El fin de Precios Justos dispara hasta un 180% los alimentos
El corsé se rompió el lunes. Las empresas de alimentación y consumo, liberadas de los acuerdos que habían cerrado con
Sergio Massa, empezaron a enviar listas de precios con subidas de entre el
20% y el 25% en los artículos que quedaban dentro de Precios Justos. El motivo que esgrimen los fabricantes es sencillo: el supermercado llevaba meses con el precio pisado mientras el mismo producto se vendía mucho más caro en el almacén de barrio y en el autoservicio chino, donde los controles oficiales nunca llegaron. Ahora toca emparejar. Y emparejar, en este contexto, significa meterle mano a la cesta de la compra.
Los datos de la semana previa ya anticipaban lo que venía. La consultora
EcoGo calculaba un alza media del
8,2% en alimentos, mientras Massa había pactado un 12% tras el balotaje y otro 8% para la primera semana de diciembre. La realidad se saltó el guion por los dos lados: en los mayoristas y autoservicios los precios subieron entre el
35% y el 50%. Las grandes cadenas van ahora a la caza de esa referencia.
Por qué el aceite pasa de 800 a 2.000 pesos el litro
Aquí está el golpe más duro. Los productos que vivían bajo fideicomiso —aceite, fideos, harina, panificados— estaban subsidiados por los exportadores y por el Estado, y esos fondos se terminaron. Sin esa ayuda, y con el valor artificialmente bajo, los ajustes llegan con subidas de entre el
100% y el 180%. Los aceites, según las cadenas, pasan de 800 a
2.000 pesos el litro. El pan lactal aterriza con aumentos del
80%. El arroz también pegará el salto.
Y no es el único frente. Las listas enviadas por fabricantes de cervezas, aguas, gaseosas, lácteos y pan lactal traían subidas de entre el
45% y el 80%. Un ajuste que combina dos cosas a la vez: la retirada del subsidio y la puesta al día de un precio que llevaba meses congelado mientras la inflación corría por su cuenta.
La brecha del 45% entre el supermercado y el autoservicio
El plan de los fabricantes es que la góndola del súper y la del chino cuesten lo mismo. Desde las cadenas avisan de que esa brecha —que puede llegar al
45%— no es un fenómeno natural: se infló porque muchos proveedores compensaron con sus ventas a los autoservicios lo que no podían remarcar en el supermercado. «El precio del almacén o del chino está inflado, no sería un precio lógico», resume una de las fuentes consultadas. «Pero todo hace pensar que los fabricantes irán a buscar esa diferencia».
Mientras, la cadena de suministro se tensa. En otra cadena reconocen que están «aguantando y tomando lo menos posible», y que algunos proveedores directamente
cortaron la entrega. La parte del ajuste que aún no se ha trasladado terminará viéndose en los lineales en los próximos días.
Gas a 80 céntimos al mes: el ejemplo que se cita en el debate
Un detalle ayuda a entender por qué este ajuste se vive como un shock. Hay quien sostiene que los precios de la energía y los combustibles llevaban tanto tiempo deprimidos que un usuario de nivel medio-alto podía pagar
80 céntimos de euro al mes de gas y
35 céntimos de euro por litro de gasolina. Ese cuadro es el que ahora se rompe. En el otro extremo se argumenta que los alimentos cotizan en un mercado global: nadie vende un producto por una cuarta parte de lo que obtendría en otro país, y esa es la brecha que arrastra el salario argentino. Cuenta la leyenda urbana foránea que el aceite de oliva español llega a costar menos en Argentina que en Jaén. Con las listas nuevas, esa anomalía tiene los días contados.
¿Por qué los controles de precios acaban en desabastecimiento?
El argumento teórico no es nuevo: poner un techo a un producto básico por debajo de su coste lo saca del lineal y lo empuja a circuitos paralelos. La referencia que se repite es vieja de casi diecisiete siglos, el
Edicto de Diocleciano. El precedente más cercano que se cita en el debate es el de los test de antígenos: según se sostiene, cuando el Gobierno topó su precio en
2,94 euros, el desabastecimiento y el mercado negro que muchos pronosticaban no llegaron porque el coste de producción era muy inferior a ese tope. Con el aceite o la harina la ecuación es otra, porque el techo sí estaba por debajo del coste real.
El espejo venezolano aparece en cuanto se habla de productos regulados: estantes vacíos en los artículos de precio controlado y todo disponible, a precio de mercado, en el canal informal. La discusión sobre si eso es una advertencia o una exageración cruza todo el asunto de lado a lado.
Qué dijo Milei sobre la inflación y qué falta por ver
La advertencia estaba sobre la mesa antes de que llegaran las listas.
Javier Milei había avisado de que la adecuación de precios dispararía la inflación de forma momentánea, con el argumento de que no sirve de nada mantener alimentos o transporte baratos si eso se carga al presupuesto o provoca escasez en los lineales. El problema de fondo, se argumenta, es la velocidad: con una inflación mensual en torno al
15%, cualquier ingreso se diluye a la mitad en tres meses. Cortar esa espiral es la prioridad, dicen, antes de discutir cualquier otra cosa.
Los precedentes ayudan poco. Cuando
Macri llegó a la presidencia, la devaluación de
Prat Gay llevó el tipo de cambio a unos
15 pesos por dólar, casi empatando con el mercado paralelo, y entonces se prometió que los alimentos no se trasladarían a precios. El resto de la película ya se conoce.
El punto donde todo se atasca es el mismo de siempre: cuánto tarda un ajuste en traducirse en precios que bajen. Hay quien sostiene que el mercado se estabiliza solo tras unos meses de subidas y bajadas; en el otro extremo se coloca quien recuerda que en Argentina un producto que sube rara vez vuelve a bajar. Y en medio queda la advertencia de que los que no puedan pagar la cesta buscarán la forma de reaccionar. Ahí, exactamente ahí, la discusión se queda sin respuesta.