Ángel Arroyo: 40 años del Puy de Dôme y sin jubilación a los 67
Cuarenta años después de ganar la cronoescalada del Puy de Dôme, Ángel Arroyo no puede jubilarse. No por falta de trabajo: regenta tres lavaderos de coches. El ciclista de El Barraco (1956), subcampeón del Tour de Francia en 1983, lo cuenta sin dramatizar: «En edad de jubilar estoy, pero no lo puedo hacer. Si lo dejo, no tendría ni para pagar la calefacción en invierno o el aire acondicionado en verano». La frase, dicha mientras despacha clientes en su negocio de Segovia, resume mejor que cualquier informe la economía real de una generación de deportistas españoles.
Qué hizo Ángel Arroyo en el Puy de Dôme
Ganó la decimoquinta etapa del Tour de 1983, una contrarreloj individual en la subida al Puy de Dôme.
Perico Delgado quedó segundo a 13 segundos. El líder, Pascal Simon, corrió con la clavícula rota y mantuvo el maillot amarillo, aunque nadie confiaba en que pasara los Alpes. Arroyo acabaría segundo en la general de aquel Tour, y repetiría un sexto puesto al año siguiente.
La gesta tuvo, según el relato que circula, un efecto colateral imprevisto:
Televisión Española no estaba emitiendo la etapa y, al ver lo que ocurría, habría montado la retransmisión a toda prisa y ya no la soltó. Aquel día, se sostiene, el ciclismo español volvió a existir para el gran público tras años de capa caída. Aquel Tour era una aventura, casi un motivo de pavor: en la concentración previa con el Reynolds les ponían vídeos de etapas, como la del pavé. «Parecía horrible, pero lo malo es que luego ibas y era peor todavía», recuerda.
El propio Arroyo no guarda una postal idílica de la ascensión. Buscaba la sombra de los árboles para respirar, cerraba los ojos para que le dolieran menos las piernas y tragaba avispas con la boca abierta. «Me solté de manos en la cima previa a la meta y el tipo no daba crédito», dice del rival que le seguía. Viendo repeticiones años después, admite que se quedó «con algo de gasolina en el tintero».
Por qué un subcampeón del Tour no puede jubilarse
Arroyo se retiró a los 32 años. No tenía ahorros. «Nunca he sabido lo que significa esa palabra, sólo sé lo que son los préstamos», dice. En su época, según su propio relato,
Hacienda se llevaba el 56% del salario y los ciclistas no tenían Seguridad Social. «Tuvimos muy mala suerte en esa época del
deporte porque creo que las condiciones no eran acordes», añade.
Cuando se bajó de la bici no sabía hacer otra cosa. «Cuando estás en la bici no te das cuenta de lo que pasa alrededor, fuera de ella no sabía de qué iba la cosa». Montó negocios con préstamos y sigue picando piedra casi a los 67. La cobertura, la pensión y el colchón llegan mucho después, y solo para algunos.
Los tres lavaderos: ¿patrimonio o ruina?
Aquí arranca el desacuerdo.
Tres lavaderos en Ávila, Collado Villalba y Segovia —más un negocio de casas rurales, según se apunta— no encajan con la estampa del excampeón arruinado. Un negocio con clientela fija en tres ciudades da para vivir, y más de uno calcula que solo con los beneficios tendría para retirarse. «Los venda y que se dedique a la dolce vita», resume una corriente. «No me cuadra la historia», añade otra.
Frente a eso, ser dueño de un negocio no equivale a ser rentista. Un trabajador por cuenta propia que cotiza por la base mínima cobra después una pensión acorde a lo cotizado, y mantener tres negocios abiertos a los 67 para no quedarse con la calefacción a medias no es ninguna bicoca. Pasar de ingresos activos a una pensión es bajar el tren de vida. No siempre es llorar por vicio.
Los espejos del gremio tampoco aclaran nada. Perico Delgado se reinventó de otra forma; Carlos Sastre, campeón del Tour en 2008, vive bien; y un forero recuerda que Chris Froome cobra
7,5 millones al año por correr. Otros, como Mancebo, siguen compitiendo en Japón camino de la jubilación. Arroyo presume de competirle a Perico desde el lavadero: tener tres, dice, es «para darle competencia a Perico».
La queja sobre los jóvenes que no le ha granjeado amigos
Lo que más le molesta de su trabajo es, dice, ver «jóvenes con poca sangre que no valen para esto». Prefiere contratar veteranos, «que sabes que son más organizados». La frase ha caído regular entre quienes llevan media vida trabajando. Una parte responde que la queja la lanza alguien que reconoció haberse retirado a los 32; otra, que hay un fondo de verdad en el diagnóstico.
El detalle incomoda porque mezcla dos asuntos distintos: la precariedad real de una generación de deportistas sin colchón y el juicio sobre la juventud actual. Lo primero es un problema de estructura. Lo segundo, una opinión de barra de bar.
Arroyo no verá la etapa del Puy de Dôme. Estará en la Vuelta a Ávila, porque llega a El Barraco. El lunes, a la faena temprano: «Aquí cada día es un Puy de Dome». Si nada cambia, el próximo rey de una cima histórica seguirá con la misma papeleta: una gesta que da para la conversación del café, no para pagar la calefacción.