Inmobiliaria: Andrea, 50 años, vive en una habitación de alquiler: "Comparto piso para poder darme algún capricho y no solo llegar a fin de mes"

RonnieColeman

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4 Mar 2020
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Hay veces en que hay que tomar decisiones drásticas, como elegir entre la independencia de un hogar unipersonal con todos los gastos que conlleva, o compartir domicilio para poder darse "algún capricho en lugar de pensar solo en llegar solo a fin de mes". Fue la tesitura a la que se vio abocada hace unos meses la barcelonesa Andrea N., con 50 años recién cumplidos. "Lo importante es que tus ingresos no se vayan solamente en la vivienda y los gastos básicos, si no que te permitan hacer cosas que te hagan feliz". Llegó a esa conclusión y pasó a residir con otra persona, una conocida, en un piso del Maresme, en el que paga 500 euros con gastos incluidos. Antes abonaba 850 por un micropiso en Barcelona, más suministros, de modo que cada mes era una carrera de resistencia. Es uno de tantos casos de convivencia de conveniencia.

Como muchas personas, Andrea vivió durante años en pareja, hasta que se separó hace una década y tuvo que replantear toda su economía doméstica. Primero residió unos meses en un piso compartido con desconocidos donde la pequeña habitación le proporcionaba sus "únicos momentos de intimidad". "Fue una mala experiencia", resume. Regresó un tiempo al hogar materno, pero por fin se hizo con un alquiler en solitario en el barrio de Sants, aunque a costa de una planificación de gastos estricta que le dejaba espacio para pocas alegrías. Ni para poder formarse en ámbitos en los que siempre ha estado interesada y a los que espera poder dedicarse a corto plazo.

El año pasado decidió dar un golpe de timón para lograr pulmón financiero. No conseguía cruzar el umbral de unos ingresos superiores a los 1.500 euros, ni en el sector de la hostelería ni en otros en los que ha trabajado regularmente: "Es el mismo dinero que ganaba hace diez años, pero con precios mucho más altos por la vivienda". Así que tras mucho darle vueltas, se mudó de municipio analizando bien el aterrizaje: "Hay que intentar al menos compartir con alguien con quien la convivencia sea buena y que se respete la privacidad de cada uno". Ella además tiene horarios distintos a los de su 'casera', también separada y con un contrato de arrendamiento de hace años y los suficientes metros cuadrados.

Desde entonces se puede permitir retomar cursos, practicar aficiones, comer fuera de casa y algún viaje. "Esto era para mí imprescindible y hace que merezca la pena alquilar una habitación, aunque espero que sea algo temporal", explica a este diario.

Vulnerabilidad y familia​

Muy distinto es el caso de José L., de Honduras y residente hace más de tres años en una habitación en un piso de Badalona, junto a su mujer y un descendiente pequeño. "No tengo todavía los papeles de residencia y es imposible conseguir un alquiler sin un contrato fijo", resume. En sus primeros meses en la ciudad convivió con algunos compatriotas en similar situación en una vivienda de la Verneda, aunque al llegar su familia buscó un techo compartido pero menos concurrido.

Pese a que sus ingresos en el sector de la construcción le permitirían un alquiler de unos 800 euros, se tiene que resignar a la habitación por la que pagan 575 euros más unos 100 de gastos, lo cual es bastante más de la mitad del alquiler que abona la persona titular del contrato. "Es lo que hay de momento", señala con la esperanza puesta en la regularización que le permita avanzar. La población extranjera es la que vive con más vulnerabilidad en hogares compartidos.

El universo de situaciones distintas, que va del reparto equitativo del alquiler, a precios disparados, incluye casos singulares, como un bloque del Poble Sec estructurado en distintas viviendas que se alquilan por habitaciones desde 350 euros con gastos incluidos, así como estudios de unos 25 m2 por 450. No hay contratos ni estancias mínimas, aunque algunos residentes llevan años conviviendo y se relevan con amigos y conocidos por el boca-oreja. "Hay buen ambiente y como los precios están bien para ser Barcelona, la gente se queda mucho tiempo", relata Tomás, un camarero de 56 años, que también se dedica a la música y suma ya cuatro veranos en la finca. Entre los compañeros que pueblan en edificio hay muchas profesiones bohemias, de ingresos irregulares, pero que incluso han podido negociar pagos aplazados. El propietario es un particular y una persona gestiona el día a día de la comunidad, que rechaza desvelar su ubicación exacta.

