Merz defiende la inmigración: «Nada funcionaría sin ellos»
El canciller alemán Merz ha puesto el foco en la dependencia laboral de Alemania con un mensaje que incomoda a buena parte de su propio espectro político: «Ningún hospital, ningún asilo de ancianos, ningún sitio de construcción, ningún restaurante, ningún hotel — nada funcionaría ya si no tuviéramos inmigrantes en Alemania que han vivido aquí durante décadas, que trabajan aquí, que están integrados». La cita, difundida en redes, ha reactivado el debate sobre quién sostiene de verdad el mercado de trabajo alemán.
De Blackrock al argumento laboral: qué interés hay detrás
La trayectoria del canciller, vinculada al gestor de activos Blackrock, es el primer punto que cuestiona la lectura amable de su defensa. Se sostiene que un gestor de fondos no improvisa una oda a la inmigración: le preocupan las «rigideces del mercado laboral», es decir, la disponibilidad de mano de obra para los empleos peor pagados. El corolario, en esa lectura, es incómodo. Si el trabajador nativo paga impuestos para que el coste lo absorba el Estado mientras la corporación se queda el margen, la cuestión deja de ser humanitaria y pasa a ser de cuenta de resultados.
Sesenta años de política migratoria alemana: de los Gastarbeiter a la reagrupación
El precedente histórico es el argumento que más se repite. Según el relato de un participante que en 1985 ya trabajaba en Alemania, desde los años 60 el país importó mano de obra de forma masiva mediante acuerdos bilaterales con los países de origen: los llamados Gastarbeiter, trabajadores invitados, levantaron el país en el boom industrial posterior a la guerra. Según su versión, el sistema se mantuvo abierto demasiado tiempo y se amplió a países de cultura muy distinta. Cuando se quiso cerrar, ya entraban por reagrupación familiar y, después, por la unificación y las crisis de refugiados. El propio participante, que vivió aquello desde dentro, recuerda que la diferencia no es el hecho migratorio sino su gestión.
¿Quién paga la mano de obra importada?
Aquí se abre la fractura real. Hay quien defiende que sin trabajadores migrantes no habría quien cubriera hospitales, residencias, obras, restaurantes y hoteles. En contra, hay quien sostiene que el coste lo absorbe la clase media vía impuestos confiscatorios mientras el beneficio queda en manos de grandes corporaciones. El modelo de Dubai —entrar a trabajar, perder el empleo y tener treinta días para salir del país, sin prestaciones ni traslado de familiares— aparece como referencia en ese lado del argumento. Nadie discute la dependencia. Se discute quién se queda con el margen.
El análisis se atasca exactamente ahí: en el reparto. Cuántos empleos concretos quedarían vacíos sin trabajadores inmigrantes es un número que no aparece por ningún lado, y sin ese dato la defensa del canciller suena a principio y la crítica, a sospecha.