Aranceles de Trump: el intento de forzar a la Fed y por qué el mercado ya no se fía
El 4 de abril de 2025, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años cayó por debajo del 4%, hasta el 3,97%, su nivel más bajo desde octubre de 2024. No fue un movimiento de mercado espontáneo: según el análisis que abrió este asunto, fue la respuesta a una jugada deliberada. La tesis es que la administración estadounidense necesita refinanciar vencimientos a corto plazo —letras a 1 mes al 4,30%, a 3 meses al 4,28%, a 6 meses al 4,16% y a 1 año al 3,89%— y que la vía elegida para abaratarlos es asustar a los mercados con aranceles agresivos para que la
Reserva Federal baje tipos antes de esas fechas de vencimiento.
El símil que circula es doméstico: es como si un particular pudiera manipular el mercado para bajar el euríbor un mes antes de la revisión de su hipoteca. La diferencia es que aquí el particular maneja la mayor economía del planeta y el arma es un anuncio arancelario.
Qué se persigue con los aranceles y por qué el cálculo no sale
La mecánica del plan, tal como se describe, tiene dos fases. Primero, tumbar los mercados para forzar a la Fed a recortar tipos y reducir el coste de refinanciar la deuda. Segundo, una vez conseguido, retirar los aranceles avisando antes a los aliados. El problema es que la fase uno no ha corrido lo rápido que se esperaba y, ante el riesgo de colapso, se habría pasado directamente a la fase dos.
El argumento central de quienes dudan del éxito de la jugada es que el farol se ha lanzado contra terceros países que ya no están dispuestos a tragar. «A los chinos no los engaña», resume una de las intervenciones más repetidas. La idea de fondo es que Estados Unidos sigue actuando como si estuviera en 1990, tras la caída de la URSS, cuando el mundo ha cambiado: hay países con población formada, capacidad industrial y ganas de no aceptar el papel de comparsa.
La confianza en el dólar y en los bonos, en cuestión
Más allá del coste de la deuda, el daño señalado es otro: la fiabilidad. «Tras la traición a Ucrania y el me la sudais todos de los aranceles, Trump ha evidenciado que no es fiable y que guarda una daga en la manga también para sus aliados», sostiene una de las tesis más citadas. La pregunta que se lanza es quién va a apoyar a Washington cuando proponga sanciones contra Irán o Venezuela, o quién va a invertir en bonos del Tesoro si el marco se percibe como un tablero de negociación unilateral.
Hay quien compara el movimiento con otros precedentes que también erosionaron la credibilidad del sistema: la confiscación de reservas rusas, la emisión masiva de dólares durante la pandemia o las maniobras judiciales para apartar candidatos incómodos. La conclusión compartida es que este tipo de genialidades a corto plazo se pagan a medio y largo.
El efecto en la bolsa: liquidez y desconfianza
La recomendación que se repite es la de estar en liquidez y mirar los toros desde la barrera. El argumento no es solo el riesgo arancelario: también pesa la sensación de que el mercado está intervenido. «Después de ver cómo un presidente de Estados Unidos publicita dos memecoins de pump & dump el día de su nombramiento, hay que estar en liquidez», resume una intervención.
No todos comparten el diagnóstico. Hay quien sostiene que las bolsas iban a corregir de todos modos porque habían subido mucho durante el ciclo electoral, y que técnicamente el mercado estadounidense aún no ha perdido la media de 200 sesiones. Para este sector, la caída es una oportunidad para quienes invierten en dividendos, no una señal de colapso.
El trasfondo: deuda, reindustrialización y quién paga el ajuste
El marco de fondo es la deuda estadounidense. Se apunta a que este año hay que refinanciar una cifra enorme de deuda y que la cuenta de intereses se convertirá en el mayor ítem del gasto público. La lectura pesimista es que el país está en bancarrota técnica y que la única salida es un ajuste brutal, con la particularidad de que se intenta que el marrón lo paguen los vasallos y no solo ellos.
La lectura optimista, defendida con vehemencia, es que se trata de un reset a medio y largo plazo: negociar cada importación y exportación país por país, como haría cualquier empresario, y desmontar el cambalache de las últimas décadas. El contraargumento es que una fábrica no se levanta en quince días y que el coste de producir en Estados Unidos —hormigón, energía, salarios— hará que el votante medio pague más por todo mientras espera una reindustrialización que no llega.
El dato que descoloca no es la caída del bono a 10 años. Es que, con los tipos a corto plazo aún por encima del 4%, el mercado de bonos se haya convertido en el escenario donde se libra una partida que nadie sabe cómo termina. Y que la pregunta ya no sea si la Fed baja tipos, sino si alguien se cree lo que firma Washington.