De un Corsa sport a un Citroën Ami: el poder adquisitivo del automóvil en 25 años
En los años 90, con 7.000 euros te comprabas un Opel Corsa Sport de gasolina, con ciertas prestaciones. Trece años después, 11.500 euros daban para un Corsa con 4 cilindros, 86 CV, aire acondicionado y multitud de airbags. Hoy, 10.000 euros apenas alcanzan para un Citroën Ami: un cuadriciclo eléctrico de 8 CV, limitado a 45 km/h, que parece más un juguete que un coche. Y eso tras aplicar una subvención de 1.300 euros que lo deja en 7.000. La comparación no tiene desperdicio.
El salto cualitativo hacia atrás
El Citroën Ami, ese vehículo que algunos califican de «motocarro de posguerra», no es un coche: es un cuadriciclo ligero. No puede circular por autovía, su autonomía es ridícula y su diseño provoca rechazo incluso entre quienes defienden la movilidad urbana sostenible. Mientras tanto, lo que antes era un utilitario con mínimas prestaciones se ha convertido en un producto de nicho, caro y limitado. La evolución del mercado de coches nuevos refleja una pérdida de poder adquisitivo real: lo que hace 13 años era un vehículo funcional para cualquier viaje hoy es un microcoche para ir a clase de fitness en el hogar del jubilado.
La trampa del «progreso»
Algunos análisis apuntan a que este cambio no es solo una cuestión de precios, sino de una estrategia deliberada de la industria. Los coches se han encarecido, pero también se han vuelto más complejos, menos reparables y más efímeros. El resultado: con el mismo dinero, cada vez se compra menos coche. Y cuando se intenta ofrecer algo asequible, sale esto: un vehículo que avergüenza a quienes recuerdan lo que era un coche de verdad. La pregunta incómoda es si estamos avanzando hacia un futuro con menos libertad de movimiento o hacia una movilidad más restringida disfrazada de ecología.
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