Aranceles de Trump: el doble rasero que nadie quiere reconocer
¿Por qué indigna el arancel de Trump y aplaudimos el de la UE a los coches chinos? Esa es la pregunta que abre un debate que lleva 537 días coleando y que, en el fondo, no va de aranceles: va de quién puede usarlos sin que le llamen fascista. El planteamiento inicial es directo: si el Estado intervenir en la economía es lo que defienden los rojos, ¿por qué les molesta cuando lo hace Trump? ¿O es que ahora toca reivindicar la propiedad privada, la libertad de empresa y el libre mercado, que según el chascarrillo son cosa de fachas?
La respuesta que domina el arranque del hilo es la coherencia selectiva. Se recuerda que la UE aprobó aranceles del 40% a los coches chinos y que entonces nadie rasgó vestiduras. El argumento se extiende: cuando Europa grava productos de fuera, la recaudación es sostenible porque va a Sanidad y Educación; cuando la aplica Trump, es fascismo puro. La simetría, o su ausencia, se convierte en el eje del intercambio.
¿Por qué se acusa a Trump de intervencionista y a la UE no?
El núcleo del choque está en si los aranceles son una herramienta neutral o un instrumento que solo se legitima según quién los firme. Una parte sostiene que cualquier país puede responder con sus propios aranceles, y que de hecho lo está haciendo, de modo que hablar de asimetría es una simpleza. La réplica llega en forma de sospecha: que un país mediano imponga aranceles a las multinacionales estadounidenses y acabe señalado como tirano, mientras se invoca a la caballería internacional para «liberar» su territorio, es un patrón conocido.
Ahí se enciende el intercambio. La discusión deriva hacia el trato desigual entre potencias: se pregunta qué sanciones internacionales ha recibido Estados Unidos por intervenciones en Granada, Yugoslavia, Somalia, Haití, Afganistán o Siria, frente a las que se aplican a Rusia. La respuesta del otro lado es que eso no convierte en correcto lo que simplemente hace mucha gente. La distinción entre lo correcto y lo que se hace se convierte en el reproche recurrente.
El IVA y los aranceles: el cálculo que se repite
Uno de los aportes más concretos del intercambio es la comparación fiscal. Se argumenta que el IVA y los aranceles se parecen: el arancel grava lo de fuera y protege la producción nacional; el IVA grava todo. Se añade que en Estados Unidos no existe un IVA federal, sino un impuesto sobre el producto final que oscila entre el 2% y el 8% según el estado, de modo que vender allí expone al consumidor final a un tipo del 22% al 28%, mientras aquí se acumula un 20% más un 21%, un 41%. La conclusión que se extrae es incómoda: España ha subido impuestos de forma salvaje y ahora se escandaliza por los que aplica Trump en su país. El cálculo completo, con el desglose por tramos, da una diferencia que sorprende y que no cabe en un párrafo.
Marruecos, China y el cine: los aranceles que no se ven
El hilo amplía el foco a barreras comerciales que rara vez salen en portada. Se menciona que Marruecos aplica un 80% de aranceles a España y que entonces se pide resiliencia para favorecer a los mercados emergentes, mientras que un arancel del 0% para que entren tomates se justifica con el argumento de que los aranceles son fascistas. El ejemplo chino es el más detallado: solo se permiten 34 películas extranjeras al año, con veto durante el año nuevo chino, y los coches soportaban un 15% mínimo antes de Trump, que sube si la cilindrada supera los 2,5 litros. A eso se suma la acusación de fusilar propiedad intelectual inyectando dinero detraído de los salarios. El patrón es el mismo: se restringe un sector, se protege la industria propia y luego se exige igualdad de trato.
Nacionalizaciones, privatizaciones y el pasado que no se aclara
La conversación deriva hacia el histórico de intervención estatal en España. Se citan Telefónica, fundada por el Gobierno de España, con Franco adquiriendo tres cuartas partes de la empresa en 1945 —una adquisición incompleta, no una expropiación—, e Iberdrola, fruto de la fusión de Hidroeléctrica Española e Iberduero. La pregunta que queda flotando es incómoda: si se critica la nacionalización, ¿estuvo bien privatizar todo lo que se privatizó después? ¿O eso también era cosa de rojelios? Nadie cierra la respuesta.
El intercambio se degrada por momentos en insultos y descalificaciones personales, con acusaciones cruzadas de no leer, de responder con evasivas y de recurrir al ignore. La discusión sobre aranceles queda enterrada bajo el ruido.
Al final, la pregunta inicial sigue sin respuesta. Unos ven coherencia en gravar lo de fuera según quién lo firme; otros, simple hipocresía. Y mientras tanto, los aranceles siguen ahí, recaudando. Ironía seca: los únicos que parecen tenerlo claro son los que cobran.