Le Plessis-Robinson: del bloque comunista al ladrillo neotradicional
Hay una localidad al suroeste de París donde el ayuntamiento estuvo en manos del Partido Comunista Francés desde 1952 hasta 1989. Durante esas casi cuatro décadas se levantaron bloques de vivienda social sin carácter, alineados con la ortodoxia del hormigón. En 1989 cambió el signo político y el nuevo equipo municipal decidió algo que hoy suena a provocación: reconstruir la ciudad con formas tradicionales. El resultado, según los datos que maneja el consistorio, fue un desplome del desempleo hasta un tercio de la tasa anterior y un aumento del 150% en la apertura de nuevos negocios.
La cifra que más se repite es la del valor inmobiliario, que se disparó. Le Plessis-Robinson pasó de suburbio anodino a municipio codiciado. El proyecto ha recibido varios premios y sigue en marcha: se siguen demoliendo bloques de hormigón para levantar edificios de inspiración neorregionalista, con tejados inclinados, arcos y portales de piedra.
El viejo debate entre el bloque y la casa
La discusión que genera este caso no es nueva. Es la misma que enfrentó a Le Corbusier con todo lo que olía a pasado. El arquitecto suizo-suizo-francés proponía torres grises rodeadas de avenidas, mientras él mismo vivía en una casa de aires tradicionales en los Alpes. Esa contradicción, señalada con retintín en más de una conversación, resume el problema: los teóricos del progreso urbanístico rara vez aplican su receta a su propia vivienda.
Quienes defienden el modelo de Le Plessis-Robinson sostienen que la forma urbana importa, y mucho. Que una calle con fachadas reconocibles, alturas moderadas y comercio en planta baja genera más actividad económica y más sensación de pertenencia que una sucesión de bloques idénticos. Los críticos, en cambio, lo despachan como un pastiche neoclásico sin diálogo con la realidad multicultural del extrarradio parisino. Para ellos es Disneylandia para turistas y nuevos ricos.
¿Por qué se asocia la arquitectura moderna con el socialismo?
La asociación tiene raíces históricas. Tras la Segunda Guerra Mundial, buena parte de Europa necesitaba vivienda masiva y barata. La solución que se impuso fue el bloque funcional: rápido de construir, racional y supuestamente igualitario. En la Unión Soviética y en el bloque del Este se convirtió en seña de identidad. En Occidente, los grandes planes de vivienda social siguieron patrones similares, a menudo inspirados por el movimiento moderno.
Eso no significa que el hormigón sea inherentemente socialista. Significa que durante décadas fue la herramienta más eficiente para alojar a millones de personas. El problema llegó cuando esa eficiencia se convirtió en dogma estético y se dejó de preguntar a la gente cómo quería vivir. Le Plessis-Robinson es interesante precisamente porque rompe ese dogma desde la gestión municipal, no desde la teoría.
Los números del cambio
Los datos que se citan son llamativos. El desempleo se redujo a un tercio. Los nuevos negocios aumentaron un 150%. El valor inmobiliario subió. Son cifras que el ayuntamiento ha utilizado para justificar la transformación, y que sus defensores repiten como aval del modelo. La pregunta obvia es si esos resultados se deben al estilo arquitectónico o a otros factores: ubicación, inversión pública, evolución general de la economía del área metropolitana parisina.
No hay una respuesta cerrada. Lo que sí parece claro es que el proyecto ha funcionado como reclamo. Ha atraído residentes con poder adquisitivo, ha generado actividad comercial y ha puesto el municipio en el mapa. Para sus partidarios, eso basta. Para sus detractores, es gentrificación con fachada bonita.
El precedente de Varsovia y la reconstrucción como parque temático
La comparación con Varsovia aparece de inmediato. El casco antiguo de la capital polaca fue reconstruido tras la guerra con un historicismo que hoy nadie cuestiona. Se levantó con cemento armado imitando lo anterior, y con el tiempo se ha convertido en patrimonio de la humanidad. Nadie va a Varsovia a quejarse de que el castillo real sea una réplica.
El paralelismo sirve para algo: el paso del tiempo legitima lo que en su momento fue polémico. Cuando Charles Barry presentó su proyecto neogótico para el Parlamento de Londres, también fue criticado. Hoy es el gran monumento de la ciudad. Puede que Le Plessis-Robinson, dentro de cuarenta años, parezca una ciudad clásica como tantas otras en Francia.
Lo que se discute de verdad: estética, clase y dinero
Debajo del debate arquitectónico hay otra discusión. Una parte de los críticos considera que estos edificios son «catetos», pensados para nuevos ricos que han pasado de la chabola a la casa con tejadito. Es un juicio estético con carga de clase. La belleza, en esta visión, pertenece a quien sabe apreciarla, y el gusto popular es sospechoso por definición.
En el otro extremo, hay quien defiende que construir casas bonitas y asequibles no debería ser un lujo ideológico. Que si el mercado premia estos barrios con más actividad y más valor, algo estarán haciendo bien. La tensión entre ambas posturas no se resuelve con datos, porque no es un debate técnico. Es un debate sobre quién tiene derecho a decidir cómo se ve una ciudad.
¿Qué pasará con los barrios de hormigón que quedan?
El plan de renovación sigue en marcha. Se siguen demoliendo bloques y levantando edificios de estilo neotradicional. No hay indicios de que el modelo se vaya a revertir. La pregunta es si se puede replicar en otros municipios con menos recursos o con una ubicación menos privilegiada. Le Plessis-Robinson está a un paso de Versalles y a tiro de piedra de París. Eso ayuda.
La predicción más razonable es que el caso se estudiará en escuelas de urbanismo durante años, con defensores y detractores igual de convencidos. Y que la mayoría de los vecinos, mientras tanto, seguirán viviendo en casas con tejado inclinado sin preguntarse demasiado por la ideología del alero.