Según el último informe sobre hogares compartidos del Observatori Metropolità de l'Habitatge, publicado hace unos meses con datos hasta 2024, los hogares complejos sin vínculos entre sus cohabitantes destinan el 45,1% de sus ingresos al pago de la vivienda, frente a la media de los hogares en Barcelona (36,2%). Los que tienen vínculos familiares suelen concentrarse en barrios periféricos, frente a las que no los tienen y optan por las zonas más céntricas.

A medias​

Los municipios de la región metropolitana también han normalizado estos nuevos hogares. Ese es el caso de Gerard y Paula, dos amigos de 28 años, quienes comparten un piso en Mollet del Vallès porque no pueden permitirse ni pagar una vivienda o estar de alquiler por su propia cuenta. Él, originario de Tenerife, viajó a Catalunya para estudiar Comunicación Audiovisual en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y ahora, que está cursando un máster y está haciendo prácticas, únicamente puede permitirse una habitación en la ciudad del Vallès Occidental.

Conoció a su compañera en la carrera univesitaria y, como compartían situación económica, decidieron juntarse en el piso por el que pagan 479 euros cada uno. Ella, que antes vivía en Parets del Vallès con sus padres, trabaja en una agencia de comunicación como editora y tuvo que cambiarse de municipio porque no encontró una opción cercana a su familia. "Ahora mismo es imposible vivir solo", aseguran a este diario. "Los sueldos de hoy en día y los precios de la vivienda actuales no te permiten evolucionar más", lamentan.
 
Hay veces en que hay que tomar decisiones drásticas, como elegir entre la independencia de un hogar unipersonal con todos los gastos que conlleva, o compartir domicilio para poder darse "algún capricho en lugar de pensar solo en llegar solo a fin de mes". Fue la tesitura a la que se vio abocada hace unos meses la barcelonesa Andrea N., con 50 años recién cumplidos. "Lo importante es que tus ingresos no se vayan solamente en la vivienda y los gastos básicos, si no que te permitan hacer cosas que te hagan feliz". Llegó a esa conclusión y pasó a residir con otra persona, una conocida, en un piso del Maresme, en el que paga 500 euros con gastos incluidos. Antes abonaba 850 por un micropiso en Barcelona, más suministros, de modo que cada mes era una carrera de resistencia. Es uno de tantos casos de convivencia de conveniencia.

Como muchas personas, Andrea vivió durante años en pareja, hasta que se separó hace una década y tuvo que replantear toda su economía doméstica. Primero residió unos meses en un piso compartido con desconocidos donde la pequeña habitación le proporcionaba sus "únicos momentos de intimidad". "Fue una mala experiencia", resume. Regresó un tiempo al hogar materno, pero por fin se hizo con un alquiler en solitario en el barrio de Sants, aunque a costa de una planificación de gastos estricta que le dejaba espacio para pocas alegrías. Ni para poder formarse en ámbitos en los que siempre ha estado interesada y a los que espera poder dedicarse a corto plazo.

El año pasado decidió dar un golpe de timón para lograr pulmón financiero. No conseguía cruzar el umbral de unos ingresos superiores a los 1.500 euros, ni en el sector de la hostelería ni en otros en los que ha trabajado regularmente: "Es el mismo dinero que ganaba hace diez años, pero con precios mucho más altos por la vivienda". Así que tras mucho darle vueltas, se mudó de municipio analizando bien el aterrizaje: "Hay que intentar al menos compartir con alguien con quien la convivencia sea buena y que se respete la privacidad de cada uno". Ella además tiene horarios distintos a los de su 'casera', también separada y con un contrato de arrendamiento de hace años y los suficientes metros cuadrados.

Desde entonces se puede permitir retomar cursos, practicar aficiones, comer fuera de casa y algún viaje. "Esto era para mí imprescindible y hace que merezca la pena alquilar una habitación, aunque espero que sea algo temporal", explica a este diario.

Vulnerabilidad y familia​

Muy distinto es el caso de José L., de Honduras y residente hace más de tres años en una habitación en un piso de Badalona, junto a su mujer y un descendiente pequeño. "No tengo todavía los papeles de residencia y es imposible conseguir un alquiler sin un contrato fijo", resume. En sus primeros meses en la ciudad convivió con algunos compatriotas en similar situación en una vivienda de la Verneda, aunque al llegar su familia buscó un techo compartido pero menos concurrido.

Pese a que sus ingresos en el sector de la construcción le permitirían un alquiler de unos 800 euros, se tiene que resignar a la habitación por la que pagan 575 euros más unos 100 de gastos, lo cual es bastante más de la mitad del alquiler que abona la persona titular del contrato. "Es lo que hay de momento", señala con la esperanza puesta en la regularización que le permita avanzar. La población extranjera es la que vive con más vulnerabilidad en hogares compartidos.

El universo de situaciones distintas, que va del reparto equitativo del alquiler, a precios disparados, incluye casos singulares, como un bloque del Poble Sec estructurado en distintas viviendas que se alquilan por habitaciones desde 350 euros con gastos incluidos, así como estudios de unos 25 m2 por 450. No hay contratos ni estancias mínimas, aunque algunos residentes llevan años conviviendo y se relevan con amigos y conocidos por el boca-oreja. "Hay buen ambiente y como los precios están bien para ser Barcelona, la gente se queda mucho tiempo", relata Tomás, un camarero de 56 años, que también se dedica a la música y suma ya cuatro veranos en la finca. Entre los compañeros que pueblan en edificio hay muchas profesiones bohemias, de ingresos irregulares, pero que incluso han podido negociar pagos aplazados. El propietario es un particular y una persona gestiona el día a día de la comunidad, que rechaza desvelar su ubicación exacta.

Según el último informe sobre hogares compartidos del Observatori Metropolità de l'Habitatge, publicado hace unos meses con datos hasta 2024, los hogares complejos sin vínculos entre sus cohabitantes destinan el 45,1% de sus ingresos al pago de la vivienda, frente a la media de los hogares en Barcelona (36,2%). Los que tienen vínculos familiares suelen concentrarse en barrios periféricos, frente a las que no los tienen y optan por las zonas más céntricas.

A medias​

Los municipios de la región metropolitana también han normalizado estos nuevos hogares. Ese es el caso de Gerard y Paula, dos amigos de 28 años, quienes comparten un piso en Mollet del Vallès porque no pueden permitirse ni pagar una vivienda o estar de alquiler por su propia cuenta. Él, originario de Tenerife, viajó a Catalunya para estudiar Comunicación Audiovisual en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y ahora, que está cursando un máster y está haciendo prácticas, únicamente puede permitirse una habitación en la ciudad del Vallès Occidental.

Conoció a su compañera en la carrera univesitaria y, como compartían situación económica, decidieron juntarse en el piso por el que pagan 479 euros cada uno. Ella, que antes vivía en Parets del Vallès con sus padres, trabaja en una agencia de comunicación como editora y tuvo que cambiarse de municipio porque no encontró una opción cercana a su familia. "Ahora mismo es imposible vivir solo", aseguran a este diario. "Los sueldos de hoy en día y los precios de la vivienda actuales no te permiten evolucionar más", lamentan.
La principal: votar al PSOE y sus socios o a la extrema derecha.
Y apuesto a que Andrea N. no tomó la decisión correcta.
Pues nada, a asumir las consecuencias de lo votado.
Pero que se quede tranquila, que Pedro Sánchez quiere prohibir el alquiler de habitaciones y hace 8 años prometió que iba a construir centenares de miles de viviendas sociales. Seguro que ya deben estar casi acabadas y que una de esas será para ella.
 
tener que elegir entre

-poder vivir solo como una persona adulta y que tu existencia se reduzca a trabajar y pagar comida y consumos básicos, ver TV e internet.

-vivir como un estudiante después de los 40 o incluso desde los 50 para poder permitirte algunos caprichos como ropa que no sea la más barata, ir al cine o al teatro algún día y un par de semanas de vacaciones en verano en plan low cost

y esto es a lo que están abocados el 80% de los españoles, cifra que seguramente se alcanzará en 2030 dado que se esperan 5 millones de nuevos cotizantes hasta esa fecha

El PSOE ni me molesto en explicar lo que hace y la gran promesa del PP y futura presidenta, Ayuso, intentando adquirir un ático de 6,6 millones de euros con nuestros impuestos y el mismo día poniendo a la venta su piso actual por 1,8 millones. Uy, me han pillado, no pasa nada, venga, lo pongo otra vez a la venta

Seguid pagando impuestos. Seguid anestesiados e infantilizados. Y no olvidéis ir a votar a PP o PSOE el día de las elecciones, la fiesta de la democracia
 

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