Es la Doctrina del Shock. Naomi Klein acusaba al capitalismo de utilizar el miedo para imponer soluciones impopulares... el problema es que el ecologismo, lo proge y en general la izquierda han aprovechado el mecanismo para pasar el rodillo social.
La doctrina del shock, en su forma general, tiene tres piezas:
- Un golpe que desorienta (gloria, escándalo, vídeo, “descubrimiento” de injusticia sistémica).
- Una explicación totalizante: no es un caso, es la prueba del sistema.
- Un paquete de reformas que hay que aceptar ya: formación obligatoria, cuotas, códigos de conducta, nuevas categorías, sanciones sociales o laborales.
Lo proge, entendido aquí como la política identitaria institucionalizada (raza, género, privilegio y “equidad” frente a igualdad formal), se ha apoyado reiteradamente en esos golpes. Un fenómeno se infla hasta convertirse en prueba total del sistema y, en esa ventana de máxima emoción, se instalan nuevas reglas.
El debate sobre el clima deja de ser un problema de largo plazo, con trade-offs y márgenes de incertidumbre, y pasa a presentarse como catástrofe inminente: “la casa está en llamas”, hay que actuar ya. George Floyd deja de ser un caso concreto, grave, filmado y con responsabilidad penal, y se convierte en mártir del racismo sistémico: toda institución queda bajo sospecha y el paquete DEI, las cuotas y la reescritura de protocolos avanzan a toda velocidad. En España, La Manada de Pamplona deja de ser un delito atroz de un grupo de hombres y se lee como la suma de todos los males del heteropatriarcado y la demostración de una “cultura de la abusa”: a partir de ahí se endurece el marco penal, el lenguaje y la pedagogía de género con una urgencia que no admite matices sobre prueba, proporcionalidad o presunción de inocencia.
En los tres casos el patrón es el mismo: el suceso funciona como shock, la narrativa lo vuelve estructural y quien pide calibrar hechos, cifras o costes queda situado como cómplice del mal.