No hubo edad de oro forestal: los montes ardían menos porque estaban esquilmados por la pobreza
La idea de que antes los pastores y campesinos gestionaban el monte con sabiduría ancestral y que por eso no había grandes incendios es una leyenda urbana con pocos visos de realidad. Los datos históricos y económicos la desmontan: en 949, un incendio arrasó entre 200.000 y 500.000 hectáreas en la Meseta Norte, un corredor de unos 200 kilómetros entre León, Castilla y el Califato. No era un castigo divino, sino probablemente una quema vinculada a una razzia del 948 que despobló la zona. Hoy, el relato de la «gestión sostenible» se usa para justificar políticas de desbroce y talas, cuando la realidad es bien distinta.
Pobreza, no sabiduría: por qué antes no se propagaban los fuegos
En el pasado, la actividad humana era intensiva y extractiva. La transhumancia movía millones de ovejas que pastaban hasta la última hierba; se cortaba cada rama para leña, se roturaba cada palmo cultivable. El monte estaba esquilmado, no gestionado. Como señalan los análisis, con el combustible tan escaso y discontinuo, el fuego se quedaba en superficie. No es que hubiera menos igniciones –todo el mundo usaba fuego a diario–, sino que no tenían por dónde correr. La causa no era ecológica, sino económica: pobreza extrema y ausencia de alternativas energéticas. La mina de carbón y la leña de las vías de tren eran el combustible de las casas, y todo lo que se pudiera rapiñar se aprovechaba.
El abandono rural del siglo XXI: el verdadero combustible de los megaincendios
El problema actual no es que se haya perdido la sabiduría, sino que se ha roto el modelo económico que mantenía el monte limpio por necesidad. La desamortización de Madoz (1855) privatizó un tercio de los bienes comunales; el franquismo empujó a seis millones de personas a las ciudades; y el desarrollismo posterior vació aún más los pueblos. Sin gente que pastoree, tale o recolecte, la masa forestal se ha disparado. Esa continuidad de combustible, unida al cambio climático, convierte cualquier ignición en un potencial megaincendio. La gestión actual, basada en ayudas a la silvicultura y quemas controladas, choca con la realidad de un campo sin mano de obra y con titulaciones minifundistas que hacen inviable la rentabilidad.
El regreso al campo: utopía o necesidad económica
Algunos defienden que la solución es repoblar el mundo rural, pero las cifras no acompañan. La renta agraria es baja, las explotaciones pequeñas y la burocracia asfixiante. Además, el discurso que criminaliza a los ganaderos y agricultores como «depredadores» choca con la evidencia de que ellos fueron, durante siglos, el principal cortafuegos humano. Predecir que se producirá un retorno masivo al campo es aventurado: mientras la economía urbana ofrezca mejores ingresos y servicios, la España vaciada seguirá vacía. Y los incendios, con ello, seguirán siendo cada vez más grandes.
La moraleja es incómoda: no hubo edad de oro forestal. Hubo pobreza. Y el precio de la prosperidad es un monte que arde con más virulencia que nunca. Quien busque soluciones sencillas o culpables concretos, que mire primero a la economía.