aceite de oliva o vinagre balsámico. El hombre había pensado en hacerla feliz y ella lo aplastó. Mulvey admite que confundía la vulnerabilidad con debilidad y que usaba su agudeza mental como escudo para proteger un corazón demasiado blando.
Las relaciones esporádicas y el vacío de la mañana siguiente
Otro de los arrepentimientos que confiesa es su historial de encuentros sexuales esporádicos durante la juventud. Recuerda haber pensado que rechazar a los hombres que conocía en fiestas era «poco cool», y describe la desconexión que sentía al despertar mientras ellos canturreaban en la ducha antes de marcharse. Se sentía vacía y utilizada. Su generación, escribe, fue animada a tener relaciones sexuales como los hombres, y aquello le salió mal.
Mulvey cita el libro de Louise Perry
A New Guide to Sex in the 21st Century: The Young Adult Adaptation, que sostiene que la revolución sexual perjudicó a las mujeres y que las relaciones esporádicas, las aplicaciones de citas, la pornografía y la normalización de determinadas prácticas las exponen a enfermedades y violencia en un contexto donde el sexo prematrimonial es la norma.
El giro final: dejar que ellos lleven la iniciativa
La autora aclara que no pretende convertirse en una mujer sumisa ni renunciar a su inteligencia. Lo que ha aprendido, dice, es a dar un paso atrás y dejar que sus citas o parejas tomen la iniciativa. Le sorprende lo fácil y pacífico que resulta. No es rebajarse ni transformarse en un estereotipo, sino bajar un poco el volumen propio para que el otro brille. Termina con una invitación abierta: su agenda está libre.
El texto ha generado reacciones encontradas. Hay quien sostiene que Mulvey confunde un problema personal con un diagnóstico generacional, y quien argumenta que su arrepentimiento solo aparece porque ha terminado sola, no porque haya cambiado de ideas. Otros apuntan que su caso ilustra un fenómeno más amplio: mujeres que alcanzaron la independencia económica y afectiva y que, al llegar a la vejez, descubren que la soledad no era el precio de la libertad, sino su consecuencia no prevista.
El análisis se atasca en un punto incómodo. Mulvey atribuye su soledad al feminismo, pero no explica por qué otras mujeres de su generación, educadas en los mismos mantras, sí construyeron familias. La respuesta quizá no esté en la ideología, sino en el carácter. Y eso no se arregla con una enmienda a la totalidad de una corriente de pensamiento